Brasil 2014. Con el corazón dividido

RAZAS. Aficionados estadounidenses aprovechan la visita de músicos mexicanos en Phoenix, para disfrutar de la tradicional fiesta que se genera cuando juega el Tri. (Foto: ETZEL ESPINOSA / IMAGO7 )
daniel.blumrosen@eluniversal.com.mx
PHOENIX.— Porta un sombrero de charro y la bandera mexicana en la mano derecha, pero Jorge –primogénito de la familia Contreras— se rehúsa a apoyar a la misma Selección que sus padres. Incluso, les solicitó adquirir una peculiar camiseta para ir al duelo entre los equipos que representan sus orígenes.
La explicación es sencilla: “Cause I was born here [porque nací aquí]”. El pequeño es parte de una nueva generación de aficionados para quienes, un choque entre los combinados mexicano y estadounidense, significa tener el corazón dividido. Es por eso que también presume un lábaro del vecino norteño y la parte superior de su playera tiene los colores que distinguen a los estadounidenses.
Habla inglés y español con la misma fluidez. Su hermano menor también, pero él no duda en apoyar al equipo dirigido por Miguel Herrera.
“No tengo problema en que apoye a Estados Unidos. Tiene todo el derecho de hacerlo”, asegura Antonio, su padre, nativo de Sonora y avecindado en Arizona desde hace tres lustros. “También quiere a México, mucho, lo apoya... Sólo que prefiere hacerlo con los dos”.
Sentimiento que se multiplica en el estadio de la Universidad de Phoenix. Aún son pocos, porque la mayoría sigue teñida de verde, color que representa el orgullo de una tierra que se dejó en busca de desarrollo personal y mejores oportunidades.
Aunque el amor jamás desaparece. Queda demostrado con el natural brote de lágrimas al escuchar los acordes del “Jarabe Tapatío”, “El Son de la Negra” y “El Mariachi Loco”. El néctar de la emoción reaparece cuando los dirigidos por Miguel Herrera salen a calentar.
Lo hacen apresurados. El trayecto desde su hotel de concentración, que usualmente es de 45 minutos, se prolonga hasta casi dos horas, por el intenso tránsito que caracteriza a la zona, todas las tardes.
Santiago Baños, auxiliar del 'Piojo', expresa molestia a través de su cuenta oficial de Twitter (@Sbanos): “Pin... escoltas gringas! No sirven para nada! No traen ni la sirena prendida! Ya le dijimos que vamos tarde!”.
Arriban al hogar de los Cardenales de Arizona, franquicia de la NFL, sólo 50 minutos antes del silbatazo inicial del panameño Roberto Moreno, mas el partido no se retrasa. La molestia del entrenador mexicano y su cuerpo técnico es evidente.
Detalle prácticamente imperceptible para la multitud que aguarda ansiosa esos 90 minutos en los que desahogan todas sus reminiscencias, dolor y hasta frustraciones. El respaldo es absoluto, la mayoría abrumadora.
Lo que no impide las burlas por parte del puñado de seguidores estadounidense. En cuanto los dos equipos se forman para la ceremonia protocolaria, aparece una enorme manta en la que se lee: “De nada, México”, a propósito de la involuntaria ayuda del acérrimo rival para que el Tricolor alcanzara la penosa reclasificación mundialista contra Nueva Zelanda. Inmediatas rechiflas. Vergüenza colectiva.
Todo se olvida en pocos minutos. En un estado donde, según el más reciente censo, habitan 2 millones de mexicanos, nada importa, ni siquiera que los boletos cuesten hasta 400 dólares en taquilla o 700 a través de la reventa. Aquí, los paisanos son perseguidos con severidad, por lo que no se pierden lo que les hace recordar su tierra.
Apoyo reforzado por quienes radican en California o Texas. El viaje en automóvil de Los Ángeles a Phoenix dura, en promedio, cinco horas.
Un partido de la escuadra Tricolor suele ser muy atractivo de este lado de la frontera, especialmente, si el adversario es el de “casa”, por lo que la condición es meramente administrativa.





