Entre fallas encienden el pebetero
SYDNEY. La pausa estaba programada. Pero duraría sólo unos segundos a partir de que Cathy Freeman encendiera el pebetero olímpico. Por las aguas caminó la atleta aborigen. La antorcha, en la mano derecha de un brazo en lo alto. Y como nada parece imposible en esta Australia de la inspiración, de la creatividad, si la llama olímpica ya viajó debajo de la superficie marina, ahora daría vida a un pebetero sumergido en el agua. Acercó Cathy la flama a los receptáculos de gas, y danzarinas llamas azules rasgaron la marea profunda del negro de la noche. Arderá el pebetero durante 17 días; consumirá aproximadamente la misma cantidad de gas natural que la utilizada en un año por 600 familias en esta ciudad. Aún con el brazo en alto, cercada por el fuego olímpico y por una catarata que caía por un pasillo desde el punto más elevado de la tribuna norte del estadio, Cathy pareció sumergirse. No fue así: el pebetero inició el ascenso y, al llegar al pie de la plataforma que marcaba el final de aquel pasillo acuático, el pebetero emitió un rugido que el ruido estridente de la multitud impidió escuchar. No pudo subir. Trastabilló como un animal herido y falló en un segundo intento. Cathy quedó petrificada. Tenía que permanecer inmóvil, de frente a aquella pesada bestia, ahora agonizante. Pero, ya lo hemos dicho, lo sabía ella, sería sólo por unos instantes... La atleta permaneció inamovible. Una voz surgida de la nada le suplicó: No te muevas, Cathy, por favor. No se movió Cathy. A pesar del nerviosismo. A pesar del temor de que muriera la bestia y le cayera encima. Estaba muerta de miedo. Mojada y helándome, y, a la vez, con la sensación de que moriría como un pollo rostizado confesaría minutos después. Pero su sangre fría salvó el difícil momento. Al verla inmóvil ante el inmóvil monstruo, el público supuso que todo estaba así proyectado. No. Tenemos que admitir que algo falló Admite Ric Birch, director de Ceremonias del Comité Organizador. Afortunadamente, nuestros ingenieros estaban muy cerca, porque estuvieron de todo, para supervisar, para entrar en acción de ser necesario. Fue necesario. Muy necesario. Urgente, comprendieron todos. ¿Qué sucedió? No lo sabemos con exactitud acepta Birch. Algo se trabó, paralizó el mecanismo. Mañana, después de estudiar la situación, podremos informarles con exactitud. Manos de cirujanos sobre el cuerpo de la bestia herida fueron las manos de los ingenieros. Rápidas y silenciosas. Creo que, sin saber exactamente qué pasó, nuestros técnicos resolvieron un grave problema con relativa rapidez. Pasaron varios minutos. ¿Cuántos? La voz anónima indicó a Cathy: Listo. Continúa, por favor. Simultáneos fueron el renacimiento de la bestia y el movimiento de la campeona mundial de los 400 metros. Cathy giró el cuerpo hacia el estadio e inició el descenso. El monstruo flameante superó la plataforma y, deslizándose sobre rieles, inició el ascenso. Segundos después culminó su viaje en la cima del Olimpo deportivo. Volvió a rugir el público. El momento había sido salvado. Espectacular y dramático --confiesa Birch. Hace siete años que soñé con un pebetero así. Fue lo primero que vino a mi mente en Montecarlo cuando se anunció que Sydney sería el hogar olímpico en el año 2000, porque de todos los elementos de la ceremonia de inauguración, el pebetero es el símbolo más fuerte. ¿Por qué lo cree así? Porque el pebetero representa el fuego interno de los atletas. Cuando arde en lo alto, dice a todo el mundo que, efectivamente, los Juegos Olímpicos han comenzado. Durante siete años, el encendido del pebetero fue el secreto más celosamente guardado en la ceremonia de inauguración. Ha sido refinado desde entonces, pero conserva el diseño básico. y, aunque parezca increíble sonríe con ironía, nunca nos dio problemas en los ensayos. Hasta esta noche...





