¿Currutaco? ¡Tú lo serás!

. (Foto: Especial )
Currutaco: "Muy afectado en el uso riguroso de las modas". Esta es la definición enciclopédica que se puede hallar en el Diccionario de la Lengua Española, y viene como anillo al dedo para abordar el alabado Street Style, Street Fashion y demás terminajos que la tribu de los "posmo" insisten en comunicar como si fuera lo más importante que ha ocurrido durante los últimos 20 años.
El riesgo de ignorar la historia -en este caso de la moda, los adornos y sus consecuencias- es que estaremos condenados no sólo a repetir los mismos errores del pasado, sino a tildar de novedad aquello que no lo es.
Cuando observo la extrema dedicación, el esmero preciosista y la acuciosa construcción de la apariencia que muchos bloggers profesan y que no pocos profesionales insisten en catalogar como un movimiento inéditamente redentor, no tengo más remedio que citar a Luis González y Obregón, quien en su obra La vida en México en 1810, aborda el tema de las currutacas, algo así como las bloggers de aquel entonces.
"Las currutacas, ellas mismas confesaron públicamente sus pecados, diciendo ingenuamente que no habían nacido ni para esposas ni para madres de familia; que su principal mérito sería granjearse el aprecio público con la brillantez de su exterior en modas, dijes y demás chucherías que llevaban, pues su genio y carácter desventurado no les permitía ni coger el punto de una media. Sus ocupaciones favoritas eran las últimas modas, los afeites y aumentar con nuevas gracias el gran caudal de su peculio. Poco les importaba que hubiese censores de sus trapos y ‘habitudes'. Preocupábanse sólo en inquirir el valor y mérito de un suspiro, calcular el precio inestimable de una sonrisa, analizar minuciosamente los túnicos de medio paso, las cintas para el zorongo, las formas del zapato, las filigranas y bordados del velito, las motrices vueltas del abanico y todos aquellos pormenores y minucias que las hacían recomendables a los ojos de pirrocos y petimetres.
"No les dolía que las llamasen ‘locas', pues ‘locas' habían sido sus madres que las enseñaron ‘a hacer la cortesía, girar sobre los talones, a sonreír al soslayo, a torcer el hociquito, a contornear el cuerpo y darse toda la prosopopeya' que las hacía tan apreciables y tan gratas a la sociedad de currutacos y manojitos. Si bien es cierto que mucha petimetras vestían honestamente basquiñas de tafetán, con guarniciones de terciopelo y blonda al canto; mantillas de sarga, con guarnición del mismo terciopelo; basquiñas de largo fleco guarnecidas de terciopelo y blonda, y mantillas de antolas, o blancas y airosas de anchos flecos, las había también que usaban basquiñas de red y mantillas transparentes... Aquí estaba lo pecaminoso.
"Más aumentaba lo pecaminoso con lo censurado por moralistas, en prosa y verso, en periódicos y pastorales: y era la obscena costumbre de llevar basquiñas muy escotadas por la espalda, con los senos y los brazos desnudos. Tal costumbre la condenó el Perlado, porque ‘era incendio de concupiscencias', que abrazaría las almas; vestido, ‘en que la calidad del corte de la tela estaba poniendo delante de los ojos, aunque fuese encubierto, lo que no permite nombrar el pudor' [...].
"A más de deshonesta, fue ridícula la indumentaria de las currutacas, incómoda y martirizadora siempre, como ha sido la de toda mujer que rinde culto a la voluble diosa. Comenzando por los pies, los zapatos parecían pezuñas de borrico: mucha trompa y cuadrada, mucha pala y asiento ninguno, porque oprimido los dedos, caminaban las madamas haciéndose violencia, sacudiéndose como ranas temblonas y con huellas manifiestas de callos clavos y gavilanes [...] Sobre la ropa interior callan discretamente las crónicas pero el tónico mal encubría brazos, pechos y espaldas, y estaba tan ajustado y ceñido el cuerpo que seguía todos sus contornos. Remataba la cabeza el peinado, verdadera furia de cabellos, enmarañado laberinto de rizos, cintas y flores, con canastillos invertidos que por irrisión llamaban gorros o sombreros, muy semejantes a los que hoy se usan".
No hay nada nuevo bajo el sol, querido lector, y aunque las currutacas (posmodernas, eso sí) se vistan de seda (y no se despeguen de sus gadgets de última generación), ¡currutacas se quedan!





