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La poesía de Eduardo Cerecedo

El Universal
Miércoles 17 de enero de 2001

La poesía de Eduardo Cerecedo (Tecolutla, Veracruz, 1962) es un canto permanente al ambiente natal y, con ello, una celebración de gratitud a la memoria que, de manera persistente, nombra la infancia. No otra cosa ha llevado a cabo desde 1992, año en que apareció su primer poemario, ?Cuando el agua respira?, al cual seguirían ?Temblor mediterráneo? (1993), ?Marea del alba? (1995) y ?Atrás del viento? (1995).

?Luz de trueno? (México, Daga Editores, 2000, colección Carmesí Coagulada), su más reciente libro, continúa esta pasión lírica donde el recuerdo lo llena todo. La recuperación de los sitios de infancia y la revaloración incluso del habla local y regional incorporado al poema, son elementos que caracterizan una particular visión en el ámbito de la nueva poesía mexicana, contraria al simple juego intelectual, distante del llano ejercicio verbal donde se ha perdido el énfasis de la emoción.

En ?Luz de trueno? hay la imperiosa necesidad de nombrar las cosas, la urgencia de evocar, como elemento fundamental, la gracia de la poesía desde el ejercicio memorialista; como en este ?Aguacero con luna?: La noche se hace viento, se recuesta en las matas de plátano,/ el día derrama su terraza en la ribera/ de los charcos, la selva de pájaros comba/ con su garganta la huerta de niebla/ a punto de naufragar en el estero. La luz es una balsa que avienta su ancla/ en el vado de su lejanía .

Desde su primer libro, Cerecedo se reveló como un poeta a quien le importaba nombrar su propia existencia. Decir esto es recurrir al lugar común, porque no hay modo de ser poeta que nombrando la propia y personal circunstancia, incluso cuando en apariencia se oculta. Lo cierto es que en el arraigo emotivo reside la mayor riqueza espiritual para un poeta, y tal es el caso de Cerecedo. En ?Atrás del viento?, por ejemplo, nos entrega esta imagen que es parte de sus vivencias: Como vuelo de calandria,/ un galopar de árboles/ enciende su verdor/ al apuntalar el día,/ que arrecia con el viento .

Si, como dijo el gran epigramista Carlos Díaz Dufoo hijo, ?de los libros valen los escritos con sangre, los escritos con bilis y los escritos con luz?, ninguna otra posibilidad hay de trascender en la poesía que intentando, al menos, la palabra que nos salvará de entre la muchedumbre para darnos individualidad.

En sus poemas, Cerecedo habla de lo que ve, y con mucha frecuencia lo que más miramos en las páginas de sus libros es esa luz de los puertos que le dan su certeza de pertenencia. He aquí, por ejemplo, la diáfana visión de estos ?Naranjales?: La semana se ha ido desperdigando/ en la barrunta de jejenes,/ incendio de la anona sobre el árbol del día/ y el aguacero aún lejano del manglar./ Los monos sitiados por la sabana de canícula copulan./ El sol se derrumba en los naranjales,/ el aullido del coyote se fuga;/ las golondrinas apuran la noche en su vuelo,/ de cuando en cuando aparece la luna salpicada de viento .

No hay modo de escribir poesía si no es a través de la propia experiencia. Por eso hay extraordinarios conocedores de la poesía, ensayistas doctos que disertan sobre la lírica y son incapaces, a su vez, de escribir un poema. El elemento y el alimento poéticos provienen del pasado, un pasado que muchas veces se pierde en el fin de los tiempos y que sólo la sensibilidad y la emoción pueden hacerlo visible y palpable como en esta ?Masa de viento?: Septiembre amanece carcomido por la parvada de chulinches,/ el aire lo hace más frágil a medida que avanza./ El mar lo enreda, lo avienta, lo desnuda./ Masa de viento que se desmorona en pringas/ del amanecer sobre Tecolutla./ Afuera suena el día, un día limpio/ que por momentos huele a potrero,/ a naranjal o a mangle./ La lluvia espejea la costa de agua,/ el río baja en sus aguas dulces la luz del trueno .

Tal y como se titula uno de los poemas de este libro de Cerecedo, las imágenes poéticas no son otra cosa que ?trozos de infancia?, y hay un orgullo, una ostentación, un placer de pertenencia en la obra de Cerecedo al nombrar, del modo más natural, aquello que, perteneciente al habla doméstica del universo íntimo, se nos revela y se nos impone como el único modo real de recuperar el paraíso perdido.

Y decir paraíso perdido es una redundancia, porque todo paraíso lo es en la medida en que reconocemos su pérdida. Las aguas, la luz, el ritmo de la infancia llenan estas páginas que lo mismo en el mar, el manglar o la ciénaga constituyen la lección de vida (y la lección debida) que hacen tolerable, para un hombre de mar como lo es Cerecedo, un ámbito sin barcas, sin nortes, sin mareas, sin riberas.

Si esta enorme ciudad de México tuviera malecón y un ancho río y, aunque sea, una breve bahía, sería perfecta. Lo saben los que han vivido frente al mar donde el viento es un remanso/ de palmeras,/ que pule el verano/ al centro de la tarde . Lo saben los que mirando el río Tecolutla se mojan los dedos y ven cómo crece y se levanta el misterio húmedo que recorre kilómetro tras kilómetro.

?Luz de trueno? es, de algún modo, la autobiografía de un habitante del mar natal que, trasladado a la ciudad sin mar y sin río, funda su felicidad en el recuerdo del paraíso. Perdido, sí, porque, ¿de qué otro modo puede ser el paraíso?

Nadie entiende el amor hasta que lo padece. Y padecer el amor es disfrutarlo. Se padece lo lejano, lo ausente, lo que mientras más distante está, más nos fuerza la emoción a nombrarlo. ?Luz de trueno? es esto: un amor padecido y disfrutado ?el amor al lugar natal? por la piel de la infancia y la fuerza imperiosa de la necesidad.



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