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Bartolomé van der Helst, fiel y sumiso a sus modelos

Xavier Villaurrutia| El Universal
Lunes 25 de diciembre de 2000

Bartolomé van der Helst nació en Haarlem por los años de 1611 a 1613. En plena juventud pasó a Amsterdam donde murió en 1670. Haarlem y Amsterdam, Franz Hals y Rembrandt. No obstante, algunos críticos afirman que Van der Helst no recibió la influencia de Hals y que el hecho de haber trabajado al mismo tiempo y en la misma ciudad que Rembrandt tampoco influyó en su obra. ¿No sería más justo decir que la lección de estos dos grandes maestros obró tranquila y lúcidamente en el espíritu realista de Van der Helst?

Hablar de las características de la obra de este pintor equivaldría a repetir las de una buena parte de la Escuela Holandesa en que se instala y a la que fue siempre fiel y sumiso. Fiel a su escuela, sumiso a sus modelos: notables y burgueses, regentes y síndicos, oficiales y arcabuceros a quienes retrató aislados o en grupo, cuidando de subrayar el rango de cada uno, destacándolos de acuerdo con su importancia social. Por vanidad o por orgullo, por costumbre o por moda, y acaso también por amor a un arte en que Van der Helst ponía las excelencias de su técnica y un temperamento sin pasión pero sin desmayos, los personajes importantes de la ciudad de Amsterdam se hicieron retratar por él. Todas las virtudes y cualidades, pero también todos los sacrificios y las limitaciones que impone la sumisión a un modelo que se considera el objeto de la obra, aunque sólo sea el pretexto, se muestran en la producción de este retratista famoso.

Bartolomé van der Helst no deforma a sus modelos, pero tampoco los idealiza. Mesurado y probo, parece haber seguido, solamente, los datos que recogieron sus sentidos un día determinado, a una hora precisa. Este clásico retrato ?que pertenece a la Colección Pani? así lo evidencia. El dibujo es correctísimo, y la armonía de colores no está lograda a base de contrastes sino de equilibradas compensaciones. La vida interior del personaje reside en los ojos, y sólo una ligerísima curvatura del labio superior pone, en la impasibilidad del rostro y en la dignidad de la actitud, un toque de cansada ironía.



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