Murió la embajadora del folclor mexicano
A la coreógrafa Amalia Hernández le encantaban los dulces mexicanos. Poseía una ?disciplina férrea? y pasaba sus horas leyendo o viendo la televisión. La crítica a su trabajo la angustiaba, pero eso no impidió que se convirtiera en la embajadora de la cultura mexicana, por excelencia. Vestida siempre de blanco, ?porque así atraigo energía?, ahora, de ella ya sólo quedará su recuerdo, su obra, su Ballet Folklórico de México. Doña Amalia Hernández falleció la madrugada de ayer a consecuencia de un paro respiratorio. Hace un mes que se encontraba internada en un hospital, por una neumonía muy fuerte. ?Le echó muchas ganas para salir adelante, pero estaba débil pera seguir peleando?, dijo su hija Viviana Basanta, en una entrevista radiofónica en Formato 21. Le sobreviven además su hijo José Luis Martínez y su nieto Salvador. Desde 1995 tenía problemas de salud. La caída de una escalera no le rompió los huesos, pero le trajo consecuencias inesperadas, al grado que debieron hacerle varias veces transfusiones sanguíneas. En los últimos cinco años, salía poco, pero nunca dejó de estar pendiente de su compañía de danza, que en 2002 cumplirá medio siglo de vida. Ahora, de la agrupación, se harán cargo sus hijas, Norma, quien la dirige, y Viviana, quien también baila y su presencia seguirá semanalmente en Bellas Artes, porque fue un logro de la artista, conferido en el sexenio de López Mateos, quien la ?expropió?, le dijo, para el pueblo de México, por la belleza de su trabajo. En el edificio de mármol se le rendirá hoy, de 12 a 14 horas, un homenaje de cuerpo presente, a donde será traslada después del velatorio que se llevó a cabo en su casa. Amalia tenía ocho años cuando decidió que la danza sería su forma de vida a pesar de la oposición de su padre, un prominente militar, así como ranchero adinerado, que no concebía que su hija se estuviera exhibiendo en público. Pero ganó la testarudez de Amalia y su padre le construyó un estudio de danza al lado de su casa. Le llevó como maestras de danza a madame Sybiline, la primera bailarina de la compañía de Anna Pavlova, y a madame Dambre. Mientras que Amalia estaba ansiosa de aprender sobre el ballet clásico y contemporáneo, la música extranjera no la tocó y prefirió asirse a las danzas y canciones que escuchaba en el rancho de su padre, en sus viajes al campo y sus visitas a la ciudad. Especialmente, se sintió atraída por la celebración de la zafra, las danzas que hacían los campesinos cuando llegaba la cosecha de azúcar. En Veracruz, escuchó las guitarras hechas a mano, los requintos y las notas del arpa. Observó a las jóvenes parejas anunciar sus compromisos en festivales públicos y la velocidad de sus pies para lograr amarrar un moño en el piso. Entonces, empezó a darse cuenta que los pueblos y pequeñas ciudades eran herederas de un pasado y un presente multicolor lleno de vitalidad y belleza que necesitaba ser rescatado y promovido. Así siguió nuevas rutas. Aprendió los ritmos indígenas con Gloria Campobello, y con Tessy Marcué y Waldeen, la técnica contemporánea. Con Luis Felipe Obregón avanzó en lo relativo a la danza regional, para adentrase en otras técnicas como la española, la oriental, incluso el teatro, que aprendió al lado de Amado López, Xenia Zarina y Seki Sano. Todo lo abrevó para realizar sus producciones. Su búsqueda de las tradiciones mexicanas se convirtió en una necesidad vital. Era sumamente obsesiva con su trabajo, al grado, contaba, que tarareaba y hasta soñaba lo que traía en mente. Se convirtió en casi una afanosa investigadora de las danzas que pueblan el país. Miraba con sus ojos claros a los danzantes tradicionales, tomaba nota, hurgaba en las entrañas de su movimiento. ?Tenía un gran amor por México ?dijo su hija?. Por años lo recorrió y si se encontraba una inspiración se dirigía hacia ella. Hacía investigación con historiadores, músicos, antropólogos, informantes y hacía su coreografía: su extracción y síntesis: Era su vida y pasión, trabajaba de sol a sol.? Creadora de más de 70 coreografías, con las que proyectó a México ante todo el mundo, van desde las culturas precolombinas y las influencias españolas en la época del virreinato, hasta la fuerza popular de los tiempos revolucionarios. Mientras estudiaba en la Escuela Nacional de Danza, conoció a otros bailarines de talla importante como Guillermina Bravo, Josefina Lavalle, Ana Mérida, Evelia Beristáin. En 1952, siendo profesora de danza moderna y coreógrafa del Instituto Nacional de Bellas Artes, dejó el instituto para formar su propia compañía. Unió fuerzas con Emilio Azcárraga y empezó una serie de programas de danza folclórica con ocho novatos. Doña Amalia, como le gustaba que le llamaran, no era una mujer vanidosa, decía, porque en su familia la educaron para ser humilde y aseguraba que nunca conoció el fracaso. Su trabajo era mucho más reconocido en el extranjero que en México, no obstante que todos los presidentes del país ?que le tocaron desde que fundó su grupo? asistieron a ver su obra. Muchas veces calificó su danza diciendo que era para turistas. La crítica la ponía nerviosa, pero los aplausos le calmaban el ánimo, ?si mi trabajo gusta es porque representa la riqueza de mi país?, decía. Hablaba de sí misma como la Diosa Azteca, Coatlicue, Madre de la Tierra. ?Dios me dio esta misión. Me dijo: vas a bailar y te doy ese talento.? Lo aprovechó. ?La Emperatriz de los Tesoros Folclóricos de México?, como le llamaba la prensa extranjera, le valió más de 200 preseas. Maestra de varias generaciones de bailarines, era miembro desde 1993 del Sistema Nacional de Creadores de Arte, lega su enseñanza, el gusto por lo nuestro a través de su arte que, como sostuvo su hija Viviana, ?es la visión de México a través de los ojos de una artista?.
?Dios me dijo vas a bailar, te doy ese talento?
Amalia Hernández acababa de celebrar 83 años de vida. Originaria de la ciudad de México, nació el 19 de septiembre de 1917. Aunque por tradición familiar debía ser maestra normalista, como su bisabuela, su abuela y su madre, prefirió dedicarse a la danza.





