José Luis Cuevas el eterno enfant terrible

TRAZOS. A los 79 años el artista ha dejado huella con su arte por donde pasa. (Foto: ARCHIVO EL UNIVERSAL )
Uno de los mayores dibujantes de la historia del arte en México; la figura más visible de la generación de La Ruptura; el que algunos llaman enfant terrible y otros “Gato Macho”; pintor, escultor y, sobre todo, dibujante; un cinéfilo tan apasionado como Carlos Monsiváis y Carlos Fuentes; un hombre que celebra la amistad y que por décadas ha sido protagonista de la vida cultural de México; uno los artistas vivos más falsificados, un creador que ha construido de sí un personaje que es a su vez parte esencial de su obra... ése es José Luis Cuevas.
A los 79 años, el artista nacido en la ciudad México en 1934, ha dejado huella con su arte por donde pasa: un museo lleva su nombre en el Distrito Federal, sus esculturas están en casi todas las capitales de México y a éstas frecuentemente lleva exposiciones.
Cuevas es también una primera figura en el mercado del arte. El nombre del artista a menudo aparece en subastas de casas internacionales, en Sotheby’s y Christie’s. En la subasta de la colección Denise Levy que tuvo lugar en París en la casa Christies el pasado 25 de abril, figuraban tres obras suyas, en tinta sobre papel –una de las técnicas más apreciadas de su trabajo-; las tres obras alcanzaron precios que varían entre los 1,300 y 3,200 euros.
Jose Luis Cuevas siempre es uno de los más vendidos en las pujas de arte moderno que oferta en la ciudad de México la Casa Morton; el 14 de marzo pasado, se presentaron seis piezas suyas y el resultado es que todas se vendieron, esta vez en un rango de precios entre los ocho mil y los 32 mil pesos; eran apuntes, tinta sobre papel, acuarelas, grafito, gouaches, serigrafías. En el mercado hay también escultura, pero ante todo grabados, y, de los últimos años, hay óleos, aunque la obra fundamental de José Luis Cuevas está en sus dibujos.
En Zona Maco, donde el Arte Moderno entró por primera vez en los 10 años de la feria, Cuevas fue uno de los protagonistas en la galería Lourdes Sosa. “Fue de los más preguntados; además, con este momento mediático hubo mucho interés, porque él es un gran maestro del dibujo. No hubo muchas ventas, son pocas las ventas que se cierran en feria, pero sí interesados por sus piezas. Y siempre vas a ver dibujos de él en Sotheby’s y Christie’s; llega a subasta mucha obra en pequeño formato y acuarela que tiene precios más accesibles”.
En el Stand de la galería de Lourdes Sosa se encontraban obras del artista como una serie de 15 dibujos, por 35 mil dólares, y acuarelas con precios diversos, de 6 mil 8 mil dólares.
“Es uno de los grandes del arte en México, en Europa y Estados Unidos, su obra ha sido galardonada y eso ha repercutido en tener un mercado a nivel nacional e internacional muy fuerte. Como en todos los grandes maestros, su obra se coloca de acuerdo con periodos. Aunque él está constante, hay que ver que a algunos les interesa lo de los 60 y a otros lo más reciente”, asegura el también galerista Óscar Román.
El momento mediático al que hace referencia la galerista Lourdes Sosa ocurrió hace unas semanas, cuando el artista plástico tuvo que ser hospitalizado en Médica Sur una vez que su hija Ximena lo encontró inconsciente, y se anunció la consecuente demanda de parte de las tres hijas del artista -Ximena, Mariana y María José - en busca de que hubiera un régimen de visitas y vigilancia médica supervisada.
Creador precoz
En la propia cronología del pintor se cuenta como primer momento de su historia plástica el autorretrato como “niño obrero”, que le valió ganar el concurso de dibujo infantil promovido por la Secretaría de Educación Pública, cuanto José Luis tenía siete u ocho años. Por eso lo llamaban “el güerito pintor”.
Se formó casi de manera autodidacta y, antes de los 20 años, ya había ganado otros reconocimientos, había presentado una muestra individual en la galería Prisse, y vendido obras: Alvar Carrillo Gil fue su primera comprador; también fue uno de los asistentes a la única exposición individual de Frida Kahlo, invitado por Lola Álvarez Bravo. A los 20, expuso en Washington y a partir de entonces hubo un interés no sólo nacional sino internacional por sus trabajos.
Para antes de que terminaran los años 50, Cuevas ya dejó en claro su “ruptura” con las generaciones de artistas que le precedían; en el suplemento México en la Cultura, del diario Novedades, hizo referencia a la “cortina de nopal” en una carta enviada al director, Fernando Benítez.
“Cuevas está al nivel de Francisco Toledo y José Clemente Orozco. Tiene una primera exposición en Prisse y aún ahí hay mucha influencia de Orozco; luego trabaja la grafía de Picasso de manera verdaderamente extraordinaria. Entre la grafía y las deformaciones del cuerpo humano logra una obra extraordinaria, creo que se le puede comparar, y sale airoso, con (Francis) Bacon”, afirma la investigadora y crítica Lelia Driben, autora del libro La generación de La Ruptura y sus antecedentes, que acaba de ser publicado por el Fondo de Cultura Económica.
Lelia Driben cuenta que el artista plástico “siempre tuvo el gran pendiente de querer ser pintor, como si ser un dibujante excepcional lo pusiera en segundo término”.
Los años 60 fueron una de las etapas más importantes de su carrera, con acontecimientos como nuevas exposiciones en Estados Unidos y otros países, premios internacionales, creación de álbumes con series que llevó a distintos museos y galerías. Para Driben, esa década fue su mejor momento, “cuando se consolidó la generación de La Ruptura”.
Su arte, formado de dibujos, gouaches, acuarelas, carboncillos y, por supuesto gráfica, explora el cuerpo, la deformación.
“La imagen de sí mismo es parte de su obra, José Luis siempre ha tenido un comportamiento expuesto, le ha gustado que lo vean. Temas como la enfermedad y el deterioro físico siempre han estado ahí”, afirma Lourdes Sosa.
Lelia Driben explica: “Hay un tratamiento de la condición humana dentro de ese infierno de malformaciones deliberadas que él ha creado. Todo el mundo tiene fantasmas, sólo algunos saben escribirlos o dibujarlos, Cuevas supo dibujarlos como el mejor. Es el que en México ha explorado más las deformaciones transformadoras de la figura humana”.
Personaje
Así como sus obras han llegado a muchas ciudades de México y Estados Unidos, al igual que a colecciones europeas, como se exhiben en museos de Latinoamérica, muchos acontecimientos de su vida personal también son muy públicos. Su cotidianidad fue tema y motivo de la columna “Cuevario” que inició a mediados de los años 80 y que durante muchos años publicó en EL UNIVERSAL.
La muerte de su primera esposa, Bertha Riestra, con quien se había casado en 1961; la relación con sus tres hijas –Mariana, Ximena y María José-; la creación del museo que lleva su nombre, en 1993, que se formó con una colección de más de dos mil obras; la muerte de Bertha; su matrimonio con Beatriz del Carmen Bazán -con quien se casó en varias ceremonias- y la obra que comenzó a pintar al alimón con Bazán, entre muchos otros temas, han sido capítulos que compartió con el público.
Para la investigadora Lelia Driben, Cuevas es un “dibujante extraordinario y precoz; cuando se repite como el mejor Cuevas puede sacar excelentes exposiciones; cuando trata de sacar dibujos de otra clase, su calidad ha declinado, hay una especie de cansancio en las formas en él”.
Acerca del ejercicio de los últimos años de crear al alimón con su esposa, donde ella colorea las obras y él las traza, Driben dice: “El resultado es desastroso. Creo que él tendría que seguir dibujando solo y, en todo caso, si ella es pintora, ella debe ser pintora de su propia obra”.





