Marilyn Monroe. Instantáneas de una leyenda

EN "PLAYBOY". Tom Kelley la retrató así en 1949, y en 1953 una imagen fue portada de esa revista. Se vendieron 54 mil ejemplares. (Foto: ESPECIAL )
Los fotógrafos que retrataron a Marilyn Monroe contribuyeron, en buena medida, a la mitificación del símbolo de la belleza femenina de mediados del siglo XX. Desnuda, curvilínea, sensual, glamorosa, fresca, hermosa, solitaria, perfecta, así era la mujer frente a la cámara.
Uno de los primeros en retratarla fue André de Dienes, quien capturó a una Norma Jean Baker con la frescura de sus gestos juveniles; Cecil Beaton, destacado fotógrafo de las estrellas y de la nobleza, resaltó en su serie de instantáneas toda la inocencia de la actriz; Eve Arnold, la fotoperiodista de la agencia Magnum que consiguió renombre gracias a la serie de imágenes que realizó de la estrella durante el rodaje de “Vidas rebeldes”; Frank Powolny, responsable de su imagen más glamorosa; Henri Cartier-Bresson, también testigo de excepción de la filmación de “Vidas rebeldes”; Sam Shaw, autor de algunas de sus fotografías más famosas, como aquella en la que captaturó el momento en que volaba su memorable vestido blanco y Tom Kelley, el autor de las fotos que hizo famosas la revista Playboy, en las aparecía sobre un terciopelo rojo.
Algunos de los más importantes que construyeron con el objetivo de sus cámaras la imagen icónica de la esposa de Arthur Miller, fueron Earl Moran, Richard Avedon, Bert Stern y George Barris.
Entre 1946 y 1950, Earl Moran contrató a la joven Norma Jeane para una sesión de fotos que resaltaban su sensualidad, trabajo que ella aceptó para poder pagar el alquiler de su casa.
Marilyn posó para él de vez en cuando durante cuatro años, le pagaba 10 dólares la hora y la hacía portar trajes y vestidos y, a veces, en topless. Las fotografías se usaron como referencia para las ilustraciones pin-up de Moran, utilizados, entre otros, por el importante calendario de la empresa Brown & Bigelow.
Detrás de la sonrisa
El fotógrafo Richard Avedon trazó el camino de la fotografía de modas; antes de él, las modelos aparecían rígidas y grises, después de él hubo vitalidad en la imagen. Ante su lente desfilaron las actrices más famosas de mediados del siglo XX, como Elizabeth Taylor, pero su sesión de fotos con la rubia, para le revista Life, fue la que le dio notoriedad internacional.
En el 2007, a propósito de los 50 años de la visita de Monroe al estudio de Avedon en Madison Avenue, la revista New York publicó: “Durante horas bailaron y cantaron y coquetearon, incluso el propio fotógrafo dijo que el vino blanco ayudó a las cosas. Luego fue la caída inevitable, ella se sentó en la esquina como un niño”. Avedon hizo clic en el obturador una vez más y retrató a la actriz con la mirada perdida, sin su sonrisa indeleble, sin su máscara sexual. “No la iba a fotografiar sin su conocimiento, pero yo estaba con la cámara y vi que no me estaba diciendo que no”.
Hasta hoy el cuadro es uno de los retratos más famosos hechos a un icono de la cultura de masas. Al respecto, el filósofo Roland Barthes, escribió: “El trabajo de Avedon es la evidencia de que, dentro de la imagen, siempre hay algo más”.
Bert Stern, amigo personal de la actriz, fue uno de los últimos en retratarla, su colección de 2 mil 500 fotografías fue tomada durante tres días, seis semanas antes de su muerte, por encargo de la revista Vogue, que no quedó satisfecha con el trabajo, pues algunas mostraban a una mujer “real” y con “defectos”.
Aquellas fotos fueron bautizadas como The last sitting (La última sesión), en la que apareció una Norma Jean de 36 años, delgada pero curvilínea y sensual, que se transparentaba bajo un pañuelo. Las luces realzaban su piel transparente, sus primeras arrugas y los surcos de su boca, y una marca en el costado, recuerdo fresco de una operación de vesícula. “Vi la cicatriz. Una imperfección que sólo la hacía parecer más vulnerable y acentuaba la suavidad de su piel. Era de color champán, de color alabastro, podías meter un dedo en su piel, como probar un merengue recién hecho”, dijo alguna vez el autor.
Al respecto, Jonio González escribe en el libro Marilyn Monroe: “Sus pechos desnudos tras un pañuelo de seda listado, menos voluminosos de lo que siempre fueron imaginados, soñados, por múltiples hombres en todo el mundo (…). Ningún retrato de Marilyn resulta tan patético como éste; la reina del espectáculo revela qué había debajo de lo que a ese espectáculo ofrecía: un cuerpo de mujer que se contradice flagrantemente con ese otro cuerpo perseguido por todos”.
El brillo final
La primera vez que el fotógrafo George Barris conoció a Marilyn, de 28 años de edad, pensó que ella no actuaba como una estrella de cine, sino como una adolescente, hermosa y sexy, pero casi siempre tierna e inocente. “Lo que más me impresionó fue que siempre era educada y amable con todas las personas, sin falsedades ni esnobismos”.
Ocho años después, la imagen que tenía de la rubia cambió: “Podía ver la tristeza en sus ojos, ella había aprendido a sonreír, a reír, a ser como un payaso, aunque su corazón estaba destrozado”.
Realizaron una sesión en la playa de Santa Mónica para un libro. Y una noche antes de que se conociera la noticia de su muerte, hablaron por teléfono. “Habíamos tenido una sesión y por la noche platicamos, le pregunté qué era lo que más deseaba en la vida y me respondió: ‘Lo que soy, acaba de empezar’”.





