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Botero celebra 80 años en México

Sonia Sierra| El Universal
Lunes 26 de marzo de 2012

Como parte de la celebración por los 80 años de Fernando Botero, el Palacio de Bellas Artes recibe piezas del creador colombiano Roberto Armocida/EL UNIVERSAL

11 pequeñas esculturas y cinco de gran tamaño forman parte de la exposición Roberto Armocida/EL UNIVERSAL

Serán 185 obras dentro del edificio, y cinco esculturas gigantes en la explanada del Palacio Roberto Armocida/EL UNIVERSAL

La muestra permanecerá abierta tres meses en Bellas Artes Roberto Armocida/EL UNIVERSAL

Las piezas que componen la muestra fueron realizadas en los últimos 65 años Roberto Armocida/EL UNIVERSAL

La muestra está concebida con base en los temas que han ocupado la obra del artista a lo largo de su carrera Roberto Armocida/EL UNIVERSAL

Botero celebra 80 aos en Mxico

. (Foto: )

El colombiano, que vino en los 50 a México y aquí definió el estilo de su obra, es uno de los artistas vivos más conocidos y vendidos; el festejo de su aniversario inicia con una exposición en Bellas Artes

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Es un hombre de provincia que se apoderó del mundo, se apoderó de Piero de la Francesca y de Masaccio; un hombre que estudió a Leonardo da Vinci y que, tras mirar las pinturas de las cortes de Francia, puso a los Luises a pasear por las calles de Medellín. Es un hombre que en su mesa de noche tiene los diarios de (Eugène) Delacroix, los carnets de (Dominique) Ingres, y que vuelve a ellos a menudo porque Fernando Botero “no olvida nunca que hay cinco mil o seis mil años de arte antes que él”.

Es esa “especie de memoria del mundo y de la pintura”, dice el poeta colombiano Juan Gustavo Cobo Borda, autor de libros y ensayos acerca de Fernando Botero, lo que garantiza el rigor de la pincelada del artista que esta semana inicia en México el festejo por sus 80 años.

Fernando Botero (Medellín, 19 de abril de 1932) es uno de los artistas vivos más conocidos en todo el mundo. Su estilo es inconfundible e identificable para especialistas y neófitos. Es el artista vivo mejor vendido de América Latina: en 2006 superó su récord con la pintura Los músicos (1979), adquirida en 2.03 millones de dólares; en noviembre de 2011 rompió el tope para una escultura con la venta de Bailarines por 1.76 mdd. Esas marcas son tan memorables como la que estableció en 1961, cuando a sus 29 años, el MoMA de Nueva York adquirió su pintura Monalisa a los 12 años.

Las ventas no son su único mayor registro. Luis Fernando Pradilla, director de la galería colombiana El Museo, que desde hace 30 años comercializa sus obras, no duda en afirmar que Botero es el artista vivo que ha hecho el mayor número de exposiciones en museos:

“Es el único artista vivo que tiene un mercado absolutamente universal. Es un artista que lo puedes vender en Alaska, en Australia, es un icono porque la estética de Fernando Botero es reconocida en todas partes del mundo. Son pocos los que pueden traducir una obra en tres medios: dibujos, pinturas y esculturas, con esa maestría con que lo hace Botero. En todos los museos bate récords de asistencia, es un artista que comunica, que llega a la gente, las personas comunes y corrientes, que no van a museos, han visto sus esculturas en las calles”.

Alrededor de 40 de los más grandes museos y centros culturales del mundo cuentan en sus colecciones con algunas de las más importantes obras de Botero. El nombre del artista figura todos los años en las subastas de las casas Christie’s y Sotheby’s; en 2011, ésta última realizó una venta exclusiva con obras del colombiano, que en Nueva York expone y vende habitualmente en la galería Marlborough.

De la mandolina a la escultura

Ochenta años de vida, más de seis décadas de ser pintor y cerca de 40 años como escultor.

Hubo un tiempo en que Botero estudió para ser torero, pero rápidamente se decidió por la pintura. Sus primeros dibujos fueron publicados en el periódico El Colombiano, de Medellín, pero la temática de aquellos, obscena según la mirada de ciertas buenas conciencias antioqueñas, le costó la expulsión del colegio.

Este 2012 se cumplen 61 años de su primera exposición: fue en Bogotá, en una galería del fotógrafo Leo Matiz, otro colombiano que encontraría en México un lugar para extender sus horizontes. Luego se fue a Madrid: buscaba aprender de los maestros y clásicos; a mediados de los 50 llegó a México, donde habría de encontrar y perfilar el estilo de su obra, caracterizada por la riqueza del volumen y un diálogo constante con la historia del arte.

Acerca de ese hallazgo, su hijo, el narrador Juan Carlos Botero, escribió que “un día de 1956, al cabo de varios años de pintura incansable, dibujó una mandolina con un diminuto agujero en el medio ...de pronto, sobre el papel, la mandolina multiplicó su tamaño y las proporciones sufrieron un cambio radical”.

Fernando Botero llegó a “la estética de la sensualidad de la forma” explorando diversas fuentes -escribió el crítico de arte Santiago Londoño Vélez- desde José Clemente Orozco y Alejandro Obregón, hasta el arte colonial hispanoamericano y los clásicos italianos. La universidad de su plástica se basa, afirmó Londoño en la “fidelidad de la parroquia”.

A comienzos de los 60 había llegado a Nueva York y, si bien, vendió su pintura al MoMA en 1961 y un año después expuso en The Contemporaries, hubo críticas en la prensa que fueron desconcertantes; sin embargo, coincidieron en mirar hacia su obra. Aunque su estancia en esa ciudad no fue sencilla al comienzo, se empeñó en dedicarse al arte. De esos años dijo en una entrevista a EL TIEMPO de Colombia:

“No quería hacer como los otros pintores de mi generación que compartían la pintura con otros oficios. No tenía fuerzas para hacer trasteos y como plomero hubiera hecho desastres. Yo sabía que si no pintaba full time era imposible lograr lo que quería, como madurez y experiencia. Me defendí vendiendo mis cuadros a un tercio del precio que pedía cualquier otro pintor de mi categoría o de mi generación. Así pude vivir pintando. Nunca he hecho y no sabría hacer nada distinto que pintar. En Madrid, en el Prado, y en Florencia fui copista; en México vendí cuadros a un grupo de colombianos y después tuve un marchand”.

Los 60 fueron clave para definir su estética cuenta Pradilla. “Es en 1968 cuando ya es un artista no en proceso sino consolidado; a partir del 68 es el Botero que conocemos hoy, claro con fluctuaciones en cuanto a los momentos, el color, el interés por unos temas”.

Por ese tiempo, explora con mayor interés la escultura que desde 1976 se convierte en una de sus más importantes formas creativas. Su hija, Lina Botero, curadora de la exposición que el próximo jueves inaugura en México, habla de este proceso: “Cuando mi papá empezó a hacer escultura averiguó donde existían las mejores fundiciones de bronce, llegó a Pietra Santa, y compró una casa hace 25 años. Trabaja exclusivamente la escultura cuando está en Pietra Santa, no se puede pintar y hacer escultura en el mismo lugar porque el polvo daña los cuadros. Hace la escultura en barro, se la reproducen en yeso, él la termina en yeso y la entrega a la fundición. Pinta en estudios que tiene en París, en Montecarlo, en Grecia, en Nueva York, en Colombia. Es en Zihuatanejo, a donde va cada año, donde dibuja”.

Arte por placer

Convencido de que un artista siempre debe rebelarse contra las tendencias y lo establecido, Botero asume que el arte debe dar placer.

Cobo Borda, autor de La plenitud de la forma así como de la entrevista con Botero que aparecerá en el catálogo de la exposición que estará en Bellas Artes, dice que una de las mayores cualidades de este artista es “su terca fidelidad a su vocación” que lo ha llevado hasta hoy “a estar todos los días en el taller y al mismo tiempo trabajar siempre con los mismos elementos, recreándolos, rehaciéndolos, explorándolos, volviéndolos a mirar, y manteniendo una línea muy clara que tiene que ver con su infancia en la provincia de Antioquia, con las viejas casas, iglesias y burdeles de Medellín y con su afán de mezclar en una sabia dosis la nostalgia poética por ese mundo quizás ya extinto, y al mismo tiempo, su convicción de que eso sólo se puede probar a través de un conocimiento muy profundo y muy hondo de la historia del arte asimilada en los museos”.

“Botero es un trabajador incansable -dice Pradilla-, trabaja siete días a la semana. Si no puede pintar y está en un avión o está en Zihuatanejo, dibuja. La base es el dibujo. Fernando es una persona que siempre va buscando mundos, ha plasmado el mundo latinoamericano desde distintos puntos de vista: la religión, la intimidad de la familia, los interiores, la calle, los toros, el circo, la violencia en Colombia, las torturas en Abu Ghraib, una serie que se generó como un rechazo frente a las torturas del ejército norteamericano en Iraq”.

Tanto las obras de Abu Ghraib, como las de la serie sobre la violencia en Colombia, no se han comercializado; las primeras fueron donadas por él a la Universidad de Berkeley, y las segundas, al Museo Nacional de Colombia.

Sobre la serie de Abu Ghraib, la crítica de arte Raquel Tibol opina:

“Mientras en México los pintores están más en tendencias abstractas o decorativas, y los de la generación de Botero no se meten con temas gruesos, él se metió con Abu Ghraib. Es muy importante que la gente sepa que hay un artista latinoamericano que puso sus ojos en una de las grandes desgracias humanas. Desde el punto de vista plástico es una serie formidable; muestra la tortura, la degradación a que someten los norteamericanos a los iraquíes”.

En su aprendizaje de la historia del arte, Botero formó una de las colecciones de arte más completas, que donó a dos museos en Medellín y Bogotá. “Vio que cuando él vivía en Medellín, en las casas sólo había imágenes del Sagrado Corazón, y que así no se podía formar ningún pintor, por lo tanto hizo esta admirable donación a las dos ciudades, donde tanta gente hemos podido convivir con el arte de Francis Bacon, Wilfredo Lam, Pablo Picasso, Rufino Tamayo o Miquel Barceló”, dice Cobo Borda.

Pero también hay quienes cuestionan su obra: uno de ellos ha sido Peter Greenaway, en opinión de quien “Fernando Botero no ha hecho una contribución realmente significativa a los grandes pintores del siglo XX”.



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