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Un paseo por las pinturas de la Alameda Central

Abida Ventura| El Universal
Lunes 12 de marzo de 2012
Un paseo por las pinturas de la Alameda Central

“LA ALAMEDA TOMADA EN GLOBO”. Litografía de Casimiro Castro. (Foto: ESPECIAL )

El parque más antiguo de América Latina, objeto de una remodelación, ha sido tema pictórico y referente cultural

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En su mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central (1948), Diego Rivera reúne en uno de los lugares de esparcimiento más entrañables para los habitantes de la ciudad, escenas y personajes que narran la historia de México durante cuatro siglos.

Pintado en 1948, el fresco es, quizá, la más conocida referencia iconográfica que en nuestra época tenemos de la Alameda.

Sin embargo, este emblemático parque ha sido desde su creación, en el siglo XVI por el Virrey Luis de Velasco, uno de los paisajes preferidos para litografistas, pintores y retratistas. Cuadros de castas, litografías, biombos, piezas textiles, óleos, de distintas épocas y artistas, perduran hoy como un valioso testimonio iconográfico de este espacio histórico, cuyas estructuras originales han visto pasar modas, costumbres e ideas de cada época.

“La Alameda Central ha sido una constante referencia visual. Desde el periodo virreinal, en los llamados cuadros de castas aparece como fondo la Alameda. Es un lugar de paseo muy característico de la ciudad y se ha ido representado en cuadros de castas, bordados de rebozos, muebles, litografías del siglo XIX, y para el siglo XX, en la fotografía”, comenta la historiadora María Esther Pérez-Salas Cantú, del Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora.

Estos documentos gráficos, añade la investigadora, ofrecen una vista que muchas veces es difícil de detectar en los documentos históricos. “Son cosas tan cotidianas que en la historia no aparecen. Esas representaciones gráficas se quedan como un testimonio de lo que sucedía en la época”, dice.

Las pinturas de castas novohispanas, creadas como ilustraciones complementarias de los informes oficiales y con una temática que fascinó a los funcionarios españoles, al grado de llevarlas a su país como un recuerdo de su estancia en las Indias, incluyeron en su composición vistas de los principales sitios de recreación de la época, como los paseos de Iztacalco y Jamaica, el acueducto de Chapultepec, el canal de la Viga y la Alameda. Entre los que hacen referencia a la Alameda destaca un cuadro pintado en el siglo XVII perteneciente a la colección Banamex, que ilustra el resultado de la mezcla entre un español y un albino; el nombre del autor es desconocido, lo cual se explica si se tiene en cuenta que, según los especialistas, muchos de los españoles llegaron a patrocinar a pintores locales para que les elaborarán obras que después llevarían o mandarían como recuerdo a sus familiares.

Los biombos, mueble decorativo indispensable en los grandes palacios, fueron otros de los tesoros de arte más populares llevados a España. Al reverso de las tradicionales escenas de la Conquista, que era el episodio favorito en este tipo de muebles, es común tener el plano de la ciudad de México, en el que es posible apreciar la Alameda Central. De esto, da cuenta un biombo del siglo XVII que resguarda la colección del Museo Franz Mayer, así como una pieza, también del siglo XVII, que se encuentra en el Museo de América, en Madrid, España, en el que el parque se presenta con sus fuentes y sus paseantes.

Otra de las piezas, cuyas decoraciones incluían a la Alameda son rebozos del siglo XVIII. “Los hay con representaciones de paseos por la Alameda o por el canal de Iztacalco, o aun con acontecimientos históricos”, refiere la historiadora María Luisa Sabau García en su obra México en el Mundo de las Colecciones de Arte- Nueva España (Vol. 2).

Pérez-Salas Cantú, indica que una de estas piezas textiles, que representa los centros de reunión de México durante el virreinato como La Plaza Mayor, la Alameda y el Canal de Iztacalco, se encuentra en el Parham House, en Inglaterra.

Postales de la Nueva España

El paisaje arbolado y la algarabía del parque gustaron también a aquellos artistas viajeros de la primera mitad del siglo XIX, quienes reprodujeron mediante grabados y pinturas las características ambientales de las diferentes regiones que visitaban.

Estas piezas, comenta Pérez-Salas Cantú, funcionaban como una especie de postales, como un recuerdo que los viajeros se llevaban de la ciudad. “Aparecen vistas de los lugares emblemáticos de la ciudad, como la Alameda. La mayoría de las piezas que los viajeros se llevaban como recuerdo de su estancia en el país no eran firmadas porque se lo pedían a artistas locales”, dice la autora de Costumbrismo y litografía costumbrista en México durante la primera mitad del siglo XIX.

Con sus litografías y escenas costumbristas de la vida cotidiana, personajes de la época y paisajes populares, Casimiro Castro fue uno de los grandes cronistas gráficos del siglo XIX. De él perdura como testimonio gráfico la famosa litografía Vista de la Alameda desde un globo (1855), e Interior de la Alameda, que muestra a un niño con bombín que pasea en bicicleta por el parque.

La Alameda de México, de José María Velasco, es otra de las referencias pictóricas que se tiene de este espacio público. El óleo, que representa a unos paseantes a caballo junto a una fuente en el boscoso parque y que fue pintado por el paisajista en 1866, es parte de la colección del Museo Nacional de Arte.

Un lugar para la élite

Considerado el paseo preferido de los habitantes de la ciudad y el obligado de los viajeros, la Alameda fue durante un tiempo un sitio restringido a ciertos grupos sociales.

“Por muchos años la Alameda estuvo bardeada y había un reglamento que decía que se prohibía la entrada a toda persona que tuviera la ropa rota, sucia y anduviera descalza”, comenta la escritora y cronista Ángeles González Gamio.

Estas disposiciones, que se mantuvieron en los siglos XVII y XVIII, durante los mandatos del virrey Revillagigedo y el de Antonio María de Bucareli y Ursúa, restringían la entrada a la gente pobre.

En cuanto a su traza original y su estado de conservación, la Alameda ha sufrido cambios a lo largo de los siglos. La transformación más considerable fue en 1775, cuando el virrey Carlos Francisco de la Croix amplió sus calzadas laterales y tomó una forma rectangular en vez de la cuadrada que había tenido hasta entonces, también trazó las calzadas interiores y se mandaron construir cuatro nuevas fuentes.

Hoy, con los trabajos de remodelación al que ha sido sometido, una nueva etapa se vislumbra para este parque, considerado el más antiguo en América Latina.



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