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La leyenda negra de Rodríguez Lozano

Sonia Sierra| El Universal
Domingo 24 de julio de 2011
La leyenda negra de Rodrguez Lozano

JUEGO DE ESPEJOS. Manuel Rodríguez Lozano (al fondo), retratado por Manuel Alvarez Bravo hacia 1950. En primer plano aparece el joven Ignacio Nieves Beltrán “Nefero”, a quien Rodríguez Lozano impulsó en su carrera como pintor. (Foto: FOTO: MANUEL ALVAREZ BRAVO. CORTESÍA DEL MUNAL )

Se le acusó de provocar la muerte de sus amantes y fue apresado por robo. Hoy su obra se expone en el Munal

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Muchos hechos de la vida de Manuel Rodríguez Lozano lo convierten en una figura excepcional en la historia del arte mexicano.

Educado en el Colegio Militar, no tuvo la enseñanza de una escuela de artes pero sí convivió con los protagonistas de la vanguardia del arte en Europa durante la segunda década del siglo XX. No fue parte del proyecto del Muralismo pero a cambio creó una obra que recupera elementos como los ex votos y los retablos de la cultura popular.

Retratista singular, autor de obras que dejan ver etapas precisas y diversas, amado por hombres y mujeres, odiado por su carácter soberbio y antipático, seductor como pocos y protagonista de historias tan extrañas como aquella que lo llevó a prisión bajo la falsa acusación de que había robado grabados de Durero, Manuel Rodríguez Lozano fue un artista que consiguió descubrir y promover a su vez a otros artistas (Abraham Ángel, Ignacio Nieves Beltrán Nefero, Ángel Torres Jaramillo Tebo, Julio Castellanos, Francisco Zúñiga y Antonio Reynoso).

Fue un pintor que creó una amplia obra en óleo pero todavía más en dibujo, que escribió textos que algunos hoy se consideran corrosivos y reveladores acerca del mundo del arte, que se expresó en diversos campos de la creación, y que todavía despierta opiniones dispares acerca de su obra y su papel en la historia cultural del México.

Rodríguez Lozano está muy imbricado con la historia de la cultura mexicana moderna -afirma el escritor Adolfo Castañón-.

“Aparte de ser un pintor cosmopolita, que se reinventaba, está el hecho de que acompañó en muchas formas a las letras, a la cultura, como lo muestra el haber sido creador de vestuarios para las obras que se pusieron en el Teatro Ulises que animaba Salvador Novo; como puede ser el que se le pidieran dibujos para la revista Falange que dirigía Torres Bodet junto con Bernardo Ortiz de Montellano; como puede ser el hecho de que aunque no lo invitaran a ser un muralista oficial, él ya había descollado como pintor, hecho exposiciones y giras en los años 20, en países como Francia y Argentina”.

Acercarse a Manuel Rodríguez Lozano es posible a partir de que el Museo Nacional de Arte abrió sus puertas a una muestra con 77 piezas de su autoría, sobre todo pinturas; acompañadas por trabajos de sus discípulos, retratos que se hicieron de él, al igual que libros, fotografías y revistas. En total, son 127 piezas las que se exhiben en Pensamiento y pintura 1922-1958, que toma como nombre el título del libro que publicó Rodríguez en 1960.

Muchas de sus obras no se veían desde 1971, cuando, a pocos meses de su muerte, se presentaron sus trabajos en las galerías del Palacio de Bellas Artes; no todas se vieron hace 13 años, cuando el Museo de Arte Moderno albergó la muestra Manuel Rodríguez Lozano. Una revisión finisecular. La nueva exposición contiene muchas obras de colecciones particulares y persigue, según el curador Arturo López Rodríguez, recordar al artista a 40 años de su muerte (el 27 de marzo de 1971, cercano a cumplir los 80 años).

Un pasado oscuro

Sucede que ni siquiera el año del nacimiento de Rodríguez Lozano es claro. Se sabe que fue un 4 de diciembre, lo que no es preciso es si fue de 1894, 95, 96 ó 97. Originario de la ciudad de México, creció en una familia acomodada y se casó con la hija del general porfirista Manuel Mondragón, Carmen Mondragón, que sería más conocida como Nahui Ollin, y con quien tuvo un hijo que murió en Europa. La muerte del niño, según cita Beatriz Zamorano, se ha llegado a decir que fue producto de un ataque de furia de la madre.

Si bien muchos destacan el papel que aquella experiencia europea y la amistad con esos artistas tuvieron en su futura vocación de pintor, el investigador y ensayista Miguel Capistrán señala:“Tengo la impresión, no totalmente precisada, de que se interesó en la pintura justamente por su relación con Carmen Mondragón, porque por su procedencia no tenía por dónde haberse manifestado pintor”.

El divorcio de la pareja a su regreso a México, no es el único cambio que Rodríguez manifestó. El artista asumió la pintura por completo; promovió, conoció y se relacionó sentimentalmente con artistas como Julio Castellanos y Abraham Ángel. Sin que se conozca la causa precisa, a los 19 años, con una obra que apenas superaba los 20 cuadros, Ángel murió trágicamente en 1924; algunos hablan de suicidio por celos, otros de una sobredosis.

Si bien el curador de la actual exposición en el Munal plantea que al regreso de Rodríguez a México, en 1921, lo que hace es mexicanizar e integrarse al proyecto de nacionalismo cultural encabezado por José Vasconcelos, y que sí fue invitado a dicho proyecto muralista, pero que él lo rechazó, hay investigadores que afirman que no fue invitado.

Capistrán argumenta: “Él no tuvo nada que ver con el Muralismo; por lo mismo podía ser invitado por Vasconcelos. Pero fue un artista que participó en un momento muy importante de la cultura mexicana como es el de la postrevolución. Trabajó dentro de ese ambiente tan rico al que se le ha llamado el renacimiento mexicano, en comparación con el Renacimiento italiano”.

Arturo López sostiene que Rodríguez rechazó integrarse a los muralistas “porque una de sus reglas era: ‘la política en arte es no hacer política’ ”.

En todo caso, Castañón destaca: “No se quedó esperando a que vinieran Rivera u Orozco para ser Rodríguez Lozano. Tenía sus propias preocupaciones. Fue una persona que supo ver a México, un personaje que logró tener visiones de México que no son las de los otros pintores; la genealogía de Rodríguez tiene que ver con un arte del retrato en México que me llevaría a Hermenegildo Bustos y a un arte del retrato de la cultura hispánica”.

Lo que sí aceptó Rodríguez Lozano fue ser jefe del Departamento de Dibujo, en sucesión de Adolfo Best Maugard; y al llegar, lo primero que hizo, fue reformar el método de dibujo del anterior. A partir de esto, llevó a Europa la obra de niños de escuelas primarias.

Antonieta, Novo y Villaurrutia

A seis años de la muerte de Abraham Ángel, otro deceso trágico marcaría la vida de Rodríguez Lozano. Se trató del suicidio de Antonieta Rivas Mercado, creadora de la revista y del teatro Ulises, figura central de los Contemporáneos y una mujer que lo amó, de lo cual da fe una sentida correspondencia recogida en el libro Cartas a Manuel Rodríguez Lozano, 1927 - 1930.

El amor que Antonieta tenía por el pintor llevó a divisiones. Capistrán, quien trabajó como asistente de Salvador Novo, lo relata así:

“Estuvo ligado a este grupo justamente por Antonieta Rivas de Mercado que tenía una preferencia casi enfermiza por él, pero Rodríguez no era, desde luego, una figura intelectual; se le dio su lugar, pero no fueron muchas sus intervenciones como escenógrafo. De ahí viene en gran medida su rivalidad y, sobre todo, sus celos, porque para Antonieta, los verdaderos interlocutores en el plano intelectual, eran los del resto del grupo Ulises, como Novo y Villaurrutia, cuando todavía no se les llamaba los Contemporáneos. Por esos celos, Rodríguez Lozano influyó tanto en Antonieta, él la chantajeó con el pretexto de que si ella quería que hubiera algo entre ellos tenía que acabar con el Teatro de Ulises. Rodríguez Lozano acabó con ese proyecto de Ulises por la influencia que tenía en Antonieta”.

Arturo López detalla: “El distanciamiento empieza porque Rodríguez Lozano se entera de que Novo se proclama en una conferencia como el creador del Teatro Ulises; Manuel se acerca a Antonieta y le dice que si no hay una aclaración en torno a esto se cierra el teatro y, en efecto, se cerró”.

De todos ellos, Rodríguez creó grandiosos retratos. Hizo dos de Rivas Mercado, y también de Daniel Cosío Villegas y de Salvador Novo, para muchos, una de las más importantes pinturas mexicanas del siglo XX. Fue un retrato, el de Jaime Torres Bodet, la última pintura que hizo el artista, en 1960.

El paso por la cárcel

Los años 40 estuvieron marcados por una nueva etapa: la época blanca. El cambio estuvo muy determinado por los cinco meses que el artista estuvo preso en Lecumberri, acusado, cuando estaba al frente de la Escuela Nacional de Artes Plásticas, de robar unos grabados de Durero. Recibió muchas muestras de solidaridad, de amigos como Alfonso Reyes y Rodolfo Usigli.

En Lecumberri creó uno de sus dos murales, La piedad en el desierto, en 1942. “El contacto con ese mundo descarnado, en el que se vive realmente más allá del bien y del mal, me llevó a adentrarme en la pasión que ha sido la idea central de mi vida: el conocimiento de mi pueblo hasta el máximo extremo”, dijo el artista.

El fresco, que se llevó al Museo del Palacio de Bellas Artes en 1967, figura en la exposición.

El otro mural que hizo Rodríguez Lozano fue El holocausto, de 1944 en la casa de Francisco Sergio Iturbe, en la calle Isabel la Católica, donde hoy se conserva, y donde se presentará el catálogo de la exposición el 31 de agosto.

Octavio Paz decía que él era un pintor insobornable: “Manuel no sacó su carnet del partido comunista y eso no se lo perdonaron muchos escritores y artistas, o si se lo perdonaron siempre lo tuvieron en cuenta”, destaca Castañón y lo describe como un pintor muy culto, con muchos libros en su casa y en su cabeza, lector de literatura, de historia del arte, de sus contemporáneos.

“En lo personal no me satisface como artista –opina Capistrán-, pero no se le puede negar que tiene calidad, tiene sus méritos. Pertenece a una generación muy importante, la de Julio Castellanos, Rufino Tamayo, Agustín Lazo. Son pintores que representan otra corriente respecto a lo que definía Villaurrutia como el jicarismo”.

Esa faceta, capacidad suya, de dialogar con otras artes, hacer crítica, asimilar el trabajo de otros pintores, es para Castañón expresión de modernidad.

En muchos sentidos, los rasgos, las historias y el carácter del personaje parecen imponerse a la obra.

Queda por recuperar y publicar, propone Castañón la correspondencia del artista con Usigli; quedan por investigarse –plantea el curador- los detalles de esa convivencia con artistas de la vanguardia europea, así como la verdad tras esa jugada política que significó su encarcelamiento, y por qué no nunca le pidieron disculpas al respecto.



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