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Novela de la Revolución, retrato del movimiento

José Luis Ruiz| El Universal
Martes 16 de noviembre de 2010
Sus creaciones literarias basadas en los hechos de armas y en el propio acontecer sociopolítico de la época, ofrecen una visión particular de los acontecimientos que derivaron en la conformación de las instituciones y del propio Estado mexicano

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Sin duda, y así lo afirman historiadores y estudiosos del tema, el movimiento revolucionario se convirtió en la fuente principal de inspiración para un importante grupo de escritores, que plasmó en sus obras los sucesos que sacudieron la vida social y política del país, y cuyas repercusiones aún palpitan en el México de hoy a un siglo del inicio de la gesta histórica.

Sus creaciones literarias basadas en los hechos de armas y en el propio acontecer sociopolítico de la época, ofrecen una visión particular de los acontecimientos que derivaron en la conformación de las instituciones y del propio Estado mexicano, tal y como funcionan en 2010, cuando se cumple el primer centenario del estallido de la Revolución mexicana.

En cada una de las novelas de la Revolución, dicen especialistas, se describe la vida cotidiana de los combatientes en los campos de batalla, las costumbres, las modas, las formas de convivencia y de expresión, dibujando el entorno social, político y militar, e incluso pintoresco, que dominaba en la etapa revolucionaria.

Fueron muchos los escritores que dedicaron su obra para ilustrar la vida de ese México, y que marcaron el surgimiento del género de la literatura de la Revolución mexicana, como la define Rafael Olea Franco, investigador en el Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios de El Colegio de México, y que a la postre sirvió para alimentar al cine de la época, y al que se desarrolló en los años subsiguientes, con visiones múltiples e interpretaciones fascinantes.

Mariano Azuela (Los de abajo), Martín Luis Guzmán (La sombra del caudillo y El águila y la serpiente), Francisco Luis Urquizo (Memorias de campaña, Tropa vieja y ¡Viva Madero!), Agustín Yáñez (Al filo del agua), José Mancisidor (La asonada) y José Rubén Romero (Desbandada), forman parte de este conglomerado de escritores que fundan, sin pretenderlo en muchos sentidos, la comúnmente conocida como novela de la Revolución.

A este grupo también pertenecen Mauricio Magdaleno (El resplandor), Nellie Campobello (Cartucho), Gregorio López y Fuentes (Tierra, El indio y Mi general), Rafael F. Muñoz (¡Vámonos con Pancho Villa!), Agustín Vera (La revancha), Fernando Robles (La virgen de los cristeros), José Vasconcelos (Ulises Criollo) y John Reed (México insurgente: la revolución de 1910), sólo para ilustrar el vasto número de escritores y de novelas que surgieron a propósito de la gesta.

 

Rafael Olea Franco, experto en la literatura de la Revolución mexicana, considera que este género se funda con las obras La majestad caída, de Juan Antonio Mateos, y Andrés Pérez, maderista, de Mariano Azuela, que aparecieron en 1911.

Narra que La majestad caída es un relato que empieza, curiosamente, con la celebración del centenario de la Independencia en 1910, y culmina con la salida de Porfirio Díaz, en el vapor alemán Ipiranga, en su exilio hacia París. En cambio, agrega, Andrés Pérez, maderista relata una trama muy provinciana, en la que se ilustra cómo tras el triunfo de Francisco I. Madero aparecen un sinnúmero de oportunistas. El mismo Andrés Pérez se convierte en maderista cuando la revolución ha triunfado y comienza a medrar de ello.

La historia oficial

Muchas de las obras sobre laRevolución no sólo daban fe de episodios del movimiento armado, sino que además avalaban una visión oficial sobre la gesta, entronizando a las figuras más relevantes de la Revolución.

Olea Franco comenta que esta gran producción de textos literarios relacionados con la revolución mexicana obedece a la importancia de extender el movimiento como tal y la necesidad que tenía el público de saber sobre lo que había pasado en los años de la lucha armada.

Esto se fomenta, explica, a partir de la década de los años 20, cuando se establecen gobiernos más o menos estables, con una política oficial que arropa al movimiento revolucionario de gran magnitud.

“Se considera que esa gran gesta merece tener una representación literaria de la misma magnitud”, comenta Olea Franco.

El historiador Carlos Martínez Assad, investigador emérito del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM, explica:

“Creo que lo que pasa es que se impone una visión generalizada de la historia de México desde el grupo en el poder que va a generar diferentes interpretaciones, pero que finalmente nos hacen pensar en algo así como los revolucionarios y los antirrevolucionarios”.

José Manuel Villalpando César, director general del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México, considera que el Estado “sí prohijó y cuidó a todos los intelectuales y a los artistas, creando una cultura de la Revolución”.

Esto no estuvo mal, argumenta Villalpando César, porque finalmente de esa cultura revolucionaria surgió desde Mariano Azuela y Los de abajo, hasta llegar a momentos de gran altura con Juan Rulfo y su obra Pedro Páramo.

Los muralistas y la gesta

Pero no sólo la gesta representó una fuente de inspiración para los escritores del momento, también lo fue para otros géneros de la cultura y las artes, desde la pintura, con los muralistas de la Escuela Indigenista, hasta la música, con los corridos de la revolución.

Muralistas como Diego Rivera, José Clemente Orozco o David Alfaro Siqueiros, lograron como pocos plasmar en sus obras lo más representativo y candente de los años vividos durante la Revolución mexicana.

A decir de especialistas e historiadores, los trabajos de los Tres Grandes se alejaron de manera definitiva de los temas europeos, y se sumergieron en la vorágine nacional del momento, en sus problemas y costumbres.

Aunque con sus propias fuentes de inspiración, en la era posrevolucionaria surgió un nuevo grupo de artistas que lograron trascender con sus obras. Rufino Tamayo, Juan O’Gorman, Manuel Rodríguez Lozano, Carlos Romero, Alfonso Michel y Francisco Goitia, entre otros, invocan en sus trabajos lo más profundo de las tradiciones mexicanas.

“Dejando a un lado a los grandes caudillos revolucionarios (…) hubo una serie de personajes fundamentales. Pensemos en Manuel Gómez Morin, fundador del Banco de México, o en José Vasconcelos, de la Secretaría de Educación Pública, y en el mundo de la cultura y el arte, en Diego Rivera y José Clemente Orozco. Con ellos, México comienza a pensar un futuro diferente, a consolidarse y a crear una cultura e identidad mexicana”, explica Villalpando.

A la par de lo que sucede en la literatura del momento, el cine también se ve cautivado por la revolución y sus personajes.

Cintas como Santa, de Federico Gamboa, realizada en 1931 y dirigida por Antonio Moreno; La Calandria, de Rafael Delgado (1933), dirigida por Fernando de Fuentes; Clemencia, de Ignacio M. Altamirano (1934), dirigida por Chano Urueta, dan fe de esta influencia.

También se ubica en este escenario a Martín Garatuza, de Vicente Riva Palacio (1935), dirigida por Gabriel Soria; Los bandidos de Río Frío, de Manuel Payno (1938), cinta dirigida por Leonardo Westphal; ¡Vámonos con Pancho Villa!, de Rafael F. Muñoz, y La sombra del caudillo, de Martín Luis Guzmán, también se llevaron al cine, en 1935 y 1960.



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