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La flotilla Gaza y los límites de la violencia

TEXTO AMOS OZ [email protected]| El Universal
Sábado 05 de junio de 2010
En exclusiva para KIOSKO, el escritor reflexiona sobre el uso de la fuerza de Israel para intentar resolver sus problemas

Durante 2 mil años, los judíos supieron de la fuerza de la fuerza sólo en forma de latigazos sobre sus espaldas. Desde hace varias décadas, hemos sido capaces de ejercer la fuerza de nosotros mismos. Sin embargo, este poder nos ha intoxicado una y otra vez. Una y otra vez nos imaginamos que podemos resolver por la fuerza todos los problemas en que estamos. Para un hombre con un martillo grande, dice el refrán, todos los problemas parecen un clavo.

En el periodo anterior a que el Estado se instaurara, una gran parte de la población judía en Palestina no entendió los límites de la fuerza y pensó que podía ser utilizada para alcanzar cualquier meta. Por fortuna, en los primeros años luego de que Israel se fundó, líderes como David Ben-Gurión y Levi Eshkol supieron muy bien que la fuerza tiene sus límites y fueron cuidadosos de no ir más allá. Pero desde la Guerra de los Seis Días, en 1967, Israel ha estado obsesionado con la fuerza militar. El mantra es: lo que no puede hacerse por la fuerza puede hacerse incluso con mayor fuerza.

El asedio de Israel a la Franja de Gaza es una de las repugnantes consecuencias de ese punto de vista. Se origina a partir de la suposición errada de que Hamas puede ser derrotada por la fuerza de las armas o, en términos más generales, de que el problema palestino puede ser aplastado en lugar de ser resuelto.

Pero Hamas no es sólo una organización terrorista. Hamas es una idea. Una idea desesperada y fanática que surgió de la desolación y de la frustración de muchos palestinos. Ninguna idea ha sido derrotada jamás por la fuerza: no con un cerco, no con bombardeos, no aplanada bajo paso del tanque y no con comandos de la marina. Para derrotar una idea tienes que ofrecer una mejor idea, una idea más atractiva y aceptable. La única manera que tiene Israel de marginar a Hamass es que pueda llegar rápidamente a un acuerdo con los palestinos sobre el establecimiento de un estado independiente en Cisjordania y en la Franja de Gaza, según la definición de las fronteras de 1967, con su capital en Jerusalén oriental. Israel tiene que firmar un acuerdo de paz con Mahmoud Abbas y su gobierno, y así reducir el conflicto entre israelíes y palestinos a un conflicto entre Israel y la Franja de Gaza. Ese último conflicto puede ser resuelto, al final, sólo mediante la negociación con Hamas o, más razonable, con la integración del movimiento Fatah, de Abbas, con Hamas. Incluso si Israel se apodera de un centenar de barcos más en su camino a Gaza, incluso si Israel envía tropas para ocupar la Franja de Gaza un centenar de veces más, no importa cuántas veces Israel despliegue sus fuerzas armadas, la policía y las fuerzas secretas, eso no puede resolver el problema. El problema es que no estamos solos en esta tierra, y los palestinos no están solos en esta tierra. No estamos solos en Jerusalén y los palestinos no están solos en Jerusalén. Hasta que nosotros, los israelíes y los palestinos, reconozcamos las consecuencias lógicas de este simple hecho, todos vamos a vivir en un permanente estado de sitio: Gaza bajo un asedio israelí; Israel bajo un cerco internacional y árabe.

No descarto la importancia de la fuerza. La fuerza militar es vital para Israel. Sin ella el país sería incapaz de sobrevivir un solo día. Infortunado el país que soslaya la eficacia de la fuerza. Pero no podemos permitir que nos olvidemos ni por un momento de que la fuerza sólo es eficaz como algo preventivo: para prevenir la destrucción y la conquista de Israel, para proteger nuestras vidas y la libertad. Todo intento de utilizar la fuerza no como preventiva, no en defensa propia, sino como un medio para romper con los problemas y aplastar ideas, conducirá a más desastres, justo como el que nosotros mismos nos causamos en aguas internacionales, en alta mar, frente a las costas de la franja de Gaza.

© Amos Oz, 2010

 



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