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Él les hizo favores a los presos a cambio de arte

Sonia Sierra| El Universal
Domingo 16 de mayo de 2010
Para que reclusos colaboraran en su proyecto artístico, José Antonio Vega Macotela cumplió sus sueños fuera de la cárcel

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A cambio de recuperar al amor de su vida, el preso Kamala dedicó más de 13 horas a perforar, a partir del tic que tiene en su dedo índice, las páginas del libro de El Conde de Montecristo, de Alejandro Dumas.

Esas 13 horas fueron las que el artista José Antonio Vega Macotela dedicó a la búsqueda de una mujer de quien sólo sabía que vivía cerca de un canal de aguas negras, desde cuya casa se divisaba un kiosko y por donde se construía una tienda departamental. Más o menos esas fueron las pistas que le dio el Kamala quien, preso en el penal de Santa Martha Acatitla, durante el mismo tiempo debía imaginar lo que el otro hacía para encontrar a su amor perdido, y perforar la novela de Dumas.

Como el tiempo que tarda la Tierra en dar la vuelta al Sol, Vega Macotela (Ciudad de México, 1979) construyó 365 intercambios con presos de ese penal.

De la duda al “a ver si jala”, de la confianza a los tratos de honor, así se fueron dando los intercambios. Los presos le pidieron al artista cosas tan distintas como ir a atestiguar los primeros pasos del hijo de uno de ellos, buscar películas de culto, bailar con la madre de otro, encontrarse con prostitutas, conseguir saludos de una chica dark del tianguis del Chopo, arreglarles los papeles en un juzgado, emborracharse con viejos amigos, ir a bautizos y cumpleaños, e, incluso, conseguir la libertad. Era como ser ellos, pero afuera de las rejas.

Ellos, a cambio, debían hacer lo que el artista les pedía: regalarle sus latidos de corazón, sus respiraciones, marcar los pasos que daban al oír una canción, dibujar tatuajes, perforar una superficie, trazar un espacio de la cárcel, dibujar el tiempo de espera con rayas y flechas.

Se tomó casi cuatro años para ejecutar el proyecto. En el proceso se rompió un brazo, destinó el monto de una beca a pagar lo que pedían los presos (“aceitar la burocracia no es barato”). Debió parar unos meses por cambios en las autoridades de cultura del Penal. La cárcel lo cambió a él y al proyecto artístico, que concluyó hace unas semanas.

Se llama Time Divisa. Una parte del proyecto se presenta hasta hoy en el Museo de Arte Carrillo Gil en la muestra del Programa Bancomer-macg (con el que recibió la beca). Todo la obra se irá a la Bienal de Sao Paulo, en septiembre: Vega fue invitado con su obra, directamente, por los organizadores de la Bienal.

Rejas y segunderos

En un cuaderno que acompaña la exposición, se leen varias peticiones de los presos al artista: “Llegar a Héroes Tecama Sexta sección, preguntar por Nery Jaciry y felicitarla de parte de Adrián. También preguntar por la señora Trinidad y darle un abrazo. Pedir a Nery que grabe a su abuelita, donde ella me explique la situación en la que está pasando por causa mía y decirle que me perdone por no haber hecho caso. Y hoy estoy pensando este error, en este día van a estar todos mis hijos presentes para que convivas de momento con ellos en la casa y grabarme los pensamientos de Nery Jaciry, decirle que no únicamente la extraño sino a todos los extraño y decirle que la quiero mucho y que no voy a olvidarlos, que a través de esta película estoy presente, aunque sea un momento”.

La premisa de la obra de Vega Macotela es el tiempo. Para este egresado de la ENAP, el tiempo se cambia por una representación que, en el trabajo, es el dinero: das tiempo para sobrevivir.

“El tiempo de todos vale lo mismo, no es objetivo, no son horas, minutos y segundos, el tiempo es lo que puedes hacer en él”, dice Vega, quien le dio forma a su proyecto en el seminario de “Medios Múltiples”, impartido en la ENAP por José Miguel González Casanova.

El artista buscó un lugar modelo para representar la noción del tiempo-intercambio; consideró aeropuertos y terminales de autobuses. Al final, optó por la cárcel: “el lugar modelo, en pequeño, de cómo funciona la sociedad”.

En la cárcel, dice, el tiempo de ocio se vuelve torturante. “Es el tiempo libre que va pasando y no puedes llevar a cabo tu vida; sin embargo avanza. Ves que el mundo se mueve, pero tienes una temporalidad adentro torturante, no te pertenece ni tu hora del sueño, ni tu hora de sexualidad, ningún tiempo te pertenece.

“Les ofrecí un trato: que haría por ellos cualquier cosa que quisieran hacer afuera, a cambio de que en el tiempo en que yo lo hacía, ellos hicieran lo que debía estar haciendo como artista. Era un intercambio de acción por acción”.

Retos y honor

Vega Macotela obtuvo una beca del GDF, Artes por Todas Partes, que le permitía elegir dónde presentarse; propuso un proyecto para la población penitenciaria. El primer reto a vencer fue que nadie le creía. “Pero se fue expandiendo el rumor, ‘no... este güey lo hace, le pides lo que quiera y lo hace’. Se fue de boca en boca: ‘¿Te puedo traer a un carnalito?’.

“Funcionó de una manera que no hubiera imaginado: el nivel de honor que hubo en la cárcel me impresionó. Uno me dijo: ‘Necesito que vayas a bailar con mi mamá, a las cuatro de la tarde a Iztapalapa’. Y ahí estoy bailando a esa hora. Pero antes le decía: ‘A esa hora tú te vas a poner en tu celda a bailar la misma canción, y a cada paso que vas dando lo marcas’. Fue proponerles que sus 12 horas me las dieran. Yo, a cambio, daba un cuerpo para hacer lo que quisieran afuera.

“Encontré en la cárcel a una de las personas más brillantes que he conocido; ya salió, se llama Chucho, vive en la colonia San Rafael. Hubo varios intercambios con él: uno fue irme a sentar al bar de su hermano, a oírlo cantar, como él solía hacerlo. A cambio, me dio todas sus respiraciones por el periodo de una hora”.

El artista creó registros que llevaba a los presos -omite hablar de cómo los introdujo a la cárcel-. Sin embargo, con el tiempo, la palabra empeñada obvió la necesidad de pruebas.

Prácticamente todos los intercambios se hicieron; está por terminar uno que representa la libertad de un preso quien, a cambio del tiempo del artista, construyó el mapa de la cárcel marcando cada paso que daba, al recorrer los lugares permitidos. Para obtener la libertad de Fernando, Vega Macotela cambió tiempo con otro preso que es abogado (por fuera le cobraban 150 mil pesos), sin embargo los trámites se detuvieron cuando el abogado fue trasladado al Reclusorio Sur. Por cierto, el litigante preso le pidió a cambio que le ayudara a reconciliarse con sus amantes.

“No todos los intercambios fueron buenos, de pronto había dibujos chafísimas, pero estaba ahí el tiempo. No había un parámetro plástico para determinarlo. Era el intercambio, con este recurso de vida, lo importante”.

Las peticiones de los presos fueron evolucionando hasta volverse retos. “Decían ‘ahora te vas con las prostitutas y les dices que me manden saludos. ¡A ver si la haces!’. Y luego llegaba yo: ‘aquí están las prostitutas’”.

Otros eran muy familiares: “Tengo como siete años que no le hablo a mi hijo. Quiero que vayas a buscarlo”.

“Cuando llegaba con las familias, yo era un extraño. Pero se creó una especie de energía; de pronto, se veían súper cooperativos; eran barrios pesados, pero era gente lindísima. Llegaba a las 11 de la noche a Neza... ‘No... ¿pues tú quién eres?’ ‘Vengo con esto, en representación de tu hijo...’ Se sacaban de onda. Ésa fue por la Avenida Taxímetros; toda la familia hacía como si yo fuera el hijo, le mandaban saludos, me abrazaban.”

Otros intercambios se tornaron vivenciales: “Un tipo me dice ‘quiero que te vayas a emborrachar en el bautizo de mi sobrina, ahí por Chichicaspa’. Era a emborracharme por él, como si fuera él y a estar con la familia.

“Un cuate me mandó con sus amigos de Garibaldi -los que cuidan a las muchachas-; me mandó a irme de reventón con ellos. Llegué como a las 11 de la noche: ‘Vengo de parte del Chabelo, me pidió que bla, bla, bla...’ Al principio desconfiaron, después vieron que sí era cierto.

“Uno, al que le decían ‘El Gato’, me pidió irme a comer una dona de chocolate que preparaba su papá. Tardé como tres horas en llegar al lugar porque estaba lejísimos, pero la dona estaba bien rica.

“Fueron muy variopintos. Uno de buena onda dijo: ‘Quiero que en mi tiempo te vayas a descansar’; hubo un punto en que no podía más, llegué a hacer diez intercambios por semana.

“De uno salí vomitando, fue de los más duros: fue ir a decirle a un tipo que se muriera, que le deseaba que se muriera, pero él se estaba muriendo en un hospital, le acababan de quitar un pulmón ahí en el INER. Le tuve que leer cómo lo odiaban; el tipo no podía ni levantar las manos; yo ahí sí salí y vomité”.

 

Las otras “Bodas de Caná”

Intercambios 333 al 340: “A cambio de conseguirle películas de cine de arte, Víctor recolecta y calca los tatuajes de cada una de las personas con quienes tiene algún tipo de relaciones en el penal. Bajo mis instrucciones, estas relaciones se pasan a un sistema compositivo basado en Las Bodas de Caná de Veronese”.

La idea del artista fue generar un mapa relacional y varios intercambios sólo eran posibles a partir de los lazos que se forman, pero la confianza en la cárcel no es un asunto fácil.

“Las artes visuales son un sistema de orden. Y para el caso de Víctor le propuse ordenarlo con una jerarquía. Le dije ‘vamos a imaginarnos que tu tatuaje es Cristo’; a partir de ahí, parte la composición, con el elefante Ganesha (tatuaje de Víctor), y alrededor de ese tatuaje se organizan los otros, las demás relaciones. Le dije: ‘depende de qué tan lejos esté puesto, es la significación que tiene esa relación para ti’. Fue complicadísimo, pero la factura es de mis favoritas”.

A cambio, Víctor le encargó películas de culto, dificilísimas de encontrar; quería por ejemplo una edición vetada del concierto de Avándaro. Al final, el artista sí la pudo conseguir.

Vega fue el primer sorprendido de cómo le cumplieron. “Algunos se equivocaban porque, por ejemplo, no se acordaban cómo era afuera. Pero ellos, la mayoría, el 95% de las veces cumplieron: ladrones, estafadores, todos”.

A las peticiones del artista, los presos reaccionaban extrañados, pero fueron entendiendo: “Al principio era así como ‘¿Y este güey?’ Pero decían: ‘si vas a ir... pues es tu viaje’. Poco a poco pude decirles lo que el arte es para mí: es la modificación de la vida cotidiana para darle otro sentido, para rehacerla. El arte tiene un nivel activista. Debe funcionar en el mundo, pero no visto como esta cosa grande: el mundo es la relación que tengo con los demás, lo cercano. Igual, al final los presos asumieron que yo estaba loquito, que era artista”.

Finalmente, el Kamala tuvo lo que quería: “El tipo se había enamorado de una chica hace como tres o cuatro años, era camionero. No sabía dónde vivía la chica, se tiraban la onda. Entonces, un día lo agarran preso. Había intentando reencontrarla; nada más sabía que desde su casa se veía un kiosko, que había cerca un canal de aguas negras y que estaba en construcción un Viana o un Coppel... Tenía el primer nombre de la chica. ‘¿Puedes lograrlo?’ ‘No sé... La neta me voy a tardar un ratotote’. Me hizo un dibujito de cómo veía el kiosko, que era de esos del sexenio en que mataron a Colosio, de Salinas. Él tenía un tic, y yo le dije: ‘lo que vas a hacer es perforar el libro y vas a imaginar que la estoy buscando’.

“Llegué al lugar de noche, se construía un Coppel, encontré el kiosko y el canal. Toqué en una puerta, pregunté por ella, no recuerdo si se llamaba Elizabeth, pero me dijeron: ‘no, vive en la siguiente puerta’. Toqué, le dije: ‘vengo de parte del Kamala... tal, tal...’ Fue muy padre. La chica se conmovió. Él me había dicho: ‘llegando le vas a decir ‘deveritas, deveritas’. Esa era la palabra clave, que es como decía el burro de Shrek.

“Cuando llegué a la cárcel, el Kamala me dijo: ‘Es que soñé que la habías encontrado’. ‘Es que la encontré, güey; aquí está su teléfono’”.

Las obras resultantes de los intercambios serán parte de un libro que prepara el artista. “Lo que más me dio este proyecto ha sido la parte vital, a nivel de madurez. Te das cuenta de que las tragedias a todo el mundo le pasan, de que no es tan especial tu vida como creías. En esto, el tiempo pasó a un segundo plano. Se transformó en una cuestión de empatía, de generación de sociedad, de sistemas de resistencia dentro de otro sistema. Se volvió la construcción de una obra a partir de una relación con el otro”.

 



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