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El amor a señas

Natalia Gómez Quintero| El Universal
Domingo 14 de febrero de 2010
Perla Moctezuma y Carlos Carrera son sordos; desde 1981 son pareja. Junto a sus hijos, enfrentan con ternura y amor los conflictos de comunicación propios de cualquier relación

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Perla Moctezuma quedó cautivada por Carlos Carrera en 1962. Fue el movimiento de sus manos lo que primero atrajo su atención. Ella tenía 14 años y él 24. Diez años de diferencia que parecían irreconciliables para compartir intereses. Pero las señales que Carlos realizaba junto con ciertas gesticulaciones revelaban su pertenencia a un mundo donde casi impera el silencio total: eran sordos.

Se hicieron buenos amigos, aunque parecía que el destino no los quería juntos. Se separaron, cada uno se casaría por su lado con personas oyentes. No pasó mucho tiempo para que ambos se divorciaran y por casualidad se reencontraran. Carlos había tenido un hijo al que le puso su mismo nombre; Perla tuvo a Marco y a Carlos Alejandro. Al fin en 1981 contrajeron nupcias para procrear a Andrés, que llegaría ese mismo año.

Han pasado 48 años desde la primera vez que se conocieron. Hoy no sólo comparten este lenguaje, sino también una familia, donde un “te quiero” o “te amo”, no se escucha, pero sí entra al corazón de manera especial por sus ojos, que atentos siguen las posiciones de manos y brazos. Perla, inspirada seguramente en la lucha contra la discriminación, dice no encontrar diferencias entre su familia y las conformadas por oyentes.

“Entre oyentes y sordos la forma de expresión es la misma. Tenemos los mismos problemas de comunicación en las relaciones, no estamos por debajo de los oyentes, estamos en la misma situación: nos enamoramos, discutimos como las personas normales, tenemos los mismos problemas con mi familia”, dice Perla en voz de su hijo Carlos Alejandro, a quien le ha tocado interpretar en esta ocasión a su madre.

La llegada de Andrés

Justo los problemas familiares iniciaron cuando Perla encontró a Carlos por segunda ocasión. Los padres de ambos estaban en desacuerdo con su unión pues aseguraban que tendrían hijos sordos. Las predicciones fueron equivocadas. Al nacer Andrés dieron gracias a Dios porque era oyente y podía hablar. Carlos estaba feliz de enseñarle el lenguaje de sordos, y de que por haber nacido sano le podía servir de traductor.

Los cuatro hijos han tenido su turno de auxilio a sus padres, ya que siendo bilingües desde niños acompañaban por largo rato a sus padres frente al televisor para comentarles las noticias. A los niños en un principio les resultaba divertido, pero luego les representó una obligación la interpretación de novelas, de noticiarios, de programas deportivos, del mundo animal o histórico.

“Cuando les llamaban por teléfono para una cita con el doctor, por ejemplo, yo tenía que hacer traducción por ese lado si pasábamos más tiempo juntos. Estábamos más unidos, teníamos más convivencia”, dice Carlos Alejandro.

“El poder ayudar a mis padres en la interpretación me ha permitido acompañarlos a lugares que jamás hubiera pensado y que seguro las familias de oyentes han perdido esta oportunidad. Para mí no representa una carga, me es natural y es sólo corresponderles por todo lo que han hecho de mí”, comenta Andrés.

Pero la miel no siempre estuvo sobre las hojuelas, pues al principio, mientras eran niños, era muy fácil el lenguaje y era normal platicar ante cualquier persona. “Usábamos las manos todo el día, pero cuando entramos a la adolescencia nos empezamos complicar porque a esa edad me daba pena que descubrieran que mi mamá o Carlos eran sordos”, dice Carlos Alejandro.

Perla mostró su sorpresa por esta revelación que recién conocía de su hijo, hoy arrepentido por ese sentimiento: “Cuando crecimos nos dimos cuenta de que era una estupidez; que ésta era una forma de lenguaje y que mi mamá es maravillosa, que Carlos es otro ser increíble y que la pena no estaba justificada”.

El acecho de la discriminación

Muchos motivos tendrían para ser más unidos en esta familia, entre éstos por la existencia de la discriminación en México, pues Perla reconoce que a pesar de ser la traductora de Noticias en Televisa desde hace 25 años, de los cuales 13 ha estado con la conductora Lolita Ayala, ha sido víctima de esa discriminación.

“No hago caso simplemente, pero a la par esta labor en la televisión también me ha hecho ganar reconocimiento, al grado que los compañeros de mis hijos se acercaban a conocerme admirados”.

“Yo admiro a mi madre y a Carlos por encima de cualquier persona en el mundo; han hecho una vida mejor casi que hasta una persona oyente. También hay injusticias, lealtades, deslealtades, amistades, separaciones, mentiras, verdades. Son felices, tristes, tienen problemas económicos como todas las personas pero lo increíble es la capacidad de ellos, no por su sordera, sino por la fuerza que les da la misma para salir adelante”, comenta Carlos Alejandro.

Adelante salieron con cuatro niños de por medio, a quienes las abuelas pretendieron educar, pero Perla no lo permitió y tomó la batuta de la educación desde un principio. Con sus dos primeros hijos colocó sus cunas pegadas a su cama para sentir la vibración de su llanto y levantarse de inmediato a darles de comer, pero finalmente decidiól aprenderse los horarios de comida y cambio de pañales lo cual le resultaba más seguro.

Al nacimiento de Andrés la tecnología estuvo de su lado, al grado de que el niño dormía en su propia recámara y al momento de llorar se activaba un sensor en el cuarto de sus padres que hacía prender unos flashes a manera de alarma, lo que indicaba que algo estaba sucediendo en la habitación del niño.

A diferencia de sus hermanos, para quienes uno de sus dos padres era oyente, Andrés, hijo de sordos, aprendió a hablar primero el lenguaje de señas: “supo decir ‘quiero leche’, ‘quiero hacer pipí’, luego preguntó por nosotros. Tenía unas manitititas maravillosas”, recuerda hoy en día Perla.

Pero así como no hay límites en la demostración de amor, tampoco lo hay en el disfrute por la vida. Perla y Carlos escuchan lejanamente tonos y vibraciones que les permiten bailar. “Nos gusta bailar clásico, ahora todo lo moderno y el rock es muy fuerte para nosotros. Nos gustaba bailar el twist y el rock samba”.

También les gusta mucho el cine, las películas extranjeras son sus favoritas. Sin embargo, hasta hoy no conocen ninguna historia de amor o desamor de la filmografía mexicana porque no hay subtítulos que consideren a los sordos.

 

Travesuras de los niños

Los que sí aprovecharon la sordera fueron los hijos, pues rompían figuras de porcelana y su mamá no los escuchaba, en todo caso siempre se sabía la verdad porque una pieza faltaba.

Pero Carlos Alejandro se fue al extremo: “Una vez que en segundo de secundaria reprobé muchas materias y me corrieron, el director de la escuela mandó llamar a mi mamá para avisarle; yo todavía, un mes después, llevaba mi mochila. En esa junta con el director le traduje a mi mamá que era un alumno excelente, que la felicitaban por su hijo maravilloso; al final, mi madre se dio cuenta”.

“Hubo muchos problemas durante la infancia. Siempre los regañé, los perseguía alrededor de la mesa porque hacíamos corajes con la escuela, con las tareas; sufro igual que una madre oyente, tengo la misma responsabilidad”.

Perla y Carlos nunca permitieron que en su casa se hablara con groserías. Los niños sabían esto, pero durante alguna comida creían aprovechar la sordera de sus padres para pelear o invocar al demonio. Sin embargo su mamá, quien desde muy pequeña aprendió a leer los labios, los cachaba.

Pero en esta familia no sólo la fórmula del amor ha sido necesaria para avanzar. “Para nosotros es importante todo el aspecto visual y los presentimientos; siempre hay que estar alerta a lo que sucede a tu alrededor y hacerle caso a tus presentimientos”, dice Perla.

Y por contradictorio que pudiera escucharse, cuenta ella que “lo más importante entre las personas sordas es la comunicación para negociar, para ponernos de acuerdo, para viajar y para respetar, pues a él le encanta el futbol y a mí, las películas románticas”.

Perla y Carlos hablan mucho, les fascina tener pláticas largas, entendidas, siempre se preguntan uno al otro qué cosas les gustan o lo que pasaron durante el día. Y cuando llega la noche, si por ejemplo no hay luz eléctrica, se tocan las manos y saben de qué hablan.

Por eso para Carlos la frase “te amo” es mucho más bonita en lenguaje de señas que si sólo la pronuncias. La forma es mucho más emotiva y expresiva.

Aunque ambos tienen actualmente la oportunidad de operarse y, tal vez, salir de este mundo de sonido tenue, ninguno quiere hacerlo. Nunca han renegado de su condición; coinciden en que están acostumbrados y tranquilos.

Andrés tiene opiniones encontradas: “Me gustaría que se operaran y escucharan la música que me gusta, por ejemplo, pero al mismo tiempo sé que cambiarían radicalmente su vida, ya no serían los mismos, se volverían neuróticos y padecerían de estrés seguramente”.

“Yo no estoy de acuerdo en operarme, estoy acostumbrada y es así como quiero vivir y convivir, puedo hacer mi vida feliz y normal, no busco una operación milagrosa”, asegura Perla.

 

 



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