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Una historia de la intolerancia

Agustín Sánchez González| El Universal
Jueves 17 de agosto de 2000

El 27 de enero de 1988, en estas mismas páginas, escribí un artículo titulado ?No a la intolerancia?, para referirme al asalto que hordas del grupo Pro-Vida realizaron al Museo de Arte Moderno. Esa misma tarde, llamaron a mi casa para amenazarme, sutilmente, por apoyar las ofensas a los católicos. Cinco días después, escribí ?El arcipreste me da la razón?, denunciando ese hecho y dando a conocer la posición del arcipreste de la Basílica de Guadalupe, el sacerdote Carlos Wharnholtz, quien señaló que el artista Rolando de la Rosa no profirió injuria a la religión, ni injurió a la Iglesia, ni suscitó odio o desprecio en su contra. A la vez que deslindaba a la Iglesia de este grupo de fanáticos.

Trece años después, la historia parece repetirse, un par de mozalbetes ignorantes y fanáticos destruyen el cuadro ?La Patrona?, del caricaturista y pintor Manuel Ahumada, y como entonces vuelvo a decir: ?No a la intolerancia?.

La historia nacional está plagada de muestras de fanatismo. La Liga de la Decencia se impuso en toda la primera parte del siglo XX, calificando qué películas deberían pasarse. El Estado mexicano no fue ajeno a la censura.

En 1931 recoge todos los ejemplares de la revista ?El Turco?, dirigido por Luis Hagelstein, que criticaba a Plutarco Elías Calles, a quien apodaban así. La revista desapareció.

El Zócalo se convirtió en una gran hoguera, en 1965, luego de que cientos de fanáticos se juntaran en la Plaza de Santo Domingo, donde se ubicaba el edificio de la Santa Inquisición, para marchar rumbo a la Plaza de la Constitución y quemar miles de revistas galantes.

En 1959, la Dirección General de Enseñanza Pre-escolar, de la SEP, prohibió las canciones de Cri-Cri (40 años después, en 1999, el hijo de Gabilondo Soler, Tiburcio, por motivos económicos, prohibió la publicación de un libro sobre su padre). Ese mismo año, se filmó la película ?La rosa blanca?, que permaneció enlatada hasta 1972, el motivo aparente es el parecido del presidente de la República con Miguel Alemán; lo mismo sucedió en 1962, al filmarse ?La sombra del caudillo?, versión de la novela de Martín Luis Guzmán y que pudo verse hasta 1989.

En 1965, la Sociedad Mexicana de Geografía Estadística acusó a Oscar Lewis, de ?disolvente e inmoral?, exigiendo su expulsión de nuestro país. Durante esos años, la presencia del grupo fascista denominado MURO (Movimiento Unificador de Renovadora Orientación) se convirtió en la conciencia moral nacional y en el brazo golpeador de la derecha mexicana, en donde participaba el señor Hugo Salinas Pierce, padre del dueño de TV Azteca, como confesó recientemente en sus memorias.

Entonces la Iglesia no necesitaba de actuar por su cuenta, el gobierno mexicano estaba lo suficientemente derechizado para ocupar su lugar.

Sin embargo, en 1971, mientras un sector de la Iglesia católica asumía papeles de izquierda con la Teología de la Liberación, hacía ellos se volcaron los ataques. Don Sergio Méndez Arceo, obispo de Cuernavaca y uno de los principales líderes de esta corriente, fue bañado con pintura roja al regresar de un viaje por Chile, donde había ganado el socialismo de Salvador Allende.

En 1982, al grito de ?¡Viva Cristo Rey!?, un grupo de extremistas católicos armados de palos y boxers atacó a los actores de la obra ?Cucara macara?, de Oscar Liera, dejando a uno de ellos inválido y nunca fueron molestados.

El avance incontenible del Partido Acción Nacional en la década de los 90, con sus triunfos en distintas gubernaturas, se ha visto asociado con un ejercicio constante de intolerancia.

Los casos de censura panista abundan: en 1997, en Aguascalientes, fue prohibida la exposición fotográfica de Carlos Llamas; en Tolcayuca, Hidalgo, se canceló la obra teatral ?Violación a la intimidad?; en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez fue censurado el cartel de un estudiante de diseño gráfico; la alcaldesa panista prohibió los table-dance en Mérida.

Ahora, envalentonados por el triunfo de Vicente Fox, que lo asumen como propio, olvidando a un amplio sector de la población que, supuestamente, le dieron un supuesto voto útil, vuelven a la carga, tanto en Guanajuato y en Guadalajara, zonas cristeras por excelencia. El voto de castigo a las mujeres violadas al modificar el Código Penal, en Guanajuato, y la destrucción del cuadro ?La Patrona? y la censura de la directora del Museo del Periodismo, son una muestra de ello.

A propósito del ataque al MAM, Jorge Alberto Manrique, entonces director de ese museo, escribió que ?el incidente sirvió para advertir que la hidra de mil cabezas de la intolerancia no pierde oportunidad de sacar una de ellas, aunque se le hayan cortado otras. Al fin y al cabo creo que contra las afiladas uñas de la represión, siempre instrumento de los poderes, la libertad de expresión consiguió consolidarse en México. Aunque el peligro siempre reaparecerá?.

Y ese es el gran peligro que la ultraderecha no entiende y que quienes votaron por uno de sus representantes están obligados a cuestionar. Por eso, no podemos quedar callados y hay que repetir una y otra vez: ?No a la intolerancia?.



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