El traje de charro, una tradición que pervive
En la ciudad de México, pocos hemos usado un traje de charro. Por lo tanto, a muchos nos parecería increíble saber que hoy en día hay quienes dedican todo su tiempo y toda su vida a hacerlos. Como María Elena Espinosa Chirino, habitante del pueblo de Santa María Aztahuacán, ubicado en la delegación Iztapalapa, quien da cuenta de cómo bordar un traje de charro no sólo es un arte, sino un privilegio: "En Santa María Aztahuacán solamente cinco familias se dedican al bordado de trajes. De hecho, nosotros fuimos de los primeros que aprendimos esta actividad. Cuando mi papá comenzó a bailar, sus trajes se los hacía el señor Torices. Pero como después todos mis hermanos comenzaron a bailar, decidí aprender el bordado. Yo tenía 14 años." Pero el orgullo de María Elena va mucho más allá. Su actividad no se trata de un mero negocio, porque se rehúsa a trabajar para artistas que usan el traje de charro, sin embargo, "en otros pueblos ya han visto que en Santa María hacemos trajes muy bonitos, entonces ya nos hacen pedidos de Tlaltenco, Zapotitlán, San Lorenzo Tezonco, Santa Martha Acatitla, Santa Cruz Meyehualco y Santiago Acahualtepec". Y es que para los pueblos originarios de la ciudad de México, el traje de charro constituye una parte importante de sus usos y costumbres que hasta la fecha siguen defendiendo a capa y espada. En el caso de Santa María Aztahuacán, esta tradición se remonta a la época del Porfiriato: "En Santa María comenzamos a bailar en 1803, pero al principio era con trajes de manta. Luego, se empezaron a bordar con hilo vela de colores. Después vinieron los trajes de Chutais y la señora Lenchita (una española que vino a vivir a México) es la que empieza a manejar el canutillo de oro que hace los trajes más elegantes. Ella me enseñó la técnica, que en realidad viene de Francia, hace 25 años." Según nos cuenta María Elena Espinosa, en el marco del encuentro de Pueblos Originarios de Iztapalapa, organizado por la Universidad Autónoma de la Ciudad de México en el Ex Convento de Culhuacán, el proceso es el siguiente: el bordado se maneja sobre bastidores. Es un trabajo hecho totalmente a mano. Se hacen los diseños: por ejemplo, en el pantalón, la figura principal es el golpe: viene un golpe, le sigue una flor, luego otra figura y así, para que desde abajo nazca la guía hacia arriba. En las mangas de la chaqueta es exactamente el mismo proceso, dependiendo del diseño que se quiera, también de abajo hacia arriba. La espalda es la figura principal. Se puede manejar en caballos, en gallos o en águilas. "El sombrero tradicionalmente venía de Puebla y estaba hecho con pelo de liebre que traían de Francia también. A través de los años se maneja pelo de conejo, y últimamente se está manejando de lana porque el pelo de conejo ya sale más caro. La falda es en línea A y se borda una herradura enfrente de la falda. Se pone botonadura a los costados. Ya teniendo las figuras, se comienza a bordar el canutillo de oro en la figura". Bordadora de profesión y por vocación, María Elena Espinosa afirma que un traje normal tarda tres meses en hacerse, trabajando 12 horas al día. También especifica que son caros por el material, pues cuestan desde 15 mil a 40 mil pesos. Pero a pesar del precio, la gente del pueblo los sigue comprando: "En Santa María Aztahuacán han querido que desaparezca esta tradición y el pueblo es tan arraigado que se ha negado rotundamente a que desaparezcan sus costumbres".





