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Paseo de la Reforma, evolución y crisis

Víctor Jiménez*| El Universal
Miércoles 21 de abril de 2004

Una de las comparaciones que más frecuentemente se hacen al hablar de la historia de las ciudades es la de equipararlas con los organismos vivos: así, las ciudades nacen, crecen, tienen un momento de esplendor, algunas "enfermedades", crisis tremendas y, eventualmente, también mueren... Y esta metáfora biológica se hace extensiva a las partes que integran una ciudad: los barrios, los edificios, las avenidas. No sería por ello muy sorprendente que hablásemos del Paseo de la Reforma en términos similares. ¿Por cuál etapa de su vida atraviesa ahora la gran avenida de la ciudad de México? Si esta pregunta la responde una persona que haya conocido el Paseo en las décadas de 1950 o 1960 posiblemente diga que actualmente pasa por una crisis, o un estado de decadencia, y que el máximo esplendor del mismo coincide con las décadas mencionadas. Ahora bien, es muy probable que haya un acuerdo general sobre el hecho de que en nuestro momento, a finales del siglo XX, el Paseo de la Reforma está en crisis. Y si no entendemos por qué llegó a este estado difícilmente podremos hablar de un recuperación, para seguir hablando en términos de metáfora biológica.

El Paseo de la Reforma, desde el momento mismo en que fue trazado, era parte de una estrategia inmobiliaria destinada a convertir el crecimiento de la ciudad de México en una operación económicamente atractiva para los propietarios del suelo urbano de la zona. el Paseo se convirtió en una especie de punta de lanza que dirigiría la expansión de la ciudad de México hacia el suroeste, hablando sobre todo de los barrios residenciales. En principio son las casas que ocupan el Paseo en el tramo entre Avenida Juárez y el Monumento a Cuauhtémoc las que constituyen el barrio más elegante de la capital; luego, ya avanzado el siglo XX, el tramo entre Cuauhtémoc y Chapultepec se convierte en la nueva zona elegante. Finalmente, a partir de las décadas de 1930 y 1940, siguiendo el eje de la primera ampliación del Paseo, que corre a un costado del bosque de Chapultepec para subir luego a los lomeríos del poniente de la ciudad los que inicialmente se conocieron con el nombre de Chapultepec Heights y luego como las Lomas de Chapultepec, define la zona residencial más elegante de la ciudad de México en la segunda mitad del siglo XX.

Es evidente que una avenida de la importancia del Paseo, en su tramo original, al verse rodeada de una zona urbana en expansión, no podía mantener su carácter de barrio de casas unifamiliares, por palaciegas que éstas fueran. La experiencia europea y norteamericana es muy clara al respecto: aun en la zona más cara de la ciudad la vivienda debe integrarse a edificios departamentales para seguir la lógica de la rentabilidad del suelo urbano. La historia del Paseo de la Reforma es muy elocuente al respecto: los palacetes porfirianos no podían durar, y fueron reemplazados por edificios de mayores dimensiones. Lo lamentable es que las nuevas construcciones no consideraron, en su mayoría, el edificio colectivo de tipo residencial para mantener una población estable sobre el Paseo, sino el uso comercial o de servicios, que sólo sostienen a una población flotante.

Pero este no fue el único problema. Faltó la aplicación rigurosa de una reglamentación urbana que obligase a las nuevas construcciones a seguir un perfil urbano lógico y armonioso, controlando alturas, colindancias, relación con la calle, materiales de las aceras y otros elementos que hubieran sido indispensables para mantener la calidad del Paseo a un nivel adecuado.

Al faltar estos controles y descender la calidad del Paseo a partir de las décadas de 1970 y 1980 se produjo otro fenómeno: el abandono. El Paseo dejó de ser el lugar privilegiado donde se levantaban los edificios prestigiosos, los cuales emigraron, siguiendo el mismo eje, por el nuevo Paseo hacia Polanco y Las Lomas. Con el sismo de 1985 muchos se dañaron, algunos se demolieron y otros permanecieron en ruinas durante años. La contaminación y el descenso del nivel de agua del subsuelo causaron un gravísmo daño a los árboles que lo sombreaban a partir de la década de 1970. De ser un orgullo para la ciudad de México el Paseo comenzó a convertirse en un motivo de seria preocupación para los ciudadanos y algunas autoridades.

Sería muy poco útil añorar en nuestro momento el Paseo de la Reforma porfiriano: sólo tendría sentido si la ciudad de México de hoy tuviese los mismos habitantes que en 1910. Evidentemente no es así. Las autoridades urbanas han comprendido uno de los ángulos del problema desalentando la construcción en gran escala a lo largo del eje de Reforma en el tramo de Polanco no directamente sobre la avenida, pero sí con vista hacia ella, y canalizando las nuevas inversiones inmobiliarias hacia el Paseo en el tramo comprendido entre Chapultepec y Juárez. Esta es desde luego una decisión acertada. No lo es tanto el hecho de que los edificios recientes se destinen sólo al uso comercial o de servicios hoteles, oficinas, comercios, excluyendo todavía el uso habitacional. Pero es un primer paso. Otros problemas del Paseo, como el deterioro de su arbolado, no han recibido una atención adecuada; sería necesario emprender una acción muy bien apoyada científicamente que permitiese recuperar este paisaje vegetal que tanto contribuía en otra época a la belleza del Paseo de la Reforma. Es preciso estudiar con cuidado si el actual revestimiento del piso de los camellones es el más adecuado para mantener la humedad del suelo, y determinar las especies vegetales que pueden prosperar en las actuales condiciones ambientales.

Recientemente, en los años 1993 y 1994, la delegación Cuauhtémoc llevó a cabo un largo y minucioso proceso de rehabilitación de la Columna de la Independencia, bajo la supervisión y proyecto de restitución de las escalinatas de la parte baja del monumento a cargo de la Dirección de Arquitectura del Instituto Nacional de Bellas Artes: esta es la primera intervención de importancia, en el aspecto artístico, hecha en el monumento en los últimos años, después de haberse efectuado restauraciones no muy afortunadas a raíz del sismo de 1985. Es posible que este esfuerzo también contribuya a la revitalización de la avenida, de lo que hay signos alentadores. La construcción de nuevos edificios puede levantar polémica, pero es indudable que no puede haber nada más nocivo que el abandono que sufrió por años el Paseo.

Esta avenida nació de la combinación de una decisión política y otra económica. Su suerte estará, por siempre, vinculada a criterios del mismo tipo, y no es posible imaginar otra cosa, a riesgo de escapar de la realidad. Más que pensar de manera exclusiva en el pasado del Paseo de la Reforma lo cual es útil como punto de partida, el reto de la generación presente consiste, nada menos, que en imaginar el futuro del Paseo: su perfil en el siglo XXI.

* Arquitecto.

Epílogo del libro "Historia del Paseo de la Reforma", de 1994; (INBA).



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