Una melodía que se apaga
Por más de un siglo ellos han llevado a cuestas el aparato que es ya parte del folclor mexicano. A uno se le conoce como el limonero y a otro como el burrito. Así, en parejas, recorren las principales calles del Centro Histórico en medio de la cotidianidad urbana con lo que brindan imaginarias burbujas de transitar apacible. El contraste con la realidad hace casi invisible, o al menos desapercibida su presencia, apegada al girar del fuelle y soltar la melodía, aparejada a un todavía más imperceptible y complicado mantenimiento al organillo. Conocidos popularmente como cilindreros u organilleros, la actividad de estos músicos ambulantes, actualmente está en el umbral de su ocaso. Pedro Arenas Díaz, cilindrero por más de 47 años de las calles del Centro Histórico, asegura: "Hemos tratado de levantar un poco el oficio, pero se está cayendo. La gente ya no es como antes; no coopera. Pasan como si no existiéramos. Los extranjeros nos hacen más caso. Es poca la gente de aquí que nos da un pesito, 50 centavos, o 5 pesos". Con una experiencia que data de 1961, Pedro, conocido también por sus colegas como El Negro, señala que la falta de conocimiento para arreglar los aparatos es otra de las causas de su próxima desaparición. "No hay quien los arregle. El dueño, que se llamaba Alfonso Lázaro García ya murió. Él era quien los reparaba. Era un verdadero maestro. No luchamos por aprender sino que puro trabajar y trabajar, nunca nos interesamos. Ahora, por necesidad cuando los aparatos se oyen mal, se les mete mano, y los arreglamos lo más que podemos". En nuestro país, principalmente en el Centro Histórico, el oficio del cilindrero comenzó a principios del siglo XX. Joaquín Torres, cilindrero de oficio, al igual que su padre, cuenta que "su incursión a nuestro país se da hace más de 100 años, cuando no había otro modo de oír música. "No había grabadoras, televisión y ni siquiera fonógrafo, la gente tenía que comprar estos aparatos. Los ponían en sus casas y uno tocaba. Hacían fiestas y convivios. "Después se creyó que era buena idea sacarlos a la calle para que la gente también los disfrutara, y quien quisiera podía dar alguna cooperación; `algo para la música`. Así fue como surgió la tradición del cilindrero". Actualmente, quedan sólo 60 cilindros; 18 distribuidos en el Centro Histórico, y los otros restantes en los estados de Puebla y Guadalajara. Su custodia está a cargo de "algunos dueños", quienes en la mayoría de los casos han puesto en alquiler o renta su uso. "Sí, hay varios patrones. Por ejemplo, hay uno en la calle de Donceles, otro en Tepito y otro más en la Lagunilla. A ellos se les entrega una cuota que va de los 200 a los 400 pesos a la semana", señala Pedro Díaz, quien ha dedicado más de 35 años de su vida al oficio recorriendo día tras día los límites del primer cuadro de la ciudad. A punto de arrancar con la siguiente melodía, Pedro López arrebata la palabra a Joaquín, y un tanto molesto puntualiza: "Ah, pero de todo esto, no debe olvidarse que un organillero no es uno sino dos. "Siempre se ha dado que los organilleros anden en pareja; uno que toque y otro que pida. Es decir, el que nombramos "limón" pide, y otro que toca y carga, "burrito"; es como una ley, nada más que sin jefes. Todos somos iguales, un rato carga él y otro cargo yo." Padre de seis hijos, todos ellos en preparatoria, para Pedro López este trabajo además de ser laborioso y mal remunerado, es delicado y de una responsabilidad enorme. "Es un trabajo muy pesado. Hay que ir zanqueando; avanzando de aquí para allá recolectando monedas. Algo muy duro, sobre todo porque la economía se ha resentido mucho. La gente no coopera. "Al día mi compañero y yo llegamos a sacar entre 100 y 120 pesos, eso cuando nos va bien, porque cuando el aparato llega a descomponerse, hay que tratar de arreglarlo cuanto antes, ya que el alquiler corre y nuestro sueldo también. Los dueños pueden perdonar todo, menos la renta y el alquiler, eso sí no...". "Efectivamente, comenta Joaquín Torres mientras coloca sobre el suelo su cilindro y toma un poco de aire, entre nosotros existe un gremio que está constituido por la Unión de Organilleros del Centro Histórico. Estamos registrados ante el gobierno del Distrito Federal como trabajadores no asalariados, o sea que tenemos derechos. "No pueden quitarnos de la vía pública o de cualquier otro sitio, a menos que sea propiedad privada. Podemos tocar en cualquier esquina o calle que queramos. "Ahora lo del uniforme es más bien una especie de tradición que surgió en el tiempo del presidente Plutarco Elías Calles, cuando hubo algunos ajustes en el sentido de reglamentar nuestra vestimenta. "Había muchos de nuestros compañeros que andaban todos fachosos, greñudos y mal parados. Entonces se tomó la decisión que para que no continuara aquello se tenía que adoptar un uniforme, que por unanimidad fue el de los Dorados de Pancho Villa (color beige). Por eso, nosotros siempre decimos que esto del cilindro es una tradición mexicana, porque aunque estos aparatos sean alemanes, tienen mucho que ver ya con nuestro folclor nacional". Las melodías que suenan al girar el fuelle no sólo se remontan a los recuerdos de la memoria colectiva de los transeúntes. Su imagen sonora también se halla combinada con el saber y el sentimiento de la forma de tocar cada una de las piezas. "Sí, indica Santos Trejo, otro cilindrero del Centro Histórico la nostalgia de las melodías es muy fuerte. El repertorio es pequeño pero efectivo. Generalmente todos los aparatos tienen ocho piezas de antaño que ya son de base. Este que traigo, por ejemplo, tiene Morir por tu amor, Tiempos de mayo, Los patinadores, Varita de nardo, el vals Alejandra, y dos melodías de cajón que son Las golondrinas y Las mañanitas, que nunca faltan. "Ah! golpea levemente la caja de cilindro, El Negro, y comenta "pero girar del fuelle no es cualquier cosa. Si le das muy despacito, se oye feo; si le das rápido, se oye tartamudo. Entonces, hay que darle su ritmo al tiempo de la pieza. "El aparato es muy delicado y puede salirse de regla, enchuecársele la puntilla, las breas, la piña, el cintín, y desafinarse; y éste, a diferencia de una guitarra o cualquier instrumento, es más difícil de afinar, porque llega a tener más de 42 tonos." Cuatro de la tarde de un día común en la avenida Juárez, Centro Histórico, entre las calles Luis Mora y José Ma. Marroquí, Frente al Hemiciclo a Juárez. Joaquín, cansado de mirar pasar a cientos de transeúntes, sin descanso y con mucho ánimo, gira y da vuelta, una y otra vez el fuelle de su cilindro. Frente a él, se encuentra Jesús, su hermano, quien con un estado de ánimo similar, estira su mano, pasa revista y pide alguna cooperación. El semblante de ambos refleja que no hay satisfacción completa. Son ya más de cinco horas y el "camarón" no es mucho. Sin embargo, haciendo memoria, Joaquín evoca: "Es mejor que el sueldo de una fábrica. Antes de trabajar aquí, yo trabajaba en una fábrica de materias primas. Me pagaban 400 a la semana, era muy poco. Entraba a las ocho de la mañana y salía a las ocho de la noche; aparte me ponían a cargar cajas muy pesadas. "Aquí, puedo administrar mi tiempo y trabajar las horas que yo quiera. Al día vengo sacando entre 60 y 80 pesos y es un poco más descansado. Lo único pesado es andar zanqueando, ya que el aparato pesa 50 o 60 kilos." Como si fuera sicólogo, Joaquín, de antemano prevé quién de los paseantes cooperará y quién no. "Es cierto, cuando uno convive con la gente aprende de ella. No sé cómo explicarlo pero inmediatamente con ver su rostro puedo darme cuenta quién sí me va a cooperar." El tiempo sigue corriendo, y a pesar de que el día no pinta muy bien, su labor les gusta. "Hemos tenido bonitas experiencias. Ha sido como algo bohemio. Por ejemplo, cierto día un muchacho que nos cooperó, nos dijo que él había estado `del otro lado` y que extrañaba mucho esta música. Otro día, una muchacha mandó una melodía por celular a un pariente hasta Los Ángeles; al final no pudo porque no lo encontró, pero tenía la intención. Entonces, todo eso es algo bonito para nosotros. Sabes que nunca podrás ir allá, pero nuestra música sí." Con mirada fija en el recuerdo, Joaquín, con los ojos un tanto llorosos, confía: "Sinceramente creo que esto de los cilindreros está llegando a su fin. Vivimos en una era de mucha industrialización. En una era en que esto ya no llama. Los niños ya no juegan con el trompo, el valero, las canicas,... puro Nintendo, Play Station. Entonces, la gente ha perdido el instinto de inculcarle a sus hijos esto. Pienso con un leve aliento de sonrisa en su rostro que esto del cilindro seguirá existiendo siempre y cuando haya gente que todavía vea películas de Pedro Infante, le guste la música de mariachi, y viva de la nostalgia. Si todo eso no perdura, si la gente no aprecia lo poco que queda del México de antaño, entonces nosotros vamos a pasar al olvido."
Con el uniforme de Villa
El ejercicio del oficio pareciera girar en torno de una simple tradición urbana y callejera. Pero los cilindreros se encuentran agrupados en una Unión de Organilleros en la que tienen derechos, obligaciones e incluso una forma de vestir.
Las de antaño
La vocación de estos personajes no sería nada sin la nostalgia musical con la que envuelven a todas y cada una de las calles por donde transitan.





