Murió el nahuatlato Luis Reyes García
De una noble familia nahua veracruzana, el historiador Luis Reyes García fue un admirable estudioso de vasta y profunda obra. Dedicó más de 30 años de su vida a la interpretación y edición de códices mesoamericanos y de textos en lengua nahua del periodo virreinal. Su introducción al quehacer histórico fue de esos casos felices en que buenos maestros, inspirados en ideas vigorosas y fértiles, encuentran a un grupo receptor para llevarlas a la práctica, y entre ellos a un joven investigador que tenía su propia herencia, su propia guía. Décadas después, la obra de Luis constituyó por sí misma una amplia y generosa ilustración del mundo antiguo mexicano, rebosante de sustancia y de ideas originales, muchas de las cuales aún no han sido suficientemente advertidas. La idea que echó a andar el programa historiográfico de Luis y de un grupo de investigadores del CISINAH, hacia 1973, provenía del antropólogo español Pedro Carrasco: los archivos históricos del país abundan en documentos originales en lenguas indígenas, particularmente en náhuatl, cuya puesta en valor y estudio permitirían ir más allá de las fuentes tradicionales para el estudio de los indígenas mexicanos después de la conquista. En palabras de Luis Reyes: "El único camino abierto y fecundo es el análisis de datos concretos que se encuentran en los pleitos sobre tierras, derechos a cacicazgos, pago de tributos y registros parroquiales" (1979). De esta idea salieron muchas ediciones llevadas a cabo en el CIESAS, y entre ellas las tlaxcaltecas pronto destacaron, por su propia riqueza. Con otro gran maestro, Paul Kirchhoff, Luis emprendió el estudio del México prehispánico utilizando textos y pictografías indígenas. Destacan entre sus obras tempranas la edición de la Historia tolteca-chichimeca (con Paul Kirchhoff y Lina Odena Güemes, 1976) y los estudios del señorío prehispánico de Cuauhtinchan (1977 y 1978) y de los nahuas de la ciudad de México en el siglo XVI (1979). Las ediciones de fuentes tlaxcaltecas en el CIESAS siguieron ese impulso. Varios investigadores se beneficiaron desde entonces del continuo apoyo de Luis, excelente traductor e incansable trabajador, que no siempre insistió en ver su nombre en las portadas: las Actas de cabildo del siglo XVI , de 1984; los Padrones de Tlaxcala y Padrón de nobles de Ocotelulco , de 1987; La escritura pictográfica en Tlaxcala , de 1993, la Historia cronológica de Zapata y Mendoza , de 1995, la Historia de Tlaxcala de Diego Muñoz Camargo, de 1998, estas últimas en coedición con la Universidad Autónoma de Tlaxcala, donde Luis fue maestro. Luis Reyes había elegido hace dos décadas ya radicar en ese estado, y se ocupó de encontrar, traducir y editar obras esenciales de la historia antigua e indígena de Tlaxcala, promoviendo a la vez la formación de jóvenes traductores e historiadores. Entre las obras tlaxcaltecas de Reyes yo destacaría La escritura pictográfica , que es una recopilación muy completa de los documentos pictográficos originados en el estado. Incluye los estudios más relevantes de otros autores, dibujos detallados y bien realizados de cada uno de los códices y, sobre todo, un catálogo realizado por Luis Reyes. En este catálogo no sólo reunió toda la información sobre los 64 documentos pictográficos que identificó, sino que, con su habitual generosidad, transcribió todas las inscripciones, ofreció su traducción y explicó el quién es quién de todos esos personajes y lugares, que el conocía como nadie. Unos índices finales proveen una guía en ese universo de personajes revelado por Luis Reyes. Junto a estos trabajos que podrían llamarse filológicos, de puesta en valor de fuentes históricas, Luis fue desplegando, en prólogos y estudios introductorios, muchas veces ni siquiera firmados por él, joyas de interpretación y conocimientos, que derrochaba sin medir gastos, con un desprendimiento inusual en los círculos académicos. No sólo conocía en profundidad las fuentes que editaba, sino todas las disponibles; con aparente facilidad conectaba multitud de datos de una a otra, lo mismo para completar la biografía de un noble de Ocotelulco para nosotros desconocido que para construir, sin timidez, con naturalidad, nuevo conocimiento sobre graves y difíciles materias. Tengo para mí que conocía todo y comprendía mucho más que cualquier otro investigador. Esto era cierto en materias muy crípticas: la organización señorial indígena, la historia prehispánica y los códices. En materia de organización señorial, destaca su escrito "El término Calpulli en documentos del siglo XVI" (1979). Fue la piedra de toque de varias generaciones de estudiosos de la historia indígena mexicana, y circulaba de mano en mano, en fotocopia, pues no había sido publicado. (Cuando al fin se publicó, ¡en 1996!, no traía su firma). Nos permitía separarnos de fuentes tradicionales como las obras de Alonso de Zorita o Fernando de Alva Ixtlilxóchitl y de los historiadores modernos que se basaron en ellas, e introducirnos directamente a textos originales en náhuatl, que se conocían por primera vez. La sociedad indígena aparecía con una nueva complejidad: era un producto histórico, diferente de lugar a lugar; no era homogénea, sino de tendencia multiétnica; no existía el calpulli democrático e igualitario, los señores podían ser los dueños de esa tierra y eran los que ocupaban los puestos de autoridad; la tierra misma no era ajena a las diferencias de posición económica. Luis adelantaba una idea notable: después de la conquista, en el siglo XVI los campesinos, apoyados en los cambios promovidos por las autoridades españolas, recuperaron sus tierras de manos de la nobleza: "la nobleza indígena es derrotada por los campesinos". En sus ediciones de la Historia de Tlaxcala de Muñoz Camargo y la Historia cronológica de Zapata y Mendoza Luis pudo dar vuelo a sus conocimientos de la historia prehispánica, hecha de migraciones de pueblos que aparecen con nombres cambiantes, confusos, en fechas que difieren de calendario a calendario. Nos acercamos así a una de las empresas más audaces que acometió Luis: la interpretación de los códices adivinatorios, los sistemas religiosos y mágicos de base calendárica. Luis participó alrededor del año 1992 en la edición de varios de ellos, en particular el Borbónico y el Borgia, para el Fondo de Cultura Económica. Las ediciones facsímiles se acompañan de tomos dedicados a la interpretación de cada lámina. Donde los historiadores antes de ellos se han limitado a hacer descripciones prudentísimas que nos dicen poco, Luis Reyes, Maarten Jansen y Ferdinand Anders nos ofrecen lecturas fluidas. La propuesta es vulnerable a la crítica académica, pues el florecimiento interpretativo es tal que desborda todo intento de demostrar historiográficamente cada elemento. Pero su soporte académico es amplio: se basa en las propias glosas, comentarios e interpretaciones que los códices contienen o que los acompañan, como ciertos textos en náhuatl de Sahagún; en una profunda comparación formal entre ellos y, finalmente, en la certeza de que los códices pertenecen a una tradición milenaria que está viva, por lo que el arte, las creencias y costumbres de los indios de hoy nos dan claves para la lectura de los códices de ayer. Los códices adivinatorios son "sistemas mánticos", portadores de magia y transfiguraciones. A la vez son guías prácticas de una sociedad que, como todas, quiere saber su ventura y protegerse, y los ciclos agrícolas son en ellos predominantes. Cada objeto representado tiene varios significados, pero esta complejidad no conduce a la vaguedad, pues con apoyo en múltiples fuentes vamos descubriendo qué quiere decir cada uno; buena fortuna si está de pie, mala si se encuentra volcado o bajo un asiento. En la casa de Luis Reyes en Tlaxcala puede apreciarse la fotografía de su abuelita, una indígena hermosa con su traje étnico, quien primero le explicó el significado de muchos términos nahuas. El conocimiento de Luis Reyes, aunque vastamente erudito, emanaba de su pertenencia al mundo indígena: era natural, de primera mano. Donde otros nos perdíamos en teorizaciones aventuradas, él se movía con seguridad y revelaba significados simples, rasgos culturales certeramente identificados. Su conocimiento era inagotable. La comunidad de etnohistoriadores pierde en Luis Reyes a un gran especialista lleno de bondad y de sencillez. Muchos de nosotros nos beneficiamos de su sabiduría y de su voluntad de trabajo. En cuántos prólogos de libros no se lee un agradecimiento especial al maestro. En muchos casos, hizo más que echar una mano, pero Luis creía en la justeza de dar a conocer el mundo indígena de ayer y de hoy, y apoyaba todo esfuerzo tendiente a ese fin. Fue un humanista en la línea de fray Bernardino de Sahagún o Lorenzo Boturini, o mejor, un intelectual indígena como don Juan Buenaventura Zapata y Mendoza o don Nicolás Faustino Mazicahtzin y Calmecahua. Descanse en paz, querido tlamatini. *Investigadora del CIESAS





