El álbum de Amada Díaz
Abrí esta mañana la cortina de mi recámara y a través de la vidriera vi la plaza de Carlos IV; contemplé el paseo de Bucareli con sus glorietas que se pierden a los lejos, y el Paseo de la Reforma arbolado y fresco: nada parece haber cambiado... de aquel lado, la avenida Juárez con sus viejas y hermosas residencias. El tránsito de peatones, carretelas, coches de alquiler, recuas de mulas cargando maderos que arrastrados por la calle dejan huella que se pierde en la calzada. La vida transcurre monótona y tranquila en esta capital, como hace un año, hace diez, hace cien... y sin embargo ¡cuánto ha cambiado la vida! Siento como si un hado maligno se hubiese apoderado de nosotros, de mí y de mi familia, llevándonos por caminos inescrutables y necesariamente fatales. Mientras miraba aquel paisaje citadino me preguntaba: ¿Qué será de mi padre? ¿Cómo estará viviendo en su ostracismo? ¿Y Porfirio, mi hermano, que marchó con su familia en esa retirada para Europa? Los extraño a todos; echo de menos a los hijos de Porfirio, en especial a Piro, Porfirio Tercero, acaso por ser tan cariñoso conmigo, pero no pasa un día sin que surja su recuerdo. Amo a los niños de Luz mi hermana, pero siento mucho la lejanía de los niños de María Luisa y Porfirio; ellos consolaban mi soledad; daban alegría a mi mundo con sus risas y juegos; con ellos los días eran menos áridos y hasta un poco alegres. Me siento oprimida, inútil. A veces creo que la sociedad convierte a la mujer en ama de llaves, con obligación de atender los asuntos domésticos y las necesidades del marido y de los hijos, pero sin permitirle una vida propia. Yo, que no tengo hijos, que he perdido a dos terceras partes de mi familia, que no cuento con el esposo y que una parte de la sociedad me ha hecho el vacío, vivo en medio de una inactividad que me enerva, me desgasta, me aniquila. Para aliviar esa extenuante condición me he propuesto escribir en este Álbum los pasajes diversos de mi vida. No quiero llamarle "Diario", porque no creo tener constancia para escribir todos los días. La verdad es que mi estado anímico es tan bajo que a veces ni levantarme quisiera de la cama. Le llamaré Álbum y en él haré mis notas, dejando en sus páginas los "recuerdos" susceptibles de conservar aquí; será como captura un poco de esta mala época para recordarla cuando las cosas hayan mejorado. El origen de mis problemas está en el embrollo en que se encuentra mi existencia: fui separada abruptamente de una parte de mi familia, perdiendo prácticamente a mi padre, a Porfirio y a María Luisa, a mis amados sobrinos, a Carmen Romero, que eran mi refugio que eran un lenitivo para la desdicha de tener un marido de costumbres... digamos, extrañas. También me duele el alejamiento de mis amigas, algunas porque tienen miedo a no sé qué, y otras porque sus familias ?asustadas por el vendaval revolucionario?, han abandonado la ciudad. Sin familia y sin amigos me siento como una muñeca rota, inútil, desdichada. Nunca antes como ahora había sentido la ausencia de Ignacio, mi marido. Mi único consuelo es acercarme a la familia de Luz, donde en forma positiva hacen esfuerzos por superar la tragedia de los sucesos políticos e intentan vivir de manera normal. Lo cual me inhibe, pues comprendo que mi estado de ánimo les da preocupación y es injusto llevar decaimiento a donde luchan con optimismo. Tendré que hablar con Nacho; esto no puede continuar así. En pocos días se cumplirán 24 años de nuestro matrimonio ?si es que a nuestra relación se le puede aplicar tal nombre?. Algunas veces hasta me avergüenzo de decir que soy la señora de Ignacio de la Torre y Mier, pues me parece que todo mundo se compadece de mi pena. Nadie me habla del vicio de Nacho, pero todos lo saben y me compadecen. ¡Que terrible castigo envió Dios a mi vida; muchas deben haber sido mis culpas! La sodomía de Nacho causa asco y burla en la gente, dejando en mí necesidades físicas insatisfechas (lo que ninguna mujer decente debiera mencionar), que sólo la práctica intensa de la religión me permite soportar. Voy a cumplir 44 años y me siento vieja, gorda, hinchada de tobillos y párpados, inútil. Algunas veces me propuse buscar un amante que llenara mis soledades, pero nunca tuve fuerzas para hacerlo. Aparte de que temí darle a mi padre un dolor, ante todo soy cristiana y comprendo que Dios, que tanto me dio, que de tantos dones colmó mi vida, ahora tiene a prueba la entereza y el vigor de mi espíritu que debe sobreponerse a un matrimonio frustrado. ¡No puedo fallarle! Basta pues de quejas, voy a misa a Catedral: la comunión me dará fortaleza. Ya pedí a don Paco que ordene preparar el coche. Este Paco Alanís, mayordomo de la casa, tiene con nosotros más de veinte años; ya hasta de la familia me parece. La fiel Chole irá conmigo. Después, a ver si tengo ánimos para dar una vuelta por Plateros: se anima mucho los días de Año Nuevo. Enero 2, 1912 Fragmento
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Llorar es un gran alivio para la mujer: ¡Bendito Dios que nos regaló el don de las lágrimas para licuar penas y alegrías! Llegué a la casa cuando la servidumbre ?que no me esperaba? hacía los preparativos para su propia celebración (que espero no haber echado a perder). Ordené un pequeño refrigerio y me refugié en mi habitación; ahí lloré sin contención y sintiéndome el ser más infeliz del mundo. hoy, aunque hinchada de los ojos, gracias a Dios amanecí mejorada del ánimo, como si las lágrimas hubiesen diluido esos pensamientos lúgubres con que me flagelo.





