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Reeditan novela `inmoral` de Leñero

Alejandro Toledo| El Universal
Jueves 12 de septiembre de 2002

La primera novela del escritor, dramaturgo, periodista y guionista Vicente Leñero (Guadalajara, Jalisco, 1933) La voz adolorida , escrita hacia fines de los 50, fue rechazada por el editor de Jus, Salvador Abascal (padre del actual secretario del Trabajo, Carlos Abascal), quien la consideró "una novela inmoral, pues es terriblemente deprimente".

Abascal ofreció, en cambio, que la publicaría si Leñero pagaba los costos y aparecía sin pie de imprenta, a lo que el escritor exclamó: "Don Salvador, eso es una inmoralidad."

Estos días el Fondo de Cultura Económica lanza una nueva edición de la obra con el título con el que se reeditó en 1967, cuando fue reescrita: A fuerza de palabras.

Mientras se ganaba la vida como guionista de radionovelas, Leñero dio voz a la locura, en el monólogo delirante de Enrique Urquiza, el protagonista, en un texto que a Abascal le pareció que no se podía dejar de leer, pero también sin dejar de sentir fatiga y depresión.

Con la irrevocable distancia que permiten los años Leñero asume sus reservas respecto de la novela, a la cual considera en un sentido no literal autobiográfica, y admite que trabajó en esta reedición un poco a regañadientes.

El autor mira inevitablemente en estas páginas su infancia, en la que él es un niño encerrado, con partes de su vida que no le gusta enfrentar. Y que de algún modo representan un retrato sicológico de sí mismo.

El escritor Vicente Leñero dialoga en entrevista con nuestro compañero Alejandro Toledo.

Reencuentro con su primera novela Empezar a escribir ficción, dice Vicente Leñero, es como abrir una vieja llave de agua. Explica: Sale un chorro lleno de mugre y lodo: lo desahogas para que se aclare, y puedes entonces escribir ya sin ese peso de lo autobiográfico. Sí, se necesita una primera novela donde cuente uno muchas cosas de la intimidad, las reconozca o no.

Para Leñero, ese primer ejercicio novelístico tuvo varios títulos; en principio, dos: El tren de las palabras y La torre de Babel . Se publicó en 1961 como La voz adolorida , y fue reeditado y reescrito en 1967 como A fuerza de palabras . Esta última versión de la novela es la que puso a circular el Fondo de Cultura Económica por estos días.

Leñero toma sus distancias con el libro.

Tal vez por encontrar tantas cosas personales, de mi infancia, sobre todo, ya no había querido entenderme mucho de esa novela. La reedité ahora un poco a regañadientes. Debo confesar que no me gusta. Siempre me dejó un amargo sabor de boca. Tiene algo de tramposo, de artificioso, es un poco efectista. Pienso que me limpio de eso en Los albañiles , que es más directa.

El escepticismo cubre sus dos primeras obras.

Había escrito un libro de cuentos para mí muy malo, La polvareda , del que Arreola se burlaba. Recuerdo que leyó uno de esos relatos en voz alta en su taller y preguntó a los asistentes: "¿A quién les suena este cuento?" Y todos coincidieron: "A Rulfo"... Me puso una sanjuaneada diciéndome que cómo podía escribir del campo y de cosas que no conocía. Yo me defendía contando que había hecho mis prácticas profesionales de ingeniería en zonas rurales y que algo sabía del asunto.

Hay que fijar las coordenadas de una vida: a finales de los 50 Leñero había olvidado ya la carrera de ingeniería y se ganaba la vida como guionista de radionovelas para la fábrica de jabones Palmolive y la "W". De las voces radiofónicas surgió acaso esa voz de la locura, el monólogo delirante de Enrique Urquizo, el protagonista.

Andaba muy enredado con los cuentos, me costaba escribirlos. Mi mujer, Estela, estudiaba sicología. Ella tenía en casa un libro que se llamaba El lenguaje de los esquizofrénicos , me parece. Lo leí y me impresionó. Consistía en transcripciones literales de grabaciones de esquizofrénicos de hospitales. Bajo esa lectura, escribí la novela.

¿Cómo se fue construyendo la historia?

Es de esas primeras novelas de algún modo autobiográficas, no en el sentido literal del término, sino en cuanto a ciertas sensaciones. Tal vez la novela me choca tanto porque en el fondo yo soy ese niño que se siente encerrado en una casa, que puede ser la casa de mi infancia en San Pedro de los Pinos. Vivíamos en ella seis hermanos. Mi padre nos contagió el vicio de la lectura y nos pasábamos las vacaciones leyendo. Debo confesar que A fuerza de palabras tiene un sentido sicológicamente biográfico que no me agrada.

¿Qué otras presencias encuentra en el libro?

Pienso en la madre del protagonista, esa mujer que está siempre encerrada. Mi madre era una persona muy aislada, muy tímida, ajena. Era huérfana. Es un poco el personaje de La vida que se va . A los seis años de edad se queda huérfana de madre y su padre se vuelve a casar; y finalmente ella se va de la casa a vivir con una tía en una casona de Tacubaya. Y viven de vender lo que tienen: un día una mesa, al otro un candil, y se van quedando pobres.

¿Habría modo de precisar sus gustos literarios de entonces, sus influencias?

No sé. Estaba descubriendo la literatura. ¿Qué leía yo entonces? Pienso que a Dostoievksi. Me impresionó mucho entonces El diario de Raskolnikov , que es un primer borrador de Crimen y castigo . Por ahí debe ir la cosa. Bueno, ¡ojalá pudiera yo presumir la influencia de Dostoievski!

Una novela inmoral

El original mecanográfico cumplió una ruta peculiar.

Primero llevé la novela a la editorial Jus, pues Salvador Abascal me había publicado ahí La polvareda : era mi editor. Con él tenía muy buena relación, nos llevábamos muy bien. Yo iba mucho a platicar con él, era un tipo maravilloso, ultraconservador pero maravilloso.

El dictamen de Salvador Abascal se concentró en una tarjeta manuscrita llena de "peros": "Notable como estudio sicológico, pero terriblemente deprimente. Son muchos temas pero narrados en un mismo tono, ¡y el de un loco! No se puede dejar de leer pero sin dejar de sentir fatiga y depresión".

Y le dijo: No se la puedo publicar, es una novela inmoral.

No obstante, unos días después Salvador Abascal llamó por teléfono.

No se la puedo publicar pero si usted la paga, la publicamos acá sin pie de imprenta.

Escandalizado, Leñero se negó: Don Salvador, eso es una inmoralidad. No puedo aceptar un arreglo así.

Esa fue la primera estación. La segunda sucedió de este modo: Óscar Walker, gran amigo de Leñero, leyó el manuscrito y le dijo: Está a toda madre tu novela. Yo conozco a Sergio Galindo, te lo voy a presentar para que él te publique.

Galindo dirigía entonces en Jalapa la serie Ficción, de la Universidad Veracruzana, de gran prestigio. En el Fiat de Leñero tomaron carretera hasta llegar a la casa de Galindo. En el camino fueron haciendo una lista de títulos posibles: El tren de las palabras , La torre de Babel .

Cuenta Leñero: Galindo nos invitó a comer en su casa, y le dejé la novela. Esto pasó un jueves. El lunes me llamó por teléfono. "¿Por qué no vienes otra vez a Jalapa para que hablemos de tu novela?" Y regresé, ya solo.

En resumen, estos fueron los comentarios de Galindo: que le había gustado la novela, que el título le parecía espantoso, que él escogería de la lista el que le pareciera más adecuado.

Dice Leñero: Ahora los muchachos quieren que uno sea muy efusivo y los apapache . Recuerdo que en ese tiempo los editores no te decían nada. Sólo un seco: "Lo voy a publicar". Y ya.

En diciembre de 1961 llegaron los primeros ejemplares de La voz adolorida . Una de las pocas reseñas que se publicaron sobre el libro apareció en la revista La palabra y el hombre de abril/junio de 1962, bajo la firma de Ramón Xirau, que llegaba a estas conclusiones: "En un espíritu, un `yo` carente de la capacidad `normal` de comunicación, Leñero encuentra oscura, patética, terrible a veces, la capacidad real de una comunicación que, más allá de las objetividades rígidas, más allá del decirnos y vernos cotidiano, es, cristianamente, una constante confidencia, es decir, una prolongada confianza".

Ahí no acaba el cuento de La voz adolorida .

Una vez la releí y la sentí muy mal escrita. Entonces me puse a corregirla. En 1967 apareció una edición argentina del Centro Editor de América Latina ya con el título definitivo: A fuerza de palabras , y en ésta se basaron para la edición mexicana de 1976. Tengo un estudio de una académica estadounidense donde me pone una felpa : dice que la versión corregida le quita la espontaneidad, la frescura del original. Insisto: la novela no me gusta, no la he vuelto a leer. Sé también que si la rechazo es por algunas cosas de mi infancia que están ahí metidas y que tal vez no me gusta enfrentar.



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