Cronistas, fe de memoria colectiva
Ser cronista de la ciudad de México equivale a tener un título nobiliario, con la diferencia de que el primero realiza un trabajo en beneficio de la comunidad y el segundo sólo ostenta su calidad de conde, duque o marqués. Quien así describe esta actividad es el arqueólogo Antonio Urdapilleta, presidente de la Asociación de Cronistas de la Ciudad de México que, desde 1990, aglutina a 30 especialistas de diferentes rumbos de la ciudad. Sobre la historia de este viejo oficio Efraín Castro Moreno refiere que el de cronista de la ciudad de México es un título creado por el rey Carlos I de España (V de Alemania), para otorgarlo a un historiador con la finalidad de salvaguardar la memoria histórica de una villa, ciudad o poblado. Continuadores de la tarea que en el pasado realizaron personajes como los escritores Salvador Novo y Artemio de Valle Arizpe, los cronistas se desempeñan además en actividades como la abogacía, industria, historia y comercio, para poder dar cuenta de los hechos relevantes y los aparentemente irrelevantes de sus delegaciones, colonias, barrios, calles e incluso de sus edificios. A la pregunta de cuál es la paga que reciben por su labor los cronistas casi invariablemente responden que lo hacen "por amor al arte". La existencia de los cronistas en la legislación citadina se dio de manera oficial a partir del decreto que apareció en el Diario Oficial de la Federación el 18 de febrero 1987, para constituir el Consejo de la Crónica de la Ciudad de México como parte del todavía Departamento del Distrito Federal. El 11 de junio del 1998, ya con la primera administración no priista, apareció en la Gaceta Oficial del DF el decreto en el que el Consejo de la Crónica pasó a ser considerado parte de la estructura oficial. Por tercera vez la legislación tocó el tema cuando, en la Gaceta Oficial del DF del 4 de julio del año 2000 se publicó que el Consejo de la Crónica recibiría el apoyo de la Secretaría de Desarrollo Social según las posibilidades presupuestarias. Los cronistas, argumenta Antonio Urdapilleta, en la actualidad continúan a merced de la buena voluntad de los delegados y, en el caso de la delegación Miguel Hidalgo, ni siquiera existe la voluntad de tener uno. El doctor Jorge de León, cronista de la delegación Iztapalapa, asegura que algunos de los delegados apoyan a los cronistas dándoles la dirección de una casa de la cultura, por ejemplo, pero que en general no reciben apoyo para el desempeño ni la publicación de sus textos. Las preocupaciones que tienen sobre su quehacer son muy distintas. Para Pilar Reyes, historiadora por la UNAM y cronista de Mixcoac, quienes se dedican a dar cuenta de la vida de sus colonias y barrios deben ser profesionales y prepararse de manera continua. Las luchas de estos defensores de la identidad nacional también son diferentes. En el reciente encuentro de cronistas "Las calles de la ciudad de México y su crónica" Horacio Sentíes llamó a los ciudadanos a cambiar el nombre de la colonia y de las calles que se llaman Gabriel Hernández debido a que dicho personaje, explicó, no ennoblece a esta ciudad. Se trata, refirió, de un asesino a quien Victoriano Huerta le rindió grandes honores; prendió fuego a la Hacienda de Ojo de Agua en el estado de Puebla, donde mató a mujeres y a niños. Para Jesús Cortés, de Santa Fe, Distrito Federal, el cronista, como el historiador, tienen una importante tarea, "conocer nuestro pasado para evitar que repitamos nuestros errores". En folletos que él mismo edita Cortés da a conocer que el pueblo de Santa Fe fue fundado por Vasco de Quiroga como un pueblo hospital, en el que se respetaba la libertad de los indios, además de que se les enseñaba castellano, latín, música, albañilería y carpintería. Una definición personal de lo que es un texto que hace referencia a sucedidos de la ciudad lo brinda Luis Everart, cronista de Coyoacán, quien escribió su primer texto en el diario Claridades en el año de 1948: "La crónica es una actitud diaria que puede hacerse llegar a muchísimo público o puede darse a nivel íntimo, como una señora que manda a su cocinera al mercado y a su regreso ésta le cuenta que si se encontró a la señora fulana , que está malita, que Chava , el señor del puesto de frutas, le manda saludos, que si ya viene la época de los mangos". Y es precisamente Everart, uno de los cronistas con un récord difícil de igualar, pues hasta el momento ha publicado más de mil artículos periodísticos y 25 libros, amén de cientos de conferencias, entre las que se cuentan 200 charlas en el seminario de cultura en la Casa de Cultura de Coyoacán. Orgulloso Everart llevaría el calificativo de cronista ecologista pues, en los años que tiene de pedalear la bicicleta por los rumbos coyoacanenses, asegura haber evitado que se quemen 12 camiones tanque de gasolina. Entre los objetivos de este relator está alentar la revisión del archivo de Salvador Novo que, dijo, todavía guarda una riqueza informativa que brindaría nuevos conocimientos sobre nuestra urbe. Y también aboga por la revaloración de la obra de otros ilustres coyoacanenses como José Juan Tablada y José Gorostiza. El desapego de las nuevas generaciones por los valores de su historia, asegura el cronista de Azcapotzalco, Antonio Urdapilleta, provoca en los especialistas como él "que retomen las clases de civismo, pero no nada más para conocer nuestros valores de identidad, sino también para que aprendamos a comportarnos de manera civilizada y no andemos echándole el carro a los transeúntes o no le cedamos el asiento a una anciana en el Metro". Si hay alguien que cumple la función pedagógica del cronista es Francisco Cázarez, de Iztacalco, quien brinda varias conferencias sobre historia de ese rumbo en escuelas secundarias, preparatorias, universidades y en estaciones como Radio UNAM, Radio Educación y Radio Chapultepec. Este abogado, que trata de dedicar el mayor tiempo al ejercicio de su oficio de cronista, asegura que si bien a los muchachos de hoy les gusta música como el punchis punchis , ha sido testigo de la curiosidad que les despierta la historia del lugar donde nacieron o donde viven. "Los he visto llorar cuando escuchan los viejos valses que se escuchaban en Iztacalco desde el siglo pasado", asegura este hombre que fue alumno del padre Ángel María Garibay K. y empezó a escribir relatos de su colonia desde los años 50. Los cronistas tienen un futuro promisorio, dice Ángeles González Gamio, la presidenta del Consejo de la Crónica de la Ciudad de México. Mientras, dos de ellos tienen una edad tan avanzada que permanecen, uno en un asilo, y otro en su casa.





