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Augusto Ramírez, "Una llama al viento"

José Agustín| El Universal
Lunes 08 de abril de 2002

El miércoles 10 en el Museo del Chopo se inaugurará la exposiciónhomenaje Una llama al viento con la obra de Augusto Ramírez, quien murió el 13 de septiembre de 2000, a los 62 años de edad, devastado por un cáncer sumamente agresivo. Fue un pintor extraordinario que toda su vida nadó contra la corriente, las imposiciones de las modas y de cierta forma, contra el espíritu de los tiempos. Por esta razón su obra es casi desconocida y Jutta Rütz se encargó del rescate con la brillante curación de esta muestra que incluye más de 80 cuadros, más o menos dos tercios de la obra total. Quizá ésta sea la última vez que puedan verse "en vivo" tantos cuadros de Augusto, pero estamos preparando un libro que presente, con la máxima calidad de impresión, la totalidad de su obra.

En esta ocasión varias pinturas muy valiosas no podrán apreciarse porque se hallan en el extranjero o porque los dueños no quisieron prestarlas, temerosos, comprensiblemente, de que se dañasen. En especial es una lástima que no figuren dos paisajes: uno del Tepozteco en medio de nubes muy bajas y un barandal rojo en primer término; y otro, muy lowriano, que muestra al Popocatépetl iluminado por una nítida luna llena, con nieve hasta la base y una oscura barranca en el primer plano. Tampoco estarán varios retratos impresionantes, como el de Hugo Argüelles, el Julie Furlong o el del capitán Francisco Tarazona.

Augusto apreciaba a los grandes pintores del siglo XX, en especial a Braque, Picasso, Modigliani, Matisse, Klee y Kandinsky, pero se cuidó de imitarlos, como también pintó su raya ante Diego, Orozco, Siqueiros y O`Gorman, a quienes también admiraba, así es que pronto creó su propio estilo, que combinaba recursos técnicos de Da Vinci, Vermeer, Velázquez y Caravaggio con el uso de materiales fotográficos (por eso decía que él hacía "fotografías a mano") y "citas" de grandes obras pictóricas que usaba libre, incluso arbitrariamente, mediante un intenso uso de veladuras con acrílicos. Era una pintura muy inteligente y perfeccionista en la que todo tenía un sentido y que se alimentaba de las imágenes de los medios más contemporáneos y de elementos clásicos.

Su alucinante don para el dibujo le facilitaba hacer retratos y llegó a dominarlos a niveles velazquianos. Aunque el retrato estaba en franco desprestigio, a él no le importó, trabajó con rigor y logró evadir la mera reproducción de lo aparente y sugerir lo invisible, el fondo de las cosas, a través de metáforas sugeridas por los elementos que acompañaban a la figura, por la composición, la simultaneidad de distintos planos y el manejo de la luz. Con el tiempo creó retratos extraordinarios, como el monocromo de mi padre, en el que juega con el tiempo; los de Manuel Enríquez, Arturo Rivera, Margarita Bermúdez, Angélica María, o las familias de Manuel Aceves, de Alberto Ulloa, de Carlos González y muchos más.

También era un pensador denso y profundo que del marxismo pasó a una concepción del mundo que conciliaba la crítica del poder y las luchas revolucionarias, pero también la búsqueda de uno mismo y, por tanto, la exploración del alma. Esto lo llevó a una serie de cuadros de temática social o política, totalmente ajenos al realismo socialista o a la escuela mexicana, como La muerte del Che Guevara , en la que presenta el paralelismo entre Cristo y el Che ; El norte de la ciudad de México el 2 de octubre de 1968 , que es la matanza de Tlatelolco vista desde el cielo; El sol rojo de nuestros corazones o Morelos y Zapata en el zócalo de Cuautla .

Las búsquedas del alma a su vez compensaron y complementaron su formación materialista, lo cual se reflejó en sus alucinantes paisajes, como el nocturno, del Popocatépetl visto desde una barranca del río de Cuautla o como el de los volcanes desde el Mirador la Loma, que homenajea a Velasco, pero especialmente en los pequeños cuadros que hizo como story boards para mi película Se está haciendo tarde (final en laguna) , que nunca llegó a filmarse. Estas pinturas, como decía Jorge Fons, tienen la luz de los sueños.

En su obra también está presente el rock, como cuando John Lennon, con su guitarra Fender y una camiseta que dice MEXICO CITY, hace cola para subir en un trolebús chilango, donde lo espera Yoko Ono. También hizo una estupenda pintura de los Beatles, que huyen de las multitudes como en A hard day?s night . Después pintó a una de sus musas, Rosalinda, junto a una batería, guitarras y amplificadores rocanroleros. Para mis libros dibujó a Keith Richards, en cuyos anteojos se refleja Angélica María; también hizo una paráfrasis de Joe Cocker y pintó a Pete Townshend pegando uno de sus célebres saltos en Woodstock. En su mural La última cena en la biblioteca del rey Nezahualcóyotl aparece otra vez John Lennon, en cuya camiseta ahora se encuentra Beethoven.

En realidad, Augusto sintetizó su concepción del mundo en este mural movible, auténtica mina de retratos, que es otra paráfrasis de La última cena, de Leonardo; ahí coexisten sin problema Jesucristo, la Virgen de Guadalupe, Marx, Nietzsche, Jung, Freud, Diego Rivera, Orozco, Da Vinci, Vasconcelos, Nezahualcóyotl, Sor Juana, Lennon, Beethoven, Revueltas, Castoriadis, Isak Dinesen y Chaplin. También hay homenajes a Arturo Rivera, Picasso, Kandinsky, Dante y Doré. En el primer plano, entre muchos niños y jóvenes que leen, se pasea una perra y una bebé de pañales. Arriba, en el fondo, en blanco y negro, él mismo se autorretrató apretujado entre una multitud de gente pobre que hace cola y presencia la célebre imagen del vietnamita asesinado a quemarropa. Todo esto es lo que va a pintar Veermer, quien se halla en primerísimo término con una tela en blanco y tomando una foto del grupo, pues sin duda va a realizar una "fotografía hecha a mano".

Al final Augusto llegó a la perfección artística, quizá porque pudo trabajar sin ninguna presión estilística ni económica, ya que siempre quiso vivir con lo indispensable. Sin embargo, su pintura no fue apreciada por las corrientes vanguardistas ni por las tradicionales. Se le descalificó por fotográfico e ilustrativo, pero ésta era una visión reductivista en la que los prejuicios no dejaban ver. Como no seguía ninguna de las tendencias en boga, no se le comprendía fácilmente y se tendía a subestimarlo porque, en el fondo, no a todos les gusta que les presenten un desafío artístico más profundo: enfrentar la realidad.

La verdad es que se adelantó al arte pop, al hiperrealismo o fotorrealismo, y su pintura sólo puede hermanarse con la de Andrew Wyeth o, en México, con la de su gran amigo Arturo Rivera. Vean esta exposición-homenaje y quizás estarán de acuerdo conmigo en que, tarde o temprano, se reconocerá que la obra de Augusto Ramírez forma parte del gran arte de todos los tiempos.



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