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Reeditan el nuevo cuento brasileño

Luz María Rivera| El Universal
Domingo 27 de enero de 2002
Valquiria Wey coordinó la antología que incluye relatos publicados desde los años 50 hasta nuestros días, con el fin de difundir esta literatura poco conocida en México

El lector mexicano podrá ahora acercarse al universo, cercano y distinto de Brasil.

A través de la Nueva antología del cuento brasileño contemporáneo , coordinado por Valquiria Wey y editado por la UNAM, cuya esmerada traducción del portugués ofrece una lectura disfrutable de la literatura de ese país de la Amazonia.

En la preparación de la antología, selección de autores y obras, intervinieron diversos traductores, como Antelma Cisneros, María Auxilio Salado, Virginia F. Wey, Romeo Tello G., María del Consuelo Rodríguez y la propia Valquiria Wey.

Este volumen editado por primera vez en el país en 1996 y puesto a circular nuevamente a fines del año pasado en segunda edición con el apoyo de la Secretaría de Intercambio y Proyectos Especiales del Ministerio de Cultura de Brasil busca difundir esta literatura poco conocida.

La compiladora Valquiria Wey en la breve nota introductoria, afirma que el propósito de este libro reeditado en Textos de Difusión Cultural en su Serie Antologías de la Universidad Nacional Autónoma de México, es "la divulgación de una literatura poco conocida en México. Ni el público lector, ni las editoriales, ni las instituciones culturales son los únicos responsables de su escasa difusión en nuestro país; la distancia con la literatura brasileña comienza con el idioma".

La antología abarca una muestra de cuentos y autores publicados desde los años 50 hasta nuestros días y que "ostentan una tradición narrativa consolidada". Así, el lector que se acerque a este libro, podrá reencontrar a autores brasileños más conocidos en México como Rubem Fonseca y Joao Guimaraes Rosa y disfrutarlos de nuevo, o descubrir a otros autores como Murilio Rubiao o Dalton Trevisan, igualmente atrayentes y cuyos cuentos ofrecen visiones distintas y son contados con maestría y buen manejo del lenguaje.

Indudablemente la traducción al castellano contribuye a que la antología se lea de principio a fin sin que el libro se nos caiga de las manos. Disfrutables son la mayoría de los textos y habrá algunos que quizá no gusten, porque en afinidad de temas y abordajes de los mismos, es innegable que siempre existirá el diferendo. Pero el lector seguramente no quedará decepcionado: el universo de Brasil no se limita al sertao al que autores más traducidos en México nos tenían acostumbrados y cercados en ese microcosmos. Sin embargo aquí también se presentan a algunos autores considerados "costumbristas" sin que sus cuentos tengan demérito alguno sino al contrario: plenos de humor y ágilmente contados y para muestra el llamado "Alandelón de la patrie", de Joao Ubaldo Ribeiro.

También se incluyen cuentos "urbanos" como muchos les llaman y ahí entraría el cuento "Perfeccionamiento del arte de chutar corcholatas" de Joao Antonio y "Penélope" de Dalton Trevisan, y algunos más en la tradición del viejo cuento, conmovedor y nostálgico, como "La loca" de Carlos Drummond de Andrade o "La tercera orilla del río" de Joao Guimaraes Rosa. Esta antología cumple la función de la difusión literaria: antoja al lector a continuar degustando los cuentos y a saber más de los autores y de Brasil, país que no sólo es samba y carnaval. Por cuestiones de espacio, ofrecemos una pequeña muestra de esta buena tradición cuentística.

Teleco, el conejito Murilo Rubiao (Fragmento) Tres cosas me son difíciles de entender, y una cuarta la ignoro completamente: el camino del águila en el aire, el camino de la serpiente sobre la piedra, el camino de la nave en medio del mar, y el camino del hombre en su juventud.

Proverbios 30, 18 y 19 Joven, ¿me regala un cigarro?

La voz era apagada, casi un susurro. Permanecí en la misma posición en que me encontraba, frente al mar, absorto en ridículos recuerdos.

El inoportuno pordiosero insistía: Joven, ¡eh, joven! Joven, ¿me regala un cigarro?

Todavía con los ojos fijos en la playa, murmuré: Vete, chamaco, si no, llamo a la policía.

Está bien, joven. No se enoje. Y por favor, quítese de enfrente, que a mí también me gusta ver el mar.

Me exasperó la insolencia de quien me trataba así y me volví, dispuesto a echarlo de un puntapié. Quedé desarmado inmediatamente. Delante de mí estaba un conejito gris, interpelándome delicadamente: No me lo regala porque no tiene, ¿no es así, joven?

Su manera cortés de decir las cosas me conmovió. Le di el cigarro y me hice a un lado, con el fin de que viera mejor el océano. No hizo ningún gesto de agradecimiento, pero ya entonces conversábamos como viejos amigos. O, para ser más exacto, solamente el conejito hablaba. Me contaba acontecimientos extraordinarios, aventuras tan grandiosas que supuse que tenía más edad de la que realmente aparentaba.

Al final de la tarde, pregunté dónde vivía. Dijo que no tenía vivienda segura. La calle era su sitio habitual. Fue en ese momento que reparé en sus ojos. Ojos mansos y tristes. Me apiadé de ellos y lo invité a vivir conmigo. La casa es grande y vivo solo ?agregué.

La explicación no lo convenció. Me exigió que revelara mis reales intenciones: Por casualidad, ¿a usted le gusta la carne de conejo?

No esperó la respuesta: Si le gusta, búsquese otro, porque ser versátil es mi fuerte.

Diciendo esto, se transformó en una jirafa.

En la noche ?prosiguió? seré serpiente o paloma. ¿No le molestará la compañía de alguien tan inestable?

Le respondí que no, y nos fuimos a vivir juntos.



Se llamaba Teleco

Luego de una convivencia mayor, descubrí que la manía de metamorfosearse en otros animales era en él un simple deseo de agradar al prójimo. Le gustaba ser gentil con niños y viejos, divirtiéndolos con hábiles malabarismos o prestándoles ayuda. El mismo caballo que por la mañana galopaba con los niños, por la tarde, con lento caminar, conducía ancianos o inválidos a sus casas.

No simpatizaba con algunos vecinos, entre ellos el agiotista y sus hermanas, ante quienes acostumbraba aparecer bajo la piel de un león o de un tigre. Los asustaba más por divertirse que por maldad. Las víctimas no entendían y se quejaban a la policía, que perdía el tiempo oyendo las denuncias. Jamás encontraron en nuestra casa, revisada de arriba abajo, otro animal además del conejito. Los investigadores se irritaban con los quejosos y amenazaban con encarcelarlos.

Sólo una vez tuve miedo de que las travesuras de mi inquieto compañero nos trajeran serias complicaciones. Estaba recibiendo una de las acostumbradas visitas del delegado, cuando Teleco, movido por imprudente malicia, se transformó repentinamente en jabalí. La mudanza y el retorno al estado primitivo fueron bastante rápidas como para que el hombre tuviera tiempo de gritar. Apenas había abierto la boca, horrorizado y nuevamente tenía delante de sí un pacífico conejo: ¿Vio usted lo que yo vi?

Respondí forzando una cara inocente de quien nada había visto de anormal.

El hombre me miró, desconfiado, se alisó la barba y, sin despedirse, llegó hasta la puerta de la calle.

A mí también me hacía jugarretas. Si encontraba vacía la casa, ya sabía que él andaba escondido en algún rincón, disfrazado de algún pequeño animal. Lo mismo en mi cuerpo bajo la forma de pulga, huyendo de mis dedos, corriendo por mi espalda. Cuando empezaba a impacientarme y le pedía que parara su juego, no era raro que me llevara tremendo susto. Debajo de mis piernas crecía un chivo que, a la carrera, me transportaba hasta el patio. Yo me enfurecía, le prometía una buena paliza. Fingiendo arrepentimiento. Teleco me dirigía palabras afectuosas y después hacíamos las paces.

Por lo demás, era el amigo dócil, que nos encantaba con inesperados actos de magia. Amaba los colores y muchas veces aparecía transformado en ave que los poseía todos y de especie enteramente desconocida o de una raza ya extinta.

¡No existe un pájaro así! Lo sé. Pero no tendría caso disfrazarme solamente de animales conocidos.

La primera dificultad grave que tuve con Teleco ocurrió un año después de que nos conocimos. Yo regresaba de casa de mi cuñada Emi, con quien había discutido ásperamente sobre asuntos de familia. Venía malhumorado y la escena que descubrí, al abrir la puerta, agravó mi irritación. Tomados de las manos, sentados en el sofá de la sala de visitas, se encontraban una joven mujer y un canguro mohíno. Las ropas de él no convenían a su talla, sus ojos se escondían detrás de unos anteojos de metal ordinarios.

¿Qué es lo que busca usted con ese horrendo animal? ?pregunté molesto por ver mi casa invalidada por extraños.

Soy Teleco ?se anticipó, soltando una risita.

Miré con desprecio aquel animal mezquino, de pelos ralos, que demostraba subordinación y torpeza. Nada en él me hacía recordar al travieso conejito.

Me negué a aceptar como verdadera la afirmación, pues Teleco no padecía de la vista y si quisiera presentarse vestido habría tenido el buen gusto de escoger otras ropas y no aquéllas.

Ante mi incredulidad, se transformó en una ranita. Saltó por encima de los muebles, vino a dar a mis rodillas. Lo lancé lejos, lleno de asco.

Retomando la forma de canguro, me interrogó, con aire extremadamente grave: ¿Basta con esta prueba?

Es suficiente. ¿Y? ¿Qué quieres?

De hoy en adelante seré sólo un hombre.

¿Un hombre? ?interrogué atónito. (Traducción de Romeo Tello G.)



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