DE PERFIL

El escritor José Agustín . (Foto: ARCHIVO/El Universal )
Cuando mi madre, Hilda Gómez Maganda, se embarazó por quinta ocasión, su cuñado José Agustín le dijo enfáticamente: "Hilda, vas a tener un varón". "¿Y tú cómo sabes? Se supone que el adivino es mi hermano Alejandro", respondió ella. "Pues no sólo lo sé, sino que estoy seguro", contestó él, "y te lo digo porque tú sabes que no he tenido hijos y te quiero pedir que a este varoncito que va a nacer le pongas mi nombre". Mi madre se puso muy contenta; por supuesto que sí, le dijo, encantada de la vida, y mi padre, Augusto Ramírez Altamirano, piloto aviador, estuvo eternamente de acuerdo, así es que, cuando nací yo, me pusieron José Agustín. No recuerdo en qué momento me contaron por qué me llamaba así, pero debió haber sido muy al principio porque siempre lo supe y me llenaba de orgullo. No era difícil advertir que mi tío era algo excepcional. En Acapulco, cada vez que decía mi nombre, comentaban: "Ah, pues te llamas igual que el compositor: qué bonitas canciones hacía: La sanmarqueña , Por los caminos del sur , Acapulqueña ...", y me veían con afecto. Después me di cuenta de que todos los querían; encontré muchísima gente que lo conoció y nunca supe que hubiera tenido enemigos. Además, en mi familia entera había si no un culto sí un verdadero amor hacia mi tío. El y el hermano de mi mamá, Alejandro Gómez Maganda, eran los grandes protagonistas de la familia. Mi madre tenía altibajas en sus relaciones con los hermanos de mi padre, pero a Pepe lo quería sin reservas. Yo lo recuerdo desde que estaba muy niñito, porque siempre me trató con una gran bondad y un cariño especial. Con frecuencia iba a nuestra casa, entonces un departamento en la calle Acapulco, colonia Condesa, a unas cuadras de Chapultepec. Recuerdo muchas sesiones en las que se juntaban los grandes, tomaban la copa y se ponían a cantar. El lo hacía como nadie, movía los dedos con tanta velocidad sobre las cuerdas de la guitarra que éstas se difuminaban, y cantaba con un sentimiento profundísimo, con una voz que tendía a los tonos agudos. Yo me quedaba extático al oírlo y lo veía rodeado de una intensa luz dorada, porque en ese momento él rebasaba su estatura humana y textualmente se iluminaba, se incendiaba. A todos nos dejaba una sensación de auténtica felicidad. La canción que más me gustaba oírle era "Kermés", un tango increíble que compuso a fines de los años 20, durante la época de los Trovadores Tamaulipecos, pero con la que no se le veían los dedos era con "El toro rabón". También lo veíamos en Acapulco, en el Colegio México, que había fundado mi tía Conchita. Ahí él tocaba el piano, compuso el himno de la escuela y daba clases de música, pues, como sus hermanos Alfonso y Conchita, Agustín también era maestro. Para entonces, mediados de los años 50, ya era un gran personaje en Guerrero. Pocos años antes, mi tío Alejandro, cuando fue gobernador del estado, le hizo un gran homenaje, le puso su nombre a una calle del centro de Acapulco, erigió su busto en el malecón y todo esto fue el preludio de muchos otros reconocimientos. Si no lo veíamos en el colegio, estaba en casa de mi abuela Apolonia, a la que visitábamos casi todos los días al regresar de la playa. Ahí vivía también, tolerado, mi abuelo José Ramírez, quien desertó del sacerdocio para casarse con Apolonia Altamirano, tener cinco hijos y hacer negocios; sin embargo, después dejó a su familia para volver a la vida sacerdotal, pero colgó los hábitos por segunda vez y tuvo otra familia. Al final se quedó solo y mi abuela le permitió que viviera en su casa, en Madero 8, una cuadra arriba de la iglesia. Mis tíos Pepe, Alfonso y Conchita, y mi papá, querían mucho a su padre pero veneraban a su madre, y dadas las circunstancias, las relaciones exigían hacerse con tacto y amor por delante. Por su parte, mi tío Pepe tenía fama de ser un bebedor legendario, pero en todo caso bebía hasta la sobriedad, pues jamás lo vimos desbarrar o dar vergüenzas como muchos alcohólicos. Al contrario, se ponía de muy buena vena y cantaba y se acordaba del Acapulco a principios de siglo, barrios que subían hacia el anfiteatro, muelles de madera y las hermosísimas playas, que podían ser mansas y benignas o cuyo vigor imponía respeto y cuidados. Mi tío amó todo el estado de Guerrero, pero Acapulco era "el diamante azul" con su bahía soberbia, la isla, las caletas, la Quebrada, el veladero y las lagunas con sus ríos. Con todo y sus inevitables zopilotes que sobrevolaban. Para mi tío Alejandro era "la capital del paisaje del mundo". Ahí nació, en julio de 1893, pero al poco tiempo la familia, entonces felizmente unida, se trasladó a Tecpan de Galeana. Entre risas se acordaba de que mi abuela Apolonia lo amamantó hasta los cinco años de edad, y que él estaba jugando canicas de lo más metido cuando les decía a sus amigos: "Espérenme, voy por mi chichita". Desde muy temprano se inclinó por la música; fue monaguillo en la iglesia y aprendió a tocar el órgano. A los nueve años, ya tocaba guitarra y violín. Después vino el piano. También, alentado por su padre, leía literatura. A los 13, por las vueltas del destino que aceitaba la ruidosa revolución, entonces en su fase de "la bola", mi tío se vio encargado de la oficina de telégrafos de Atoyac y con frecuencia tenía que viajar, a caballo, de Tierra Caliente a la costa y se extasiaba en medio de la naturaleza inconcebiblemente bella e insondable. Todo esto lo hizo madurar muy temprano, y a los 16 años Acapulco ya le quedaba muy chico, así es que obtuvo una beca para estudiar en la Escuela Normal de la ciudad de México. Pero primero había que llegar a Chilpancingo, porque aún era más fácil ir de Acapulco a Filipinas que al interior del país. Mi abuelo José le compró una burrita y en ella se echó el largo y difícil viaje por la sierra hacia la capital del estado y ya ahí, con otros jóvenes becarios, emprendió entonces el camino hacia la ciudad de México, a la que llegó en 1919. Le tocó estudiar en la Normal en la época en que José Vasconcelos fue rector de la Universidad y primer secretario de Educación Pública, con sus ideas humanistas de desarrollar una nueva educación y el cultivo de las artes. Esto, como era de esperarse, incentivó la pasión por el magisterio, porque quería crear un hombre nuevo. Le puso ganas a los estudios y logró que le aumentaran la beca, pero a la vez la música seguía siendo una fuerza poderosísima. Tocaba como pianista en funciones de cine mudo y formó una orquesta que tocaba en fiestas y centros nocturnos. Dice mi tío Alfonso que con estos trabajos, mi tío Pepe disponía de buenas cantidades de dinero, lo que le permitía vestirse con muy buena y elegante ropa. Lo que no dice es que por esas fechas fue cuando le empezó a dar briosamente al trago, o "a la bohemia", como se decía en aquella época. Por su parte, mi papá me contó que el buen dinero que ganaba el tío le permitió costear el traslado de su madre y sus hermanos por mula, durante muchos días, para llegar, en tren a partir de Taxco, a la capital.





