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Genaro Codina: otro músico en el olvido

Fernando Díez de Urdanivia| El Universal
Miércoles 15 de agosto de 2001

Hace unos días, en esta columna aproveché el aniversario de Perjura para hablar de su autor, Miguel Lerdo de Tejada. Con motivo del próximo centenario de su muerte, hoy evoco al zacatecano Genaro Codina, perteneciente a la estirpe de los músicos mexicanos víctimas del terco olvido. La semana antepasada di en Xalapa una charla de música y cultura. No logré convencer a muchos de los asistentes de que Cuando escuches este vals es tan xapaleño como su autor Ángel J. Garrido y no salió de la inspiración de Juventino Rosas, según ellos creían. Percance nada insólito. Con buena parte de la música de nuestro pasado, ocurre que no sabemos de dónde salió y mucho menos quién la compuso. Frecuentemente conocemos la letra y podemos chiflar la melodía, pero ignoramos autor y procedencia. Por eso me da mucho gusto poner mi granito en el recuerdo de Codina, cuya La marcha Zacatecas no sólo es himno local, sino que forma parte del repertorio silbado de todo mexicano que se respeta. Genaro Codina pasó de la pirotecnia de las bengalas y los cohetes a la de los sostenidos y los bemoles. Es decir, dejó de ser cohetero para ser compositor. Dotado, generosamente, como tantos ignorados talentos musicales, se dice de él que nunca logró dominar la pauta y se valió de amanuenses para pasar al papel la cosecha de su ingenio. Si hasta muy recientes años la ciudad de Zacatecas ha sido tierra de reuniones fraternales y peñas artísticas, hay que imaginar lo que era en las postrimerías del siglo XIX, cuando en torno a la mesa del café se creaba la historia y se gestaba el futuro.

Codina sufre hasta hoy la condena de tantos congéneres suyos. Se le considera por una sola obra, como a Rosas por Sobre las olas , a Macedonio Alcalá por Dios nunca muere , a Carrasco por el Adiós . Valses, danzas y otras marchas de este autor permanecen olvidadas, y son pocos los que tienen presente que su rescate del anonimato se debió a una pieza dedicada al presidente Porfirio Díaz, quien le agradeció nombrándolo jefe de Hacienda. Esa filiación de Codina no impidió a Pancho Villa usar la marcha Zacatecas como una especie de santo y seña de sus Dorados. La creación de Zacatecas está rodeada por una atmósfera provinciana de incomparable encanto. En parte la historia, en parte la leyenda, nos dicen que Codina frecuentaba, con su colega y concuñado Fernando Villalpando, una tertulia de insaciables inquietudes y bellos retos. Director de la banda municipal, Villalpando tenía en su haber la autoría de marchas como la dedicada a González Ortega, que había corrido mundo y se había tocado nada menos que en los funerales del presidente estadounidense Ulysses Grant y en los del poeta Victor Hugo. Los compositores fueron conminados por sus contertulios a competir con sendas marchas. Corrido el término, Villalpando presentó La Marcha Aréchiga , que fue considerada excelente. Pero cuando Codina hizo escuchar Zacatecas, nadie puso en duda el triunfo. La capital zacatecana, vigilada desde la altura de La Bufa por las esculturas ecuestres de los tres actores de la saga revolucionaria de 1913, tiene en una plaza del centro una estatua mucho más pequeña, que puede admirarse mientras se saborea un excelente aguamiel al pie de los burros que lo transportan. Se trata de un señor que toca el arpa. El señor se llama Genaro Codina. En la cuna del compositor se ha querido conservar su memoria al lado del instrumento inseparable de su vida y su obra. En el arpa surgieron las mejores piezas; el arpa fue compañera fiel de prisión política; en el arpa se oyó por vez primera La Marcha Zacatecas . Codina no fue poco prolífico. De su inventiva salieron valses como Idilio y Culto a lo bello ; chotises como Presentimiento y Ayes del alma ; marchas como México y Patria mía; danzas como Acacia y Propaganda musical ; mazurkas como Felicitación y Una confidencia a cuyos títulos, algunos muy pintorescos, puede agregarse el del Himno a la ciencia .

A Genaro Codina le pasó lo que a tantos seres valiosos que se ahogan en su modestia. Cuando se fue del mundo, el 22 de noviembre de 1901, apenas se enteraron unos cuantos y la prensa nacional sólo se ocupó de las cosas importantes. Su marcha triunfadora le valió que el gobernador Jesús Aréchiga le diera el mayor estipendio de su vida: mil pesos. Y le garantizó su paso a la historia. luzam@infosel.net.mxres



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