Se refugian ancianos de Tepito
Tepito, el barrio bravo, no perdona ni a la tercera edad. En ese enclave urbano y popular, no hay la mínima cortesía para los ancianos en calles, plazas, vecindades. Una tendencia cobra forma: los viejos en Tepito se quedan solos y más pobres que siempre. Y pocos tienen la oportunidad de trasponer las puertas de una estancia de día, allí mismo, en el barrio en el que crecieron, que envejece como ellos. Sobrevivir en ese ambiente hostil, ganar calidad de vida y reir al último, lo consiguen decenas de personas de la tercera edad, con una estrategia de movilización permanente. Othón Castillo Espinosa, de 77 años y productor retirado de calzado, señala a las paredes del patio. En cartulinas se avisa de faltantes en la pelea diaria por la vida. Hay que traer Ambroxil, Buscapina, Pepto bismol, pero también pañales, cereales, leche en polvo, jugos, botellas de agua. -¡Oiga, oiga, y faltan Naproxen y Captopril!-, previene entusiasta una de las mujeres que dan vida a la sede de la organización Comunidad Participativa Tepito (Comparte). Es el día de la convivencia en Comparte. Hombres (pocos) y mujeres llegan uno a uno, de traje: "traje este guiso, traje este platillo", y van a compartir el pan, la sal, las ganas de bailar, de aprender. -Me gusta estar aquí con mis compañeros de los ochentas, conversar con todos, ver por lo que se necesita-, dice Othón Castillo, quien lamenta la extinción de la vida colectiva en las vecindades tepiteñas. Cuando florecieron los talleres de calzado, las familias trabajaban integradas, y los ancianos merecían una posición de respeto colectivo. La competencia del calzado chino acabó con los talleres de fabricantes, y la convivencia se perdió. El barrio se volvió peligroso, comenta Othón Castillo, mientras otros de sus compañeros preparan mesas para departir comiendo. Han llegado los abastos de pollo rostizado de una negociación cercana, y las bolsas de pan blanco, de una panadería que pone como condición de que alguien pase a recoger donativo calientito. Como un ejército de sobrevivencia, Comparte tiene una comisión de emergencia, que atiende a los ancianos de salud quebrantada en extremo. Al año puede haber tres decesos de ancianos abandonados. Es la odisea de los ancianos en Tepito; unos solos en viviendas en las que son prisiones de segundos o terceros pisos; otros, en contacto con Comparte, y muchos también vinculados a su familia. Cifras proporcionadas por la delegación Cuauhtémoc señalan que habría en Tepito 3 mil personas de la tercera edad, de las cuales, al menos la mitad no pueden salir de su vivienda por su propio pie. Padecen alguna discapacidad o enfermedad crónica. Para la tercera edad en el barrio, por regla, no hay pensiones, jubilaciones, y se carece de servicios médicos y albergues adecuados. El Consejo Nacional de Población (Conapo) reporta que en el país los ancianos enfrentan en su mayoría "una situación precaria y la insuficiente atención de sus necesidades". Envejecer es empobrecer. "A mí me gustaría que vinieran todos los ancianos que, como yo, me encuentro en la calle, ¡pero si me los traigo, no cabríamos!", asegura Othón Castillo. De manera ordenada, las señoras asistentes han ido ocupando sillas cerca de un altar a la Virgen de Guadalupe y el Santo Niño de Atocha. Atrás de sus risas, de la actitud que noquea al barrio hostil, está un programa de los impulsores de Comparte, que tuvo sus inicios en la década de los sesentas. Los terremotos de 1985 dejaron sin casa y familia a cientos de adultos mayores. Y cuando se iba a decidir la construcción de un asilo, surgió la propuesta de una estancia de día y viviendas en el barrio. En este 2007, habitan viviendas de Comparte, 22 adultos mayores. Desde hace cinco años, geriatras, gerontólogos y sicólogos respaldan el trabajo de Comparte, que se extiende a familiares de ancianos. Los adultos mayores, con todo, para vivir, necesitan su barrio, aunque esté atrapado en una jungla de intereses y violencia.





