Juana Barraza gana amigas en la prisión
En su celda, Juana Barraza permanece acostada varias horas, pues la diabetes que la aqueja la debilita; sin embargo, las pocas ocasiones en que se siente bien, gusta realizar manualidades de rafia que aprende en la cárcel. No tiene otras actividades. En unos días más, la también conocida como La Mataviejitas abandonará la zona de tránsito restringido del Centro Femenil de Santa Martha Acatitla y será trasladada con el resto de la población. Se espera que en septiembre u octubre pueda dictársele su primer sentencia, de un total de 10 homicidios que hay en su contra. A decir de las autoridades penitenciarias, Juana ya es querida por sus vecinas de dormitorio. Ella ha mostrado interés en las preocupaciones y penurias de otras presas con las que se le permite convivir en la zona de tránsito restringido en la que se encuentra. Alguna vez hasta protestó por el robo del que fue víctima una de sus conocidas. Molesta, la mujer que pertenecía al bando de las rudas como La Dama del Silencio en la lucha libre, dijo que eso era una injusticia. La escritora Sara Aldrete, identificada como una de las narcosatánicas, es quien la alfabetiza. Juana, quien nació en un poblado de Hidalgo, estuvo durante siete días bajo estudios a cargo del equipo de colaboradores de Feggy Ostrosky, directora del Laboratorio de Neuropsicología y Psicofisiología de la Facultad de Psicología de la UNAM, en los que mostró poca variación sensorial respecto a imágenes agradables, desagradables y neutrales que le mostraron. También suele mentir, pues aunque la medición de sus ondas cerebrales reflejaban poca sensibilidad ante la serie de imágenes que le mostraron, ella mencionaba lo contrario. "Le enseñamos la imagen de un bote de basura que a la mayoría de las personas no les representa ningún sentimiento; sin embargo, ella nos decía que sentía algo agradable y al observar a una mujer a la que iban a asesinar, sus ondas cerebrales casi eran muy similares a las anteriores", revela la especialista. Incluso, durante las sesiones mostró una leve sonrisa, la misma que túvo después de su captura, cuando mostró a policías judiciales la manera en que asesinaba a sus víctimas. Además, el control en su actuar también resultó con alteraciones, lo cual podría explicar los homicidios que presuntamente cometió contra personas que ni siquiera conocía. En la vida de Juana Barraza, su padrastro fue la imagen buena que tuvo, del cual ella aprendió a ser una madre, no cariñosa, pero sí responsable. El hombre marcó para bien la vida de la interna, pues la defendió cuando su madre la intercambió por tres botellas de cerveza; cuando el padrastro conoció que esa situación ocasionó que la entonces niña de 12 años fuera violada y saliera embarazada, golpeó y recriminó a la madre de Juana su forma de actuar, situación que Barraza guarda como un buen recuerdo. Feggy Ostrosky describe como patética la vida de quien sería una de las pocas asesinas seriales, pues del total de estos delincuentes, sólo 20% son mujeres. Por ejemplo, Juana Barraza sobrevivió siendo afanadora o vendiendo gelatinas antes de entrar al mundo de la lucha libre.





