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La ley del talión contra violadores

Icela Lagunas| El Universal
Miércoles 23 de julio de 2003
Los judiciales responsables de la aprehensión son los que proporcionan la información a los presos. Cuando un ultrajador llega a la cárcel ya lo conocen, ya lo esperan...

Ojo por ojo y diente por diente predica la ley del talión, una de las normas no escritas en los reclusorios del Distrito Federal, según la cual, todo violador que cae en la cárcel es violado y golpeado de manera violenta por un grupo de presos, en pago por el sufrimiento de las víctimas.

Sin asegurar su vigencia, algunas autoridades de los penales admiten esta práctica en el interior de los centros de readaptación. Se asume, como una de las leyes no escritas de las cárceles, mediante la cual, los violadores pagan con la misma moneda.

Mitad mito, mitad verdad, un grupo de reos acusados de violación reconocen haber sido sometidos con lujo de fuerza y en repetidas ocasiones a humillaciones y abusos inimaginables, por parte de grupos de internos que aplican su propia ley, la del más fuerte, la del más poderoso.



De violador a pastor

Al pisar la cárcel, "El Topo" no tenía idea de que en reclusión pagaría una a una y con creces, las más de 60 violaciones que cometió en libertad.

Un chile insertado en el ano le recordó una a una las víctimas que doblegó a la fuerza. El olor a excremento le pegó en el rostro, lo mareó y luego lo asqueó. No pudo escapar de aquel cuartucho en el que fue encerrado por los reos que descargaban su odio. El primer mes en prisión lo pasó en vela, a la expectativa y con la zozobra de nuevamente ser golpeado en el rostro, en los genitales y en el estómago, para luego ser bañado en orines. Día a día, la escena se repitió; lo querían ver muerto.

A punto de morir en las manos de dos militares presos que intentaron ahorcarlo con una soga, en medio de una multitud de reos que pedía a gritos la horca, Miguel Rodríguez, alias "El Topo" pidió perdón de rodillas y llorando a sus verdugos.

"Mátenme, pero déjenme contarles mi historia", les dijo y su suerte cambió.

La fama de sus 60 violaciones entre las que se incluyen mujeres, niños y familiares corrió como pólvora entre los internos del Reclusorio Sur, quienes con fotos pegadas en las paredes del penal, le organizaron una violenta bienvenida.

Día a día diversos grupos se lo disputaban para golpearlo y violarlo hasta convertirlo en un guiñapo humano, pero no sentía arrepentimiento.

Los días de encierro y aislamiento en un cuarto pequeño y lleno de excremento; los baños de orina y los abusos sexuales cometidos con diversos objetos por el ano le hicieron pisar fondo.

"Me dieron garrotizas, me abusaron con objetos e infinidad de cosas, me desnudaban y bañaban en orines, hasta que pedí misericordia cuando los soldados intentaron matarme, pues para ellos no merecía vivir."

Entonces, se cobijó en la religión.

La historia de "El Topo" se remonta a 1990, fecha en la que reiteradas denuncias de mujeres, víctimas de violación en el perímetro de la delegación Coyoacán propiciaron la búsqueda de un peligroso violador, que con cuchillo en mano y en ocasiones disfrazado de mujer, atacaba a sus víctimas.

Por años vivió en el anonimato y burlando la autoridad. Manoseaba a mujeres en el Metro, hacía hoyos en las paredes de los baños para expiar a mujeres desnudas y violaba a mujeres en Coyoacán y Balbuena.

"Son distorsiones de la mente, no se tiene identidad, era normal y formaba parte de mi vida", reconoce hoy a 13 años de encarcelamiento.

Agrega: "Era un grado de perversión muy elevado que mucha gente no comprende".

Por un momento, se remonta a su niñez, donde encuentra la explicación a su conducta. Se le quiebra la voz y cuenta que por años, cuando cumplía apenas los ocho, fue violado por su padrastro.

"Cuando se daña a un niño, lo abren de una manera brutal a la sexualidad."

Pero en la cárcel sufrió y pagó: "Ya me he readaptado", señala al mencionar que se convirtió al cristianismo, y hoy es el pastor del Reclusorio Preventivo Sur, donde purga una condena de 40 años.



?Tocar el violín?

Los judiciales que te detienen son los encargados de "poner el dedo", se encargan de informar que estás acusado de violación, cuenta Luis "N".

Desde el área de clasificación y observación empieza el calvario.

Como clave, los agentes judiciales mencionan: "Toca el violín", y de ahí en adelante estás marcado.

Acusado de violar a dos de sus hijas, Luis purga una condena de 33 años de prisión en el Reclusorio Sur.

¿Qué instrumentos toca?, le preguntaron agentes judiciales de la Gustavo A. Madero, luego de ser detenido.

¿Le gusta el violín?, insistían.

Encadenado, fue sometido a maltrato físico.

A su llegada, primero al Reclusorio Norte (Reno), un grupo de reos le ofreció protección para no ser maltratado, a cambio de dinero. Como no tenía dinero, también fue abusado.

"Me pusieron un palo por el trasero, y una hernia fue el resultado de las golpizas", detalla al referirse a sus primeros días dentro del Reno.

"Yo no fui un buen padre, me absorbían más de 18 horas de trabajo, prefería trabajar. No manifesté amor a mis hijas", confiesa.

No obstante, a pesar de ser la parte acusadora, la esposa y sus cuatro hijas lo han visitado y prometido el perdón. Un perdón que no llega y que hace más dura la condena.

En el anexo 3, del Reclusorio Sur, Luis "N" purga su condena.



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