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Un toque femenino, esperanza tras las rejas

Claudia Bolaños y Lilí Valdez| El Universal
Domingo 04 de noviembre de 2001



En el interior del Centro Femenil de Readaptación Social, ubicado en Tepepan, se entretejen 263 historias de mujeres de diversas edades y condición social, quienes por cometer algún delito perdieron su libertad y ahora purgan sus condenas

A sus escasos seis meses de vida, el pequeño Isaac disfruta de las caricias y mimos de varias mujeres vestidas de beige o azul que se pelean por cargarlo. No sabe, ni le preocupa, que ese hombre vestido de negro que le hace "monerías" sea uno de los guardias de su hogar: el Centro Femenil de Readaptación Social del Distrito Federal.

Sin la posibilidad de que alguien más la ayude a cuidarlo en el exterior, su mamá Laura Pérez debe conservarlo a su lado. "Aunque sé que no es el mejor lugar para que crezca, espero salir pronto con el programa de preliberación y ver al otro de mis hijos, quien tiene ya 16 años y hace tiempo que dejó de venir a verme. Por eso pedí al gobierno que revise mi expediente".

Aquí nació Isaac. Con él conviven otros ocho niños, todos menores de seis años, la edad límite para estar al lado de las madres que purgan una condena.

Son ellos la alegría de este lugar, pero también, en varios casos, quienes traen el recuerdo doloroso en las reclusas de estrechar a sus familiares, en especial, a sus hijos.



Cuatro dormitorios

Distribuidas en cuatro áreas de dormitorios las internas tratan de aguantar el forzoso encierro en que están y que esperan acabar por medio del programa de preliberación emprendido por el GDF.

En la zona denominada Centro de Readaptación Psicosocial Femenil se encuentran 17 mujeres consideradas como enfermas, pues sus daños psiquiátricos o sicológicos las obliga a estar encerradas. Por tal motivo se encuentran aisladas del resto de sus demás compañeras.

Algunas permanecen solas, calladas y autosegregadas en sus dormitorios. Otras ríen, hacen manualidades, platican con sus compañeras y lucen como personas "normales".

En casi todas ellas se percibe angustia inseguridad e incertidumbre.

Una de sus pocas alegrías la constituyen las visitas y pequeñas conversaciones que diariamente establece con ellas la directora de este penal, Monserrat Figueroa, a quien las internas buscan para saludar y, como si fueran unas niñas, llamar su atención.



?Nos tratan mejor?

Son varios los relatos que señalan terribles tratos en las prisiones, pero según algunas reclusas las cosas han cambiado, pues "con los derechos humanos es más fácil que nosotras les peguemos a los custodios que ellos a nosotras", opina la interna, Rosa Julia Leiva.

Además, con la llegada de Figueroa de Castro este Centro de Readaptación "se ha llenado de luz y de sonrisas", manifiestan.

En algunas ocasiones se recibieron llamadas en la redacción en las que las internas amenazaban con acabar sus vidas antes que seguir soportando los malos tratos.

Con el cambio de dirección, ahora gozan de beneficios como talleres donde pueden trabajar y recibir una paga. Refieren que hoy tienen una alimentación de mejor calidad, audiencias individuales, menores precios en productos de la tienda del lugar y más atención.



El toque femenino

Con su tono costeño Rosa Julia, quien es oriunda de Guerrero, manifiesta que un trato más cálido y humano ha despertado en ellas el interés en cambiar su estilo de vida.

"Yo no me arreglaba, siempre estaba bien fodonga y la verdad es que tenía mi autoestima por el suelo, pero "La Güera" (como le llaman a la directora) nos ha dado pláticas y nos dice que le echemos muchas ganas.

"Entre las cosas que nos pide está la buena conducta, trabajo, limpieza y buena presentación", puntualiza.

Por ello, "cuando una anda despintada y sin maquillaje no falta quién nos dé el pitazo y nos diga: mana ahí viene la directora, píntate, quítate las chanclas y péinate...", narra entre carcajadas.

Las celdas son ahora cubículos que albergan hasta a cuatro mujeres, donde cuelgan cortinas, osos de peluche, fotografías, carpetas, trasteros, floridas colchas, tapetes y muchos espejos.

A quienes son madres y tienen ahí a sus hijos, se les permiten tener sus cunas, muñecos, pósters infantiles y juguetes, donde el pequeño Isaac vuelve a sonreír y estira las manitas hacia la directora Monserrat Figueroa, a quien pronto se le pedirá que sea su madrina de bautizo.



Una prisión que guarda secretos

En el interior del Centro Femenil de Readaptación Social, ubicado en Tepepan, se entretejen 263 historias de mujeres de diversas edades y condición social, quienes perdieron su libertad y ahora purgan sus condenas.

Entre la convivencia diaria o el trabajo las internas buscan reconfortarse, olvidar su pasado y los recuerdos que las atormentan.

No todas están dispuestas a dar pormenores y detalles del por qué están ahí, sin embargo, la mayoría se extiende en la charla y se muestra decidida a contar sus más íntimas confesiones.

Con las reporteras se muestran abiertas, bromistas y dicharacheras. Sus rostros alegres y amigables denotan una realidad diferente a las circunstancias que las llevaron a perder su libertad.

Al fin mujeres, se arreglan, maquillan y hasta visten con coquetas minifaldas.

El visitante no da crédito de que está ante mujeres que participaron en asesinatos, robos, secuestros o tráfico de drogas.

Son pocas las que cumplen su sentencia sin hacer algo, pues la mayoría se ocupa en trabajos manuales o laborales. Unas cuantas terminan sus estudios básicos, de preparatoria.

En la biblioteca labora la primera de las internas que concluyó su carrera de Comercio y Administración.

Casi todas se entretienen, en sus ratos "libres", con la práctica de algún deporte o se ejercitan en el gimnasio. Aunque bueno, muchas de ellas prefieren ver la tele para escapar, aunque sea por un rato, a su situación. Incluso algunas cuentan con un aparato en sus celdas o en las áreas comunes de modo que siguen puntualmente sus telenovelas y los noticiarios.

Apoyo mutuo

En uno de estos dormitorios, dos compañeras hacen juntas su tarea. Se apoyan y ayudan con las matemáticas y el español. Una estudia primaria y la otra secundaria.

Estudio y trabajo significan para muchas un desahogo, mientras esperan que transcurran los días que faltan para alcanzar su libertad.

Margarita, Marisol y Martha Elena trabajan en la confección de veladoras multicolores, perfumadas y de diferentes formas, así como tejido de rafia y otras creaciones hechas con pasta española.

Se pasan las horas trabajando, al igual que María, quien durante ocho horas, permanece frente a una máquina de coser, mientras cuenta cuando ella y su hija, quien acaba de salir del Consejo Tutelar, mataron a su yerno.

Rosalía y Mariana trabajan en la biblioteca. Sentada en su silla de ruedas, la primera dice que está aquí "por tonta". Uno de sus empleados la acusó de fraude.

Se niega a ser fotografiada, pero explica que es porque no le gustaría que los amiguitos de su hijo le digan: "¿No que tu mamá estaba en Guadalajara?".



Graduada tras las rejas

En tanto, Mariana, de 27 años, formará parte de la historia de Tepepan al ser la primera mujer que desde aquí logró concluir una carrera universitaria.

Otras que han pasado por esta penitenciaría son: "La Princesa Lea"; María Teresa Pearl Flores, (a) "La Terry", quien era una sanguinaria asesina millonaria de 24 años, y Elvira Luz Cruz, cuyo caso fue llevado a las páginas de un libro y más tarde al celuloide.

También son huéspedes de este lugar "La Jitomata", líder de una temida banda de asaltantes de La Merced; Amanda Arciniego Cano, esposa del afamado "Piojo Negro", líder de la Liga 23 de Septiembre, así como Guadalupe Ceballos Mayorga, quien indujo a su tres hijas al suicidio.



Presas de las drogas

Karla, Ileana y Leticia tienen que sobrevivir a un doble encarcelamiento. La angustia de sus miradas y el jugueteo de sus manos denota la desesperación que enfrentan por el encierro, así como soportar el infierno de ya no poder consumir cocaína, crack y marihuana.

Después de que estas drogas casi las llevaron a la locura y a la muerte y las hicieron perder su libertad, estas mujeres buscan, por lo menos, evitar la tentación y luchan por una oportunidad de rehabilitación y recuperación.

Señalan que quieren librarse de ese infierno, que las orilló a delinquir y a tener que pagar su culpa en la penitenciaría.

"Aquí ya no es fácil encontrar droga, porque la directora hasta mandó traer perros para detectarla", señala Ileana, quien hasta hace tres semanas llegaba a fumar de 10 a 15 "piedras" en un día.

Con tristeza, añade que sin ninguna consideración y con tal de hacer negocio, los mismos familiares de las internas introducen la droga a este centro, sin importar el daño que causan.



Evitar las tentaciones

Ahora, Karla y sus dos compañeras se encuentran dentro de un programa de rehabilitación e incluso están aisladas del resto de las internas para evitar las "tentaciones".

Karla, quien tiene dos hijos y lleva dos meses de rehabilitación y 15 años de haberse inyectado cocaína, revela que fue bajo el influjo de esta droga como cometió diferentes delitos por los que ahora se encuentra presa.

Por su parte, Leticia, una mujer de edad, señala que tiene 27 años consumiendo droga, por lo que ahora está angustiada y sumida en la incertidumbre; no sabe si soportará la rehabilitación después de que le quiten el medicamento que le ayuda a no consumir más estupefacientes.

Por su adicción y encarcelamiento, orilló a sus dos hijos a que robaran para que ella pudiera comprar droga.

Ahora, uno de sus hijos se encuentra recluido en el Consejo Tutelar para Menores; el otro está en el Reclusorio Preventivo de Varones.

Sus modernos atavíos y sus rostros bien maquillados contribuyen a disimular el desgaste de sus organismos, ocasionado por tantos años de adicción.



Vender lo que sea

Ileana, quien llegó a pesar 41 kilogramos, confiesa que lleva 11 años de adicción y llegó a vender hasta su ropa con tal de conseguir un cigarro de mariguana.

Por el delito de homicidio tiene que purgar poco más de 27 años en esta penitenciaría, junto a decenas de compañeras que incurrieron en diferentes faltas.

Ya ha cumplido 12 años de su condena, por lo que su único hijo, quien actualmente tiene 13 años, tendrá que esperar todavía para estar a su lado.

"Eso es lo que más me duele, lo que más me mortifica, haberme separado de mi pequeño hijo en el momento en que más necesitaba de los cuidados de una madre".



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