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El “escape ficticio” de Lecumberri

Óscar Balderas| El Universal
Domingo 03 de febrero de 2013
El escape ficticio de Lecumberri

REO. Raymundo Moreno está preso desde el 21 de febrero de 1967, actualmente en la Penitenciaría del Distrito Federal. (Foto: JUAN BOITES )

Llegó en 1967 a la crujía D; cuando salga lo primero que hará es ir a agradecer a Dios

metropoli@eluniversal.com.mx

A Raymundo Moreno Reyes le llaman en la cárcel donde se encuentra El Burrero, y su apodo no puede ser más apropiado: está inspirado en los hombres y mujeres que transportan droga dentro de su cuerpo para cumplir una misión, sin temor a la cárcel ni a morir. Él es así: un reo sin miedo a nada.

Por esa ausencia de miedo, es que el pasado seis de enero en la Penitenciaría del DF, El Burrero llegó a 70 años e hizo historia como el único reo en las ocho cárceles capitalinas que sobrevivió al “Palacio Negro” de Lecumberri... y sigue preso.

Nadie en el mundo tiene el “logro” que lo llena de “orgullo no, emoción sí”, pues de esa cárcel que inauguró Porfirio Díaz en 1900 sólo había tres formas de salir: en fuga —como sólo lo lograron el revolucionario Pancho Villa y el narcotraficante Dwight Worker—, libre o muerto.

Pero Raymundo, oriundo de Tacubaya, inventó una cuarta forma sólo para él: que primero cayera Lecumberri, antes que él.

Está preso desde el 21 de febrero de 1967, fecha en la que pasó su primera noche en la crujía “D”, destinada sólo para homicidas; tenía 24 años, recién casado, y una boleta que describía como, junto con su hermano, fue acusado de asesinar en septiembre de 1966 al hijo de un diplomático suizo que caminaba por Lomas de Chapultepec.

“Íbamos caminando mi hermano y yo por una avenida y vimos que estaba despoblado. Nosotros éramos raterillos y vimos que iba pasando (la víctima), entonces mi hermano se le echó encima, le metió la llave china y a la hora que le metió la llave china se cayeron.

“A la hora de que se agarran, el puñal le entra por un lado y mi hermano, no sé si se exaltó, o qué pasó, le dio más (puñaladas)”, cuenta “El Burrero” desde la Penitenciaría del Distrito Federal.

Su hermano lo delató

Nunca hubiera conocido la oscuridad del Palacio de Lecumberri, pues nadie vio el homicidio, pero su hermano, en una noche de borrachera, contó el asalto en una cantina y fue escuchado por policías. Entonces lo aprehendieron y, cinco meses después, cayó Raymundo, entregado por su familia. Ambos fueron sentenciados a 37 años en la cárcel más temida de aquellos tiempos.

Lo recuerda, dice, como si fuera ayer. Pensar “ni modo. Bueno, si mi destino es quedarme aquí, me quedo”. Y conocer, desde la primera noche, porqué le decían “Negro” a ese panóptico de 804 celdas atiborradas hasta el punto de que los reos dormían de pie y amarrados a los barrotes con un cinturón.

Que las esposas que querían tener visita íntima con sus parejas, debían ser violadas por los guardias; que en la cárcel también asaltan y extorsionan, peor que en cualquier zona roja del país; que cualquier hueso de pollo era un arma y que una buena comida significaba no tragar carne podrida. Todo era posible adentro.

“Ahí no hay otra más que me maten o yo comience a matar. Se empezaron a meter conmigo y yo a meterme a con ellos y me comencé a defender y hacer cosas, barbaridades (…) Me metía con los más leones, los más picudos de acá. Dije yo ‘¿tantos años de sentencia? ¿Cuándo voy a salir?’ Que me maten de una vez.

Se ganó el respeto

“Cuando se me echaban encima y me querían matar entre dos, tres o cuatro, pues yo los picaba y veían que yo no me hacía para atrás. Así fueran cuatro, yo me les iba encima. Me comencé a ganar un respeto al grado de que nadie me decía nada (…) Así quedó el apodo de El Burrero, se fue aumentando”, dice.

Se hizo amigo de homicidas como Octavio Villa Rentería, Juan Orozco Sepúlveda, El Peterete, Jorge Guamas e inspiraba respeto al caminar con un cuchillo en la cintura, pero eso tenía su precio, y en la cárcel fue acusado por otros internos de robo y asociación delictuosa, por lo que los jueces le sumaron ocho años más a su sentencia.

Y para continuar con su fama de incorregible —a unos años de que su primera sentencia fuera rebajada siete años— asesinó a un interno y sumó 20 años más, que más tarde se ampliarían al sumarle delitos contra la salud por contrabandear droga en Lecumberri.

“Ya me daba igual, yo sólo quería que no me mataran. Ni esperanza de salir. Yo nomás quería seguir viviendo y lo que tuviera que hacer, lo hacía”, cuenta El Burrero.

En las celdas de castigo

Por su agresividad, conoció en varias ocasiones “la jaula”: celdas redondas, diminutas, con paredes sin ventanas y sólo una angosta reja por donde entraba la comida; ahí podía pasar hasta 30 días sin ver la luz como castigo; o la “Z.O.” o “Zona de Olvido”, un territorio peligroso, casi una sentencia de muerte, donde estaban los peores internos y sin supervisión de las autoridades.

Nada de eso lo quebró... hasta que una tarde de 1972 recibió la noticia más dolorosa de su vida, que involucraba a su hermano, su único apoyo incondicional en la cárcel.

“Lo agarraron bien drogado, bien cemento, bien tecato y lo llevaron a una celda. Le dieron la (llave) china y lo mataron a garrotazos. Lo bajaron con consentimiento de las autoridades penitenciarias y lo llevaron a su celda y lo colgaron (para hacerlo ver un suicidio)”.

“Estaba yo abajo, en la visita íntima, y cuando subí me metí a mi celda y me echaron dos pastillas a la boca. Yo sin saber nada me las tomé y me dicen ‘aguanta, se resistente’. (Pregunté) ¿Qué pasó? ‘Tu hermano está colgado’, me contestaron.

La adrenalina se me subió, fui (a su celda) y lo vi: ya lo colgaron. De los barrotes”, narra.

El dolor y la venganza hicieron que las autoridades lo trasladaran momentáneamente a la Penitenciaría de Distrito Federal y ahí también aprendió a sobrevivir: fue víctima de más de 10 atentados contra su vida y uno incluyó 35 puñaladas.

Volvió a Lecumberri y ocupó sus crujías hasta el cierre de la cárcel en 1976. Antes de que cayera él, cayó “El Palacio Negro” y regresó a cumplir los años de sentencia que le faltan en “La Peni”, donde pasa ahora el resto de sus días, la mayoría de ellos en soledad, pues desde hace 15 años no recibe ninguna visita, aunque tenga dos hijos procreados en Lecumberri y esposa.

Es ferviente cristiano

“Bendito sea Dios que aún adentro de la cárcel he sobrevivido tantos años y con los usos de mi mente normales, con el uso de razón normal ¿Sufro? Sí sufro ¿por qué? Porque los días de visita la gente tiene su visita, su familia, y yo nada más veo. Me entra un dolor, pero ese dolor me lo quito con una oración, yendo a una congregación”, dice El Burrero, conteniendo las lágrimas.

Ahora es un ferviente cristiano, lee todos los días La Biblia con el ojo derecho (el izquierdo lo perdió en Lecumberri durante una pelea), se avergüenza de sus 25 tatuajes despintados sobre su piel arrugada y reprueba a los nuevos reos que se drogan y son violentos.

Mientras habla, acerca sus manos a un dije que cuelga de su cuello: un burrito que le regaló un interno “que no tiene pies; esos sí son problemas”, asegura el hombre con 46 años de prisión en su historia.

“No me puedo quejar de la vida, es duro, es fuerte, pero hay que saber llevarla. No pienso en vivir, pienso en saber vivir”, asegura El Burrero quien, en caso de salir, lo primero que hará, dice, es ir al templo a agradecer a Dios.

Podrá hacerlo a partir de la improbable fecha que la autoridad penitenciaria marca como día de liberación del último sobreviviente de la cárcel de Lecumberri: hasta el 20 de octubre de 2033.



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