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Crónica. Policías localizan "cocina" del narco

Yara Silva| El Universal
Jueves 23 de enero de 2014
<b>Crnica.</b> Policas localizan

RESGUARDO. Policías federales, a bordo de vehículos blindados, aseguraron un presunto narcolaboratorio en la delegación Milpa Alta. (Foto: ROSALÍO HUÍZAR / EL UNIVERSAL )


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Nadie se acerca a ese monte lejano del pueblo de San Salvador Cuauhtenco. Ahí, en una construcción incompleta de la zona más alta de Milpa Alta, se cocinaban los químicos de la droga que llegaría al centro de la ciudad.

El martes por la tarde, se supo. Casi anochecía cuando por las calles de San Salvador Cuauhtenco desfilaron más de 15 patrullas.

Los pobladores, dicen “ya estábamos acostumbrados al deambular de las patrullas y los policías”. Los delincuentes dedicados a la tala de árboles, “pusieron el desorden en el pueblo”.

Pero el martes, el marchar de los agentes fue diferente. No eran granaderos con escudos, sino policías federales, quienes, a bordo de camionetas y vehículos blindados, se internaron en lo más recóndito del cerro.

“Camionetas, coches, jeeps y muchos policías con grandes armas”, dicen los vecinos, llegaron hasta la última calle pavimentadas del pueblo: Aldama. Ahí, comenzó el recorrido por un camino de piedras, polvo y barrancas que llegan hasta el lugar despoblado de Milpa Alta.

En una construcción pequeña y aún sin terminar, dos hombres vigilaban un narcolaboratorio. Así lo llaman los 11 policías federales que hoy custodian el edificio de tabiques de “no más de 20 (metros) por 20”. Son agentes que fueron asignados al resguardo de la vivienda después de que la policía ministerial aprehendiera a dos hombres.

Ellos, Víctor Hugo Estefes Piña y Enrique Pérez Torres, se encontraban dentro de la parte delantera de la vivienda. Es un cuarto amueblado que da entrada a una segunda habitación.

En ella, 17 tambos en hilera guardaban químicos para elaborar la droga. Se almacenaban 200 litros de un químico, cucharas, botellas, cuchillos y estufas.

La tarde de la detención, el olor de esos líquidos entambados, “picaba la garganta” de los agentes. Dicen que por los gases que quedaron en el lugar, “nadie se puede acercar a la casa”. Quien se atreva, moriría al no poder respirar.

“Seguramente, cocinaban anfetaminas”, dice uno de los policías que tras su intervención, prefiere alejarse.

Su compañero asegura que “es mejor callarse para evitar cualquier enfrentamiento con narcos del pueblo”.

Pero ahí, además de los agentes, no hay muchos que los escuchen. A más de un kilómetro de distancia, una casa es habitada por quienes parecen ser campesinos. Ellos trabajan en la pizca del maíz.

A 100 metros del narcolaboratorio, una vivienda permanece con las puertas cerradas y sin nadie que responda a la puerta.

Es, según un tercer agente, lo desértico del monte lo que permitía a los “cocineros” de droga, llegar al lugar a bordo de una camioneta y bajar los tambos sin que nadie los sorprendiera.

Los rumores llegaron hasta los teléfonos de la policía que investiga. Pudo ser que Estefes Piña y Pérez Torres hayan sido vistos en calles del pueblo portando el arma larga que se les decomisó: “Un pitazo, seguramente, alguien que vio a los narquitos presumiendo su arma”, dice un federal.

Ambos permanecen ya en el Penal de Puente Grande Jalisco.

Tras la detención de los dos hombres, en el pueblo casi nadie se atreve a hablar de narcolaboratorios. Pero en San Salvador no todos callan. Pobladores, dicen que Milpa Alta y sus pueblos, dejaron de ser seguros cuando el narco invadió sus calles.



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