Crónica. La Condesa pone reglas a indigentes

LABORIOSO. Cristian se dedica a vender pulseras y plumas decoradas con hilo que él mismo elabora durante el día. (Foto: DAVID YAUTENTZI / EL UNIVERSAL )
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Está sentado en una banca. A su lado hay una bolsa negra con muñecas de trapo, hilos y agujas. Viste pantalones color caqui, zapatos negros y sudadera azul marino. Su ropa, en general, no luce sucia ni desgastada. Mide aproximadamente 1.75 metros, es moreno y trae el cabello corto. A simple vista no parece un indigente, pero lo es. Mario López ha vivido cinco años en las calles de la colonia Condesa.
Son las 10 de la mañana en el Parque México. Hay personas corriendo y ejercitándose. Otros montan en bicicleta o pasean a sus perros. Parece que no hay indigentes en ese lugar, porque una persona en situación de calle no se identifica tan fácil en la Condesa.
“Para estar en esta colonia hay que seguir reglas. Los policías nos vienen a revisar que estemos limpios. Nosotros nos bañamos en un Sani Rent de aquí del parque. Revisan que no dejemos basura, que no estemos drogados o alcoholizados, que no tengas relaciones sexuales en la vía pública”, asegura Mario López, quien ha pasado 15 años en la calle —cinco de ellos en la Condesa—, desde que tuvo problemas familiares.
Mario explica que otra de las condiciones para vivir en la colonia Condesa es trabajar.
“Aquí si no trabajas no comes, tienes que generar. Aquí no hay gente que te ofrezca comida. De repente te dan un café o algo. El tratar de sobrevivir entre personas de clase alta, es difícil. No te entienden, sólo te comprenden por lástima. Vas a un restaurante y no te dejan acercar porque das mal aspecto”.
Mario López nos muestra su trabajo manual: Son muñecas de trapo de 15 centímetros de alto, cuerpo en forma de triángulo, sobresalen cuerdas a manera de brazos y piernas, cabeza redonda que posee hilos de estambre en forma de cabello. Cada una cuesta 25 pesos. Mario tiene espamos porque dice que sufre de nervios, pero también se nota el cansancio en sus ojos.
Entre los espasmos y los ojos ligeramente enrojecidos, Mario dice que, en dicha colonia, son más de 200 personas en situación de calle, que, en las mañanas, no se visualizan en la zona porque laboran de “viene viene” o limpian carros. Únicamente en las noches algunos se reúnen en la banqueta de una tienda de conveniencia ubicada cerca de la Avenida Insurgentes para pasar la noche. Al día siguiente tienen que levantar sus cosas y limpiar el lugar. Así todos los días.
Cerca de nosotros hay un joven sentado en otra banca de madera, vestido con playera negra y pantalones color caqui y tenis, dice que se llama Cristian, vende plumas decoradas con hilo.
Al igual que Mario, no parece una persona en situación de calle, pero Cristian lleva 15 años sin casa y tres meses en las calles de la Condesa. Vivió en el centro de la ciudad, “había muchos problemas ahí, los policías no dejan que te quedes, te corren. Aquí no hay muchas personas que tomen, se droguen, que te golpeen, como allá”.
Mario confirma que las personas indigentes en el centro de la ciudad son violentas.
“El ‘barrio’ del centro es pesado. Son chavos que no pasan de los 20 años y la mayoría ya estuvo en reclusorios, en tutelares, es muy diferente. Entonces allá le tienes que entrar al sistema de la misma banda. Te orillan a delinquir. Aquí en la Condesa pasan los policías cada cinco minutos, es otro sistema”, aseguró.
Aunque la vida en esta zona de la ciudad es relativamente más tranquila, hombres y mujeres en situación de calle ejercen la prostitución en el Parque México para obtener algún tipo de ingreso.
“Nosotros hombres con mujeres mayores, señoras grandes de dinero (...) A la semana junto 600 pesos con esfuerzo, por estar con alguien te ofrecen 500 pesos”, relató.
No obstante, su vida es tranquila, quizás el mayor problema que enfrentan Mario y Cristian es que no tienen documentos de identificación. Les gustaría que las autoridades tuvieran un programa que les pudiera ayudar.
“Si no la tienes, no existes. Te pasa algo y a nadie le interesa. Eres un fantasma. Queremos un albergue donde haya medicamentos suficientes, atención psicológica. Que haya un intermediario entre nosotros y nuestras aspiraciones. Para mí, esos son sueños”, finalizó.





