Crónica. "Alejandra me golpeaba si no le pagaba"

RECLAMO. Alejandra Gil rechazó ser proxeneta, se manifestó hace 7 meses afuera de este diario. (Foto: ARCHIVO EL UNIVERSAL )
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Celeste tiene 27 años de edad y es originaria de Veracruz. Durante más de ocho años fue explotada en Puebla, San Luis Potosí, Monterrey y en el Distrito Federal.
“Yo era golpeada, maltratada, humillada. Si no quería trabajar me amenazaban con hacerle daño a mi hijo, con matarlo o matar a mi familia. Por eso aguanté y seguí allí”, explicó.
Un compañero de la secundaria de Celeste le presentó a Ricardo González González, originario de Tlaxcala, “parecía buena persona y nos hicimos novios. Él sabía que yo tenía problemas y con el tiempo se ganó mi confianza y mi cariño”, comentó.
Durante seis meses, ese hombre iba a recoger a Celeste a la escuela, la llevaba a su casa y la cortejaba.
“Se esperó a que yo cumpliera 18 años y me dijo que me fuera con él a trabajar a una boutique, en el estado de Puebla, así que acepté. Allí estuve una semana y después me trajo al DF, a la Merced, en Sullivan y en varios hoteles”, relató.
Celeste conoció en Puebla a la cuñada de Ricardo, quien le enseñó a pintarse, le decía cómo vestir y qué contestar a los clientes.
“Me enseñó a hablarle a los hombres, a no contestarles mal, no gritarles”.
La necesidad obligó a Celeste a aceptar vender su cuerpo. “Me dijeron que ganaría más de mil pesos sin trabajar tantas horas; pero todo lo que ganaba se lo daba a Ricardo y a su cuñada, yo no ganaba nada”.
Llegó a la Ciudad de México cuando tenía 18 años. Primero se prostituyó en la Merced y después en otras calles como Liverpool y el callejón de Manzanares.
El último lugar en el que trabajó fue en la avenida Sullivan, donde conoció a Alejandra Gil, quien la obligaba a pagar por el “uso de suelo” más de 150 pesos.
“Si estaba con más de cinco clientes se quedaba con 500 pesos. Cuando nos negábamos a darle dinero, juntaba a todas y nos golpeaban”, contó.
Dijo que la conoció hace mucho tiempo, “ella convivía con los padrotes. A mí me encargaban con ella, nos vigilaba para que no nos escapáramos”, dijo.
La jornada de Celeste era de 10 de la mañana hasta las seis de la mañana del otro día. Durante ocho años vivió en el hotel San Marcos, de la Merced.
Celeste fue rescatada de las redes de la trata gracias a la denuncia de una amiga. “Hicieron un operativo y levantaron al padrote que las explotaba y después fueron por nosotras”, recuerda.
Fue difícil, dijo, “no es algo que se olvida fácilmente. Me arrepiento de no haber tomado una sabia decisión, pero también me duele no haber contado con familiares que me orientaran”.





