Enfrenta cárcel con estudios

ALIENTO. Jesús Martín Contreras ha recibido mucho apoyo de su familia. (Foto: )
En este salón del Centro Escolar del Reclusorio Preventivo Varonil Norte (RPVN) la pintura blanca aún está fresca y al recargar las manos o la ropa éstas todavía se pegan a los muros. Los internos pusieron a punto el aula donde entran unas 40 personas y que será el escenario de un hecho que en promedio ocurre una vez al año en alguno de los penales capitalinos: el examen profesional de un interno.
Jesús Martín Contreras Hernández, quien presenta su tesina para convertirse en licenciado en Psicología por la FES Iztacala de la UNAM, admite nerviosismo poco antes de la prueba, pero frente a los sinodales dominará sus emociones y presentará su proyecto para cerrar un ciclo truncado hace ocho años cuando fue recluido.
“Ya estaba por terminar, estaba a una semana de terminar el octavo semestre”, recuerda Jesús, de figura atlética, piel apiñonda, ojos de color entre gris y verde, quien cumplió 30 años en octubre pasado.
En 2005 fue ingresado al Reclusorio Oriente, acusado de privación ilegal de la libertad. Luego fue trasladado a El Diamante, un módulo para reclusos peligrosos en Santa Martha Acatitla.
Finalmente, Jesús Martín llegó al Reclusorio Norte en 2010, lugar en el que desde entonces también permanece en un dormitorio “de segregación”, donde vive con otros internos considerados de alta peligrosidad, siete de los cuales son sus alumnos de bachillerato.
Ellos son parte del 34% del total de internos en el Distrito Federal, 40 mil, que estudian. La mayoría de quienes estudian, 8 mil 233 internos, lo hacen en el nivel medio superior o bachillerato.
Al llegar al Reclusorio Norte, Jesús Martín decidió terminar la carrera de Sicología. Fueron dos años y medio para concluir la tesina Efectos psicológicos y simbólicos de la pena en prisión, basada en su experiencia personal.
No se desesperó, aunque el acceso a la información fuera lo más difícil y al mismo tiempo lo fundamental para escribir su proyecto.
“Debes buscar a alguien que te eche la mano, porque si estás ocupado en trabajar para sustentarte económicamente o darle dinero a tu familia realmente no te queda tiempo”, dice Jesús Martín a EL UNIVERSAL, y agradece, sobre todo su madre y su hermana, quienes le ayudaron a conseguir libros, información de internet e incluso datos de coloquios recientes.
Poco acceso a información
El acceso a la información y la falta de un programa más amplio de educación superior, añade, es lo que provoca que él sea apenas el undécimo interno titulado en el DF en los últimos ocho años.
“La idea es hacer esto (los exámenes profesionales) de manera sistematizada, generar una base de datos de cuántos internos e internas existen con una carrera trunca o que quisieran estudiar una carrera, y lo puedan hacer en el sistema a distancia”, afirma el subsecretario del Sistema Penitenciario del DF, Hazael Ruiz Ortega, al referirse al número de internos titulados.
El aula que huele a pintura fresca por fin se llenó con familiares, amigos hechos dentro y fuera del penal, incluidos los reporteros de la gaceta Identidad de este centro, así como autoridades, encabezadas por Hazael Ruiz y el director del Reclusorio Norte, Jaime Rodríguez.
El maestro de la FES Iztacala Ángel Conchado Vargas preside el jurado de tres docentes, incluido él, y describe la ceremonia: 20 minutos de exposición por parte del postulante, luego una serie de preguntas y respuestas con el jurado, y finalmente la deliberación.
Frente a todos, Jesús Martín, vestido con pantalón, camisa y saco beige, color que identifica a los internos, expone primero los problemas sexuales, sensoriales, la apatía y ansiedad, por mencionar lo menos, provocados por una subcultura carcelaria caracterizada por la vida en reclusión bajo tres “leyes”: la del más fuerte, la ley del talión y la de no delatar.
Enseguida, el ponente aborda el tema simbólico. Ataca el ejercicio de establecer penas más largas y tipificar delitos como en el caso del feminicidio, pues parecen servir sólo para “apaciguar a la opinión pública”, sin garantizar que se disminuya la comisión del delito o la prevención del mismo.
“No sólo se requieren objetivos justos, sino los métodos correctos”, dice al retomar a uno de los autores consultados para su trabajo de titulación.
Concluye dos cosas: la sicología requiere un espacio mayor en la atención de los reclusos y, la más importante: aun con penas más severas, no se cumple o se cumple muy poco la reintegración social de un interno por medio de la educación y el trabajo en la capital.
El jurado pregunta cómo lograría que la sicología tenga mayor peso en la atención de los reclusos, pero el expositor se enfoca en resaltar el papel propositivo y crítico de la tesina.
Llega el momento de deliberar. Todos salen del salón, menos los sinodales. Afuera esperan internos, entre ellos cinco que conforman una banda de rock y afinan sus instrumentos entre sillas y debajo de un toldo para dar un recital a quien se convertirá en profesionista.
Los invitados vuelven al salón para escuchar al jurado decir que Jesús Martín “ha sido aprobado” y se ha convertido en licenciado.
Su madre, Teresa Hernández, dice estar muy contenta por este día, “aunque me gustaría más que estuviera afuera y no en este lugar”.
“Es un muchacho responsable, bueno, y lo ha demostrado”, dice el sacerdote Fernando de la Fuente, perteneciente a un centro jesuita de la Universidad Iberoamericana, en el cual trabajaba el papá de “Chuchín”, como llama al nuevo profesionista, a quien conoce desde niño.
Jesús Martín acudía a veces para ayudar a su papá, encargado de mantenimiento en el centro, y en ese lugar fue que empezó a tener contacto primero con la filosofía y luego con la sicología, una disciplina “que te enfrenta contra ti mismo y esa tal vez es la cuestión por la que decidí estudiarla”, dice.
Su afición por la lectura le ayuda. Su autor favorito es Fedor Dostoievski y en prisión ha leído todos los bestsellers de Dan Brown como El código Da Vinci, y las sagas completas de Crepúsculo y El Señor de los Anillos.
“Pero no me encasillo”, dice el aficionado al futbol americano, que sólo puede correr y hacer barra para mantenerse en forma en la cárcel.
A pesar del nerviosismo inicial por la ceremonia de titulación, comenta que éste es un día de fiesta, de cerrar un ciclo y abrir uno más. En un penal se pierde la motivación, dice, aunque él la conserva con la idea de continuar estudiando y dar sentido a los 13 años que le restan de sentencia.
—¿Cómo te sientes en prisión?
—Me siento en paz. Sé que es cuestión de tiempo y de seguir trabajando, pero no tengo ningún problema— responde.





