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Circo Volador, un caso de autogestión cultural

El Universal
Viernes 25 de junio de 2004
Punketos, darketos y rockeros se dan cita en las tocadas que generan ingresos para organizar talleres artísticos gratuitos

Antes de ser un centro de arte y cultura, el Circo Volador tardó casi una década para conseguir un Permiso Administrativo Temporal Revocable (PATR) y lograr establecerse en el antiguo cine Francisco Villa, a la salida del metro La Viga, espacio con 2 mil metros cuadrados, en una zona popular y céntrica.

El proyecto cultural autogestivo más longevo y conocido de la ciudad se encuentra entre un centro deportivo y accesorios de reparación automotriz.

Uno de sus extremos está recubierto de grafitis, la fachada cercada por una cortina de acero, y en lo alto aún está el espectacular y las marquesinas del excine.

Al entrar uno recuerda esa época de los cines de una única y gran sala, pero adaptada para otro tipo de entretenimiento: la dulcería ahora es una barra de cervezas, el interior luce amplio, al grado de albergar unas 3 mil almas, sin los sillones frente al estrado, sólo en lo más alto todavía existe la caseta del cácaro repintada de aerosol.

La infraestructura permitió adaptar el tablado que servía como base a la pantalla cinematográfica para los talleres de danza, teatro, capoeira y para que los grupos realicen su espectáculo. Detrás del escenario se encuentran algunos salones estrechos y con luz artificial donde se llevan a cabo los otros talleres. También organizan ciclos de cine que duran toda la noche.

El proyecto nace 14 años atrás, cuando el sociologo Héctor Castillo Bertier inició una investigación sobre los chavos banda de la ciudad; al pasar los años la idea de un centro cultural para jóvenes de bajos recursos y gustos estrafalarios se aterrizó con el gobierno de Cuauhtémoc Cárdenas en 1997 por medio del PART, una figura jurídica que permite administrar una propiedad federal con el fin cultural solicitado pero todos los gastos son cubiertos por el solicitante. Con tal permiso obtuvieron una licencia de cine, teatro, sala de conciertos con actividades culturales, pero cada vez que hacen un evento tienen que pedir permiso a la delegación.

Al iniciar contaban con 4 mil pesos y hoy tienen sueldos modestos para talleristas, empleados, 12 de base y 24 eventuales, todos jóvenes.

El Circo Volador, fiel a su origen autogestivo, pronto encontró la solución para solventar sus gastos que superan los 50 mil pesos mensuales: al realizar conciertos y vender bebidas en las tocadas, recibe ingresos para reinvertir, entre otras cosas, en los 13 talleres gratuitos que provee.

El centro no está en las mejores condiciones pero por él pasan de cinco a 6 mil jóvenes al mes.

Marco Santana, egresado del INBA y maestro de danza, acepta que al lugar le faltan las barras, un colchón de aire en el piso, espejos, iluminación, duela, condiciones mínimas para dicha disciplina, "pero si de alguna manera el gobierno quita espacios porque los ha centralizado en el INBA y el CNA, este sitio es una alternativa donde se puede trabajar, crear e investigar".

El leit motiv del Circo Volador es crear una empresa social que ofrezca productos culturales para generar recursos y dar trabajo a jóvenes. "Es un proyecto de los chavos, mantenido por ellos y para ellos", comenta Víctor Manuel Trejo, el administrador, un cincuentagenario de espíritu mancebo.

Al lugar también asisten niños y adultos. Todos se trasladan desde sus domicilios porque no existen centros parecidos cerca de sus colonias. Opinan que para los estudiantes es importante por ser una opción para alejarse de drogas y vandalismo.

"Que sean talleres de exploración de tu mente y espíritu provoca que el joven tenga diferentes alternativas para inventar. Estos espacios permiten que uno se reúna para realizar cosas interesantes; en Colombia pagas por todo, no hay algo así", asegura Pabla, de origen colombiano.

Como otros espacios, El Circo Volador enfrenta la ausencia de una ley específica para este tipo de centros culturales: en 2000 fue clausurado por no tener cajones de estacionamiento, y durante un año y medio estuvo cerrado.

Para algunos vecinos el problema aún existe: los punketos, darketos y demás chavos que asisten se orinan en las aceras y copan las entradas con los autos que no son estacionados en el aparcamiento que la administración renta a la vuelta del inmueble, además de que el Metro se cierra cuando llega demasiada banda a las tocadas; aunque, en general, refieren que no es tan grave como para solicitar su reubicación.

Rosa Isela Chávez, oficial de la estación La Viga, detalla: "Nunca hemos detenido a nadie, los darketos son tranquilos, los rockeros son más escandalosos pero se tranquilizan porque El Circo Volador manda un oficio para avisar que hay tocada, entonces la seguridad del Metro envía más refuerzos pero nada más".

Para solucionar algunos de los inconvenientes asegura Trejo necesita una licencia que dé apoyos de otra índole, reducción de impuestos en luz y predio, para poder reinvertir el dinero en nuevos proyectos. Hace hincapié en que las autoridades deberían tener un acercamiento con ellos y trabajar en conjunto.

"El problema de ahora no es tanto el financiamiento sino que nos dejen trabajar. Hay mucha gente que desea colaborar pero no tiene los medios ni las áreas."



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