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Cuando el amor a los perros complica una separación

Cinthya Sánchez| El Universal
Miércoles 01 de julio de 2009
Algunas mujeres le toman cariño a sus mascotas; no deben exagerar: expertos

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Después de su divorcio, Héctor y Marcela se veían los fines de semana en el parque central. Así quedaron, los sábados y domingos Héctor tendría una hora para convivir con Lucas, el perro que compraron tres años después de casarse.

Nunca tuvieron hijos. No se dieron las cosas. nunca lo lograron. Duraron cinco años de casados pero en los últimos dos el perro se convirtió en algo más que una simple mascota. “Muchas veces los fines de semana los planeábamos alrededor de Lucas. Desayunábamos en la Condesa por llevarlo al parque. Corríamos en Ciudad Universitaria para que hiciera ejercicio. No visitábamos muy seguido a mi mamá porque su gato no le agradaba a Lucas”, dice Héctor.

Tiene unos meses de vivir a unos cinco kilómetros de Marcela y Lucas. Aún le da dinero a su ex mujer para el veterinario, el estética canina y las croquetas. La hora que Marcela se lo presta la ocupa para jugar con él. Lo extraña.

No pelearon por el departamento ni por los muebles. La separación fue cordial, pero cuando llegaron al tema de Lucas, no fue tan sencillo. ¿Quién se lo quedaría, si al final era de los dos?

Héctor confiesa que a pesar de que lo extrañaría mucho, Marcela podría necesitarlo más. “Estaba más acostumbrado a ella, siempre lo traía para todos lados, se lo llevaba al súper y lo dejaba en el coche mientras iba al gimnasio”.

Acordaron no hablarse para nada, por salud mental, dice Héctor, pero cada ocho días ella le cede la correa de Lucas.

Vacíos afectivos

En el consultorio de Alberto López Díaz, jefe del departamento de Psiquiatría Comunitaria del Hospital Fray Bernardino, hay sentimientos encontrados. No quiere fomentar un rechazo a los animales, ni tampoco a los cuidados de las mascotas, ni satanizar el afecto a éstas, sin embargo, cree que el cariño puede distorsionarse con un afecto exagerado, puede generar una confusión de amor, de ese que sólo se puede tener a otro ser humano.

“Los seres humanos requerimos de llenar las necesidades de compañía, afecto, protección, amor y eso lo encontramos en un compañero, en un hijo o una hija. Si esas necesidades han quedado vacías durante la vida, generalmente se intentan llenar con otra cosa, en este caso a través de una mascota”, dice.

Explica que la relación que un ser humano puede tener con una mascota tiene un límite y nunca se debe pasar la línea que separa a los seres humanos de los perros. “Sí, es importante protegerlos como lo que son, animales, pero en el momento que invaden espacios que debe ocupar un ser humano como la cama, la mesa o los platos, estamos hablando de un mal enfoque del cariño”.

El cuidado en exceso de una mascota puede caer en lo anormal, sobre todo si la persona crea una relación tan estrecha como lo haría con un humano.

Para López Díaz, una mascota nunca sustituirán las compañías afectivas.

“Pepe no sustituye a nadie”

Carmen tiene 13 años durmiendo con él. Siempre del mismo lado de la cama, es su rutina. En un punto antes de la media noche se apaga la luz y la televisión. Él no puede dormir con la lámpara prendida y sin cenar. No tiene manías nocturnas. No ronca. Cierra los ojos ocho horas seguidas, aunque siempre está alerta, cuidándola. Ella se regocija.

Ya está viejo y achacoso. Ella le sigue llamando “mi muchacho”, aunque le pronostican sólo un año más de vida. Hace más de 15 que se conocen. Llegó con Carmen muy joven. Lo vio por primera vez en la puerta de su casa, desde entonces no se separan.

Los demás lo conocen como Pepe. Parado en dos patas mide 1.60 metros; es una mezcla entre San Bernardo y lo que se conoce como “de la calle”. Es robusto. Siempre ha comido pollo y a veces dulces y chocolates que Carmen le da.

Ella dice que se ha hecho a la idea de que él se irá. De que perderá a su compañero de vida, como define a su perro. Dice que decidió no casarse ni tener hijos desde muy joven y que su maternidad la vive a través de su sobrina.

“Pepe nunca ha sido sustituto de nadie, ni de un marido ni de un hijo, pero lo quiero mucho, es el ser que más me conoce. Es dependiente de mi. Ni siquiera puedo irme de viaje a gusto porque no tengo quien me lo cuide. Ha sido un fiel compañero todos estos años”, asegura.

Carmen se prepara para la muerte de Pepe. Varias veces ha pensado que ahora sí es la última visita al veterinario. Mientras, lo disfruta. “No compraré otro perro y no quiero que me regalen uno, Pepe no tendrá sustituto”, dice.



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