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La breve historia de un pavo

JULIÁN SÁNCHEZ / ENVIADO| El Universal
Domingo 23 de diciembre de 2007
Cada uno de los millones de aves que serán consumidos en la cena del 24 de diciembre pasó por un proceso de 15 semanas de crianza, engorda, sacrificio y empaque antes de adornar la mesa de los mexicanos

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CHIHUAHUA, Chih.— Como todos los seres, yo tengo un ciclo de vida que consiste en nacer, crecer, desarrollarme y morir. A diferencia de la mayoría, yo sé cuánto voy a crecer, cómo voy a hacerlo y sé que moriré al cumplir 15 semanas; todo será antes de Navidad.

Soy parte de una tropa: cada año, un millón de pavos recién nacidos representamos la dualidad: somos seres vivos, pero también somos productos. Respondemos a algunos procesos naturales, pero otra parte de nuestra vida está cuidadosamente diseñada y monitoreada.

Por ejemplo, ninguno de nosotros conocemos a nuestra mamá. En la granja donde nacimos hay 5 mil pavas reproductoras y ni una se mezcla con los machos durante sus 30 semanas de vida útil. En los galerones donde nos crían hay reproducción pero nadie puede reconocer a un padre o un hijo; los veterinarios recogen los cerca de mil millones de espermatozoides que produce un macho y le inyectan a la hembra unos 250 millones. Cada semana se incuban 40 mil huevos en la granja.

Después de 25 días, del huevo fecundado nacen los pollos, podría decirse que mis hermanos, y ahí viene un primer filtro: quienes pueden romper el cascarón por sí solos pasan al “nacedero”; los que no, se descartan, pero apenas 15% de todos no será apto para la crianza.

En cuanto salimos del huevo nos quitan la carnosidad larga y roja que tenemos en la frente; luego nos recortan el pico. En nuestros primeros días vivimos en comunidad: cientos y cientos de crías de color amarillo, muy similares a los pollos nos alimentamos de unos recipientes colocados en las orillas de la “caseta de iniciación”. Durante cinco semanas estaremos aquí, comiendo, rascando la tierra por instinto, aunque no es indispensable porque nuestra comida está asegurada. Tampoco tenemos que preocuparnos por el frío o el calor porque la temperatura está controlada, igual que la ventilación y la luz.

Al llegar a mi sexta semana hay una nueva experiencia: conocer el sol, el viento y la tierra, porque es entonces cuando nos sacan al corral de engorda. A esta altura medimos unos 40 centímetros y nuestras plumas amarillas se convirtieron en blancas. Si fuéramos otra especie, esa etapa sería tiempo de hacer balance o aumentar la especie, pero en ese momento de nosotros sólo se espera que engordemos. Por esos días conoceremos a otras personas, llamadas inspectores de la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Desarrollo Rural, Pesca y Alimentación (Sagarpa), encargados de revisarnos el hígado porque ahí se encuentra toda la información necesaria para saber si estamos lo suficientemente sanos para estar presentes en la mesa de los humanos, o si creceremos lo estimado. Si alguna de esas dos condiciones no se cumple habrá un sacrificio anticipado y luego una incineración para borrar cualquier riesgo de infección.

Estamos a mitad de nuestra vida y en los dos meses siguientes se espera que alcancemos una meta: pesar nueve kilos en el caso de las hembras, y 12 si se trata de los machos; llegado ese momento, viene el trance final para mí, aunque el proceso para el que me criaron continúa.

Diariamente, unos 7 mil de mis compañeros-familiares desaparecerán de los corrales. Los van a llevar a una máquina de la que nadie desconfía porque desde que nacimos hasta este día siempre nos han rodeado los artefactos mecánicos. Una especie de bastón nos dará un choque eléctrico y ahí se acaba la historia, aunque hay partes más escabrosas, como el degüello con una técnica especial “para no sufrir”, y el baño en una tina escaldadora con agua a 60 grados centígrados para desplumarnos, por algunos ejemplos.

Yo no veré este proceso ni lo padeceré, pero sé que así será.

No es que los pavos tengamos recuerdos del porvenir, pero si podemos contar nuestra vida, ¿por qué no podremos abstraernos para contar nuestro fin? Decía que lo que queda de mí será limpiado rigurosamente y revisado; las partes golpeadas se cortarán junto con las que sirven para comercializarse.

Luego de otra revisión y limpieza, algunos iremos al proceso de ahumado o empaquetado; a otros los llevarán a una máquina donde les pondrán la “receta secreta”. Unos y otros nos reuniremos de nuevo en un galerón, pero no habrá tinas de agua ni bandejas con granos, sino silencio, oscuridad y mucho frío. De las cámaras de congelación pasaremos al camión también refrigerado, que nos llevará a la última cena.

A diferencia de Star o Stripes, mis congéneres que cada año son perdonados antes de la cena de Acción de Gracias por el presidente de Estados Unidos, yo no voy a salvarme. Dicen que todo mundo se muere cuando le toca, pero yo voy a morirme en la víspera... de Navidad.



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