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"Maras", varados en Tijuana

Laura Sánchez / Corresponsal| El Universal
Sábado 31 de agosto de 2013

ESTIGMA. Con los tatuajes empieza la discriminación. (Foto: ILUSTRACIÓN ISMAEL ÁNGELES )

Deportados por EU e incapaces de volver a su país, decenas de salvadoreños disfrazan su origen y se ocultan en el día, pues temen ser denunciados por pertenecer a uno de los grupos más peligrosos de Centroamérica

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TIJUANA.- Lejos de El Salvador, expulsado del “Hoyo Maravilla” de Los Ángeles, en Estados Unidos; alejado de la familia, de su jainita, José Pérez lleva marcado el terruño en la piel: las huellas de la prisión, el amor y su pandilla, la MS, Mara Salvatrucha.

Sólo que hoy, aquí en Tijuana, “la vida loca” es distinta. Él y sus hermanos —a los que juró en su adolescencia “estar trucha, al tiro”, juntos, hombro con hombro— se refugian en el limbo: no pueden regresar a El Salvador y fueron echados de Estados Unidos. Ni aquí, ni allá, ahora están destinados a vivir en la clandestinidad.

José Pérez, como se hizo llamar para preservar su identidad, es pandillero marero desde que tiene memoria. Como muchos salvadoreños, era un niño durante la guerra civil en su país.

Cuando sale el sol, se refugia en una de las viviendas que forman La Muerta 13, un barrio bravo localizado cerca de donde viven o duermen migrantes en la canalización del río Tijuana. Nadie sabe por qué le dicen La Muerta, pero algunos asumen que el 13 es la letra M en el abecedario: M de Mara.

Al desmoronarse el día, él y otros maras pueden deambular libremente, porque el hecho de llevar tatuado su barrio implica cometer un acto contra la ley: un “delito de portación de cara”, aseguran.

José habita una pequeña vivienda de madera. Invita a pasar. Teme que una de las vecinas que “le hacen mala cara” llame a la policía nada más asome su rostro con las marcas del barrio y las lágrimas en los ojos, epitafios de sus muertos.

Dice que en este momento no ha cometiendo ningún delito, pero le inquieta que los trazos en la piel lo delaten como salvadoreño y sea deportado.

No está dispuesto asumir el riesgo; tampoco importa lo que tenga que enfrentar. “Nos imposibilita mucho a tal grado de que mire, mire cómo vivimos”, dice José mientras le pega a uno de los trozos de madera que se desprenden del cuarto.

La cortesía de José contrasta con la imagen de violencia irracional que pesa sobre la Mara. Cuenta que hay días en que prefieren dormir en la prisión, porque cuando llueve hay que encontrar dónde meterse y si hace calor, buscar el mejor árbol que dé sombra.

Para José, las penurias que vivió en El Salvador las revive en Tijuana; incluso duelen más. Pero, al menos aquí, en el norte de México, “no hay guerrilla”.

Desde su adolescencia, José es de la Mara. “Ni modo, así es la vida, el destino o lo que sea”. Fue su única opción. Pero en 1992 se le presentó la oportunidad de irse, dejar atrás sus recuerdos de niñez y adolescencia escuchando balazos: cruzó a Estados Unidos.

Sonríe un poco. La sombría habitación de madera por donde se filtran pequeñas líneas de luz, se ilumina unos segundos cuando recuerda cómo llegó a San Diego, California. Con engaños le dijo a un transportista que en Los Ángeles le pagaban sus familiares. “Pero, pues, quién iba a pagar. ¡Allá nos tiramos a correr!”.

No recuerda con exactitud si era finales de agosto o principios de septiembre de ese año. Con 23 años de edad llegó al este de Los Ángeles. Dice que no existía otro lugar donde los latinos pudieran agruparse sin ser discriminados, como el barrio llamado el “Hoyo Maravilla”.

“Es el barrio de nosotros, el barrio Salvatrucha, antes era el ‘Hoyo Maravilla’ y hoy es el Salvatrucha. Una pila”. Para este mara, el primer deseo era salir de la pobreza de El Salvador, hacer una vida mejor.

“Cuando llegamos allá, a Los Ángeles, nos dedicamos a un taller de carrocería y pintura, a limpiar carros. Iba más o menos el trabajo. El problema es que no alcanzaba para la renta, ni para nada. Tuvimos que buscar otros recursos, otros medios para sobrevivir”. El patrón le pagaba 150 dólares.

No se avergüenza y admite de frente que vendían droga y robaban para ayudar a más gente que venía de Centroamérica. Sabe que la Mara Salvatrucha comete abusos. “Unos están justificados; otros no”, dice.

El disfraz de mexicano

Años después, José Pérez fue encarcelado en la prisión del Condado de Los Ángeles; después, transferido a Bakersfield y finalmente, deportado por Tijuana, Baja California. Nadie, ni el Instituto Nacional de Migración o el personal de Aduanas y Protección Fronteriza, le ofreció trasladarlo a El Salvador.

“Nunca nos han preguntado que si queremos la deportación para allá. Nos deportaron aquí en Tijuana y nos soltaron. A lo mejor no había viaje para allá. Y aquí estamos todavía. Si no tienen un camión completo te dejan acá”, explica el marero.

José estaba preparado para cuándo llegará ese día. Nada es para siempre y él sabía que cualquier momento lo deportarían. Por eso desde sus años en el “Hoyo Maravilla” le pidió a su novia que le enseñara a leer.

“Debes cambiar tu forma de hablar, hablar más rápido, como mexicano. Cuando llegué a Estados Unidos, empezamos a estudiar la lectura en ratos. Teníamos una novia y leíamos. Aprendí inglés y a dirigirme y, pues, hemos salido adelante”.

La preparación de un mara que no quiere regresar a El Salvador va más allá: nadie jamás, ni la ley, se va a enterar que son centroamericanos. “Nosotros somos mexicanos e inclusive nos aprendemos parte del Himno Nacional, para poder protegernos”.

Dice que sólo practicando se convierten en otro migrante deportado más.

José asegura que en Tijuana se encuentran refugiados unos 500 salvadoreños, de ellos, unos 400 pertenecen a la Mara Salvatrucha. “¿Por qué? porque los problemas en las calles del norte de México son igual que en El Salvador o Los Ángeles, por eso hay que protegerse estar hombro con hombro”.

Refugio fronterizo

José Manuel Valenzuela Arce, investigador del Colegio de la frontera Norte, explicó que a partir del recrudecimiento de los procesos de deportación y las políticas de endurecimiento en Estados Unidos comenzó a observarse la presencia de mareros a lo largo de la frontera.

Pandilleros que probablemente sí cometieron delitos, pero que aún no controlan este territorio y que escandalizan algunos sectores.

“Se les estereotipa y hay una estigmatización, una predisposición social de que son máquinas de muerte”, afirma el investigador Valenzuela.

Algunos de estos muchachos fueron mandados a la frontera, asegura, “y son condenados por el simple delito de portación de cara, es decir por el simple hecho de verlos tatuados se les considera como delincuentes”.

“Hay mucha gente del Barrio 18, por ejemplo, en Ciudad Juárez. Es un fenómeno de barrios transfronterizos”. El investigador asegura que hay la deuda social que tienen los gobiernos con los jóvenes pandilleros. “El exterminio no es la solución, es la construcción de la paz en los barrios y de orden social, de salud pública”, señala.

Lo que Valenzuela asegura, lo corrobora en las calles de Tijuana el secretario de Seguridad Pública, Alberto Capella Ibarra: hay maras y se encuentran dispersos, agrupándose para protegerse “como una hermandad”.

Son 6 mil pandilleros los que tiene registrados la Policía Municipal de Tijuana, de los cuales, 80% no son de esta región. Crearon sus organizaciones en Estados Unidos y se agruparon aquí. Capella Ibarra revela que han tenido impactos de la Mafia Mexicana y la Mara. Aunque por el momento no hay un golpe delictivo que llame la atención, “es un asunto grave”.

Sobrevivir en Tijuana

Hace tres años, José fue deportado. Desde entonces “las penas han sido muchas”, afirma. Cuenta que para conseguir un empleo en una fábrica o en un taxi necesitas conseguir la licencia y no te la dan fácil. A menos de que recurras a papeles chuecos. Y eso es un delito.

“Entonces preferimos andar así, estar así, que andar sacando papeles chuecos, aunque nos pueden servir, pero no de mucho. Luego, luego se nota; ya han sacado varios de nosotros”.

El pandillero, de 44 años está enfermo; tiene hepatitis y eso dificulta la búsqueda de empleo: “Los servicios de salud son difíciles, porque al ingresar para allá te piden nacionalidad, edad, nombre y domicilio. Muchas de las veces mentía en el domicilio, pero a la hora de salir de ahí es el problema, que quieren que algún familiar tuyo vaya a pagar. Pero a veces si les dices que eres centroamericano te niegan el servicio”.

Con los tatuajes empieza la discriminación. “No nos dejan ponernos alto y no nos dejan sobresalir. Es por lo que estamos viviendo en partes como ésta, donde no hay futuro”.

José Pérez, un marero en Tijuana que cumplió una condena de tres años en Estados Unidos y sobre el que hasta hoy no pesa ningún delito en México, se dice encarcelado en la libertad en esas cuatro paredes de madera por donde ve transitar, entre rendijas, a la gente de La Muerta 13, su nuevo barrio.

Se dice realmente discriminado en Tijuana, donde no cometió ningún delito. Por eso los maras como él son contratados para hacer los trabajos que nadie quiere, y no le queda de otra.

“He trabajado cargando tierra y piedras, trabajos duros muy pesados. Me siento impotente de ser discriminado, pero tengo que salir aunque me sienta mal; si no le hecho ganas no como”.

A pesar de todo, dicen los maras que Tijuana es mejor que El Salvador, aunque vivan en la clandestinidad. José lo sabe: no sólo es un ex convicto, es un pandillero, fiel a la MS hasta su muerte.



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