Visita a la oficina por Lulú Petite
Me jaló de la cintura y, besándome, me llevó hasta una de las salas de juntas, donde me agarró el trasero y me arrinconó contra una mesa larga de madera
Lulú Petite Cuando conoces a alguien fuera del negocio, por más que le busques, no existe el momento apropiado para soltar tremenda información. (Foto: Lulú Petite )
Querido Diario:
Resulta que ayer estaba comiendo con Romeo, teníamos la
intención de ir al cine. Lo bueno de salir con él es que me la paso bien, lo
malo es que, como no sabe que me dedico a rentar caricias, cuando estamos
juntos el teléfono de Lulú Petite se queda apagado y guardado en casa, de modo
que me dedico a ser simplemente yo, la que no tiene nombre de batalla ni agenda
pecaminosa. Obviamente, pierdo la chamba que pudo salir en ese tiempo. Ni modo,
son gajes del oficio: Cuando conoces a alguien fuera del negocio, por más que
le busques, no existe el momento apropiado para soltar tremenda información.
Hacerlo al momento de conocerlo es demasiado pronto, casi
como ponerse un repelente de galanes. Declararlo después de la tercera o cuarta
cita, ya resulta inapropiado, incómodo. El caso es que esa es, para mí, una de
las partes más difíciles de conciliar en mi doble vida. Porque has de saber
que, por como me arreglo y mi apariencia en general, no es obvio que me dedique
al negocio más antiguo del mundo, por el contrario, quien me conoce, a pesar de
considerarme sexy, también piensa que tengo un estilo de vida más bien
conservador, que soy una chica que sale poco de parranda y distribuye su tiempo
juiciosamente entre escuela, trabajo y casa. Eso, en realidad, no es tan falso.
Lo que no saben, quienes me consideran modosa, es que la naturaleza de mi
chamba puede considerarse cualquier cosa, menos conservadora.
Parece tonto, pero uno de los encantos del buen servicio
escort es “ser, sin parecer”. Que el cliente vea llegar a su habitación a una
chica linda, pero que parezca más una estudiante universitaria o una compañera
de oficina, que una profesional del sexo. Ese es parte del valor agregado en el
servicio ejecutivo.
El caso es que estaba comiendo con mi Montesco, cuando
recibió una llamada de su jefe. Le urgía tener en su despacho unos documentos
que Romeo había trabajado. La noticia resultaba un boicot a nuestros planes de
ir al cine, pero él la compensó pidiéndome que lo acompañara a su oficina.
Siembre resulta interesante explorar la madriguera laboral de un güey al que
estás ponchándote.
Romeo es un hombre atractivo. Tiene cuarenta y tres años, es
delgado, alto, de cabello corto, cara seria y con las líneas de expresión
marcadas (tipo mandón), manos grandes y, valga la franqueza, un pito delicioso.
Tenemos un romance abierto y sin promesas. Él coge rico y yo también, así que
cuando tenemos ganas de hacer que nuestros cuerpos ardan, nos llamamos y
calmamos el apetito. Nunca hemos hablado de hacernos novios, de presentarnos a
nuestra respectiva parentela ni de cosas profundas y definitivas cuando estamos
juntos. Lo más personal que hacemos es ir al cine o a algún restaurante y,
ahora, a su oficina. Eso sí, siempre cogemos riquísimo.
Su trabajo está cerca de donde estábamos comiendo, así que
terminamos nuestros platillos, pedimos la cuenta y nos lanzamos a su office.
Siempre me dijo que su oficina era chiquita y yo me la imaginaba onda un
escritorio, la computadora y su silla en uno de esos cubículos que tienen
muchas oficinas. Me sorprendió cuando me enseñó que era una oficina grande, con
varios gabinetes, dos baños, dos salas de juntas y un privado bastante amplio.
Cuando llegamos sólo había un chavo trabajando en una de las
computadoras. Según él, la mayoría de la chamba se hace en la mañana. Pasamos a
su privado y Romeo sacó unos documentos de un cajón, los firmó, los puso en un
sobre, mandó llamar al chavo y le pidió, como quien dice ve a ver si ya puso la
marrana, que los llevara de volada a la oficina de su jefe, que pa’ joder está
en Coyoacán y era de esas horas de trafico insufrible.
Platicamos tres minutos antes de que Romeo me diera el
primer beso.
-Está bonita tu oficina- Le dije.
-A tus órdenes- contestó.
-Está buena como para coger aquí ¿No?
-No sé, nunca lo he hecho.
-¿De verdad?- Respondí abriéndome el escote, sabiendo que no
era necesario decir más.
De inmediato, Romeo puso el seguro a la puerta y corrió a
mis brazos robándome un beso. Se sentía animado, urgido, realmente emocionado.
Como si fuera la primera vez que cogería conmigo. Me jaló de la cintura y,
besándome, me llevó hasta una de las salas de juntas, donde me agarró el
trasero y me arrinconó contra una mesa larga de madera. Yo le desabotonaba la
camisa y le besaba el pecho.
Toqué su sexo, por encima del pantalón. Se sentía tremendo,
firme, listo. Me volteé, dándole la espalda y él empezó por acariciarme los
muslos, subir mi falda, abrir mi escote. Sacó mis senos y jugó delicadamente
con mis pezones. Busqué un preservativo en la bolsa, me senté en una de las
sillas y él en la mesa, con el miembro al aire sin quitarse los pantalones. Le
puse el condón y me llevé su sexo a los labios. El oral fue breve, era tanta
nuestra calentura y el gusto de hacer de la oficina un lugar divertido, que
casi de inmediato me puso de pie, doblada sobre la mesa de madera, me quitó la
lencería, subió el vestido y me penetró perfectamente, clavándome contra la
tabla fría de la mesa, presionándome contra sus orillas incómodas, haciéndome
suya con sus manos en mis muslos y su ritmo, tan espléndido, tan nuestro, que
en apenas unos instantes nos llevó a un par de magníficos orgasmos. Con él mío
apenas pude contener un grito mordiéndome los labios. El suyo, con un gemido
ahogado, llenó el condón con su simiente.
Nos arreglamos la ropa y fuimos al cine, antes de que
regresara el chalán con los documentos sellados.
Un beso
Lulú Petite
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