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Aficionados que viven...por Lulú Petite

Me acerqué y le di un beso en el pecho y empecé a quitarme el vestido rojo que llevaba. Me quedé en lencería y tacones

Lulú Petite Estaba divino y, para acabarla de amolar, se estaba jalando el paquete mientras me clavaba una mirada de "todo esto es para ti". (Foto: Lulú Petite )

Ciudad de México | Jueves 08 de septiembre de 2011 Lulú Petite | El Universal08:26

Querido Diario:

Lo reconocí accidentalmente, cuando la cámara hizo un acercamiento en un saque de banda. Estaba segura de que había estado en la cama del galán que ahora veía en la televisión. Era inconfundible su cara brava, sus brazos fuertes, levantados ahora con el balón en las manos, para regresarlo a la cancha en los pies de sus compañeros.

Lanza la pelota con fuerza hacia uno de los suyos, quien la toma, da media vuelta y corre unos metros antes de devolvérsela al que yo conozco. Un contrario se acerca por detrás, le roba el balón con un empujón que parece tacleada de un liniero de los osos de Chicago.

Tirado en el césped y retorciendo la carita como si el hachazo le hubiera molido la pantorrilla, se sigue viendo guapo. También se veía bien esa tarde, cuando lo atendí en su hotel. Me invitó a pasar y comenzó a desnudarse frente a mí, sin decir más. Bajo la ropa, estaba el cuerpo usual de todo atleta: abdomen marcado, espalda ancha, los muslos tremendos, las pantorrillas sólidas y los brazos duros y bien delineados. Yo me quedé en la puerta, contemplando de pie el monumento que me iba a merendar. Él ya estaba en trusa cuando vio que me había quedado mirándolo hacerme striptease, sin animarme a entrar. Regresó, me tomó de la mano, y con una sonrisa calurosa me condujo atentamente al interior de la habitación.

No había nada desperdiciable. Bajo la trusa se dibujaba un paquete de espléndidas proporciones. Me acerqué y le di un beso en el pecho (que era lo que me quedaba al tiro) y empecé a quitarme el vestido rojo que llevaba. Me quedé en lencería (también roja) y tacones. Me acerqué y eché la cara hacia atrás, sugiriéndole que el segundo beso no fuera en su pecho. Entendió el guiño y, ciñéndome de la cintura, me besó los labios.

El galán cayó como res. Quien lo tiró dice ¡Ahí te ves! y sale corriendo con el balón, hasta que lo para en seco el pito del árbitro (sin albur) que señala al jugador en el suelo y le muestra un cartón rojo a su verdugo. Dos de los contrarios se acercan al silbante a reclamarle la injusticia, mientras uno del equipo de mi galán recoge la pelota y se la entrega al juez reconociendo su buen criterio.

Instintivamente llevé mi manó a su bulto y ¡caramba! no sé, como que luego, luego me prendí y me dejé llevar, sentir su cuerpo macizo, sus manos acariciándome, la tibieza de su aliento susurrando en mi oído cosas dulces, apretándome hacia él, haciéndome sentir su erección que ya escapaba por el resorte de la trusa. Me puse bien cachonda, con muchísimas ganas de provocarle el placer que ya él estaba causando en mí.

Entre un beso y otro me desabrochó el sostén que lanzamos a la cama. Él, por fin, se quitó el calzón y dejó al aire el perfecto aparato con que la naturaleza lo dotó. Me senté en la cama y él se quedó de pie, a unos centímetros de mí, limpio, varonil, cachondo, erecto. Me le quedé mirando de abajo para arriba. Estaba divino y, para acabarla de amolar, se estaba jalando el paquete mientras me clavaba una mirada de "todo esto es para ti".

El equipo de mi galán debía echar toda la carne al asador en ese partido que necesitaban ganar y cuyo marcador se mantenía en un imperturbable "nada para nadie"-. Después del silvatazo del árbitro, mi cliente futbolero pateó el balón hasta los pies de un compañero, que comenzó a correr como ferrocarril rumbo a la meta contraria. Los opositores emprendieron la persecución, por las bandas, mi amigo y otro de su equipo acompañaban al que llevaba el balón.

Todos los atletas son buenos en la cama. pero lo que es soldados, boxeadores y futbolistas, tienen un aguante, una condición física que cuando te hacen el amor no ves lo duro, sino lo tupido. Te lo hacen de un modo, de otro, por arriba, por abajo, son precipitados, saltan, suben, bajan y se trepan, hacen machincuepas y siempre tienen energía para más. Con el galán ya lo había hecho de todas las formas posibles y mi colita pedía un minuto de paz. Lo hacíamos "de cucharita", es decir, él recostado detrás de mí, ambos de costado y penetrándome acoplados (como las cucharas en el cajón). De pronto me agarró las nalgas, empujó con fuerza y me levantó con el impulso de sus muslos. Así, con las piernas en el aire y su mano apretando suavemente mi clítoris, entraba y salía de mí con movimientos fuertes y cadenciosos. Nos vinimos riquísimo.

El que llevaba la pelota iba sólo frente a dos defensas que se acercaban a él, a su izquierda mi galán corría como bólido, completamente desmarcado. Su compañero le envió un pase que le cayó enfrente de sus zapatos. Corrió un par de metros, solo frente a la portería y disparó una bala de cañón, de esas que hacen retemblar en sus centros la tierra. El esférico se elevó a unos sesenta kilómetros por hora rumbo a la esquina superior derecha de la meta. El portero, sacando de sus piernas el resorte de un tigre, apenas con las uñas logró mandar esa bala a tiro de esquina.

Hasta el jueves

Lulú Petite



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