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Alertan que crece “narcoexplotación”

Especialistas afirman que la participación de jóvenes en el crimen organizado dejó de ser un problema social o económico, y es atribuible también a la negligencia del Estado para brindar oportunidades. En ciertas regiones, se les esclaviza, afirman

PROBLEMÁTICA Carlos describió cómo opera el narcomenudeo en La Cañada, Álvaro Obregón. (Foto: Fernando Ramírez / EL UNIVERSAL )

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Lunes 08 de agosto de 2011 Marcos Muédano | El Universal00:24

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La muerte ronda a su lado todos los días. Él eligió el camino fácil, abandonó la escuela y se “enganchó” con el crimen organizado. Una oración y una manda en el altar marcan el inicio de su jornada. Tras encomendarse a la imagen que ha permanecido a la entrada de su hogar desde que era niño, Carlos alista sus “ins trumentos” de trabajo: dos bolsas, mil pesos, un celular y un equipo de radiocomunicación, así como una pistola calibre .45.

La Red por los Derechos de la Infancia en México (Redim) afirma que pese a no tener estadísticas oficiales sobre el número de niñas y niños implicados con la delincuencia organizada, se calcula que en la actual administración cerca de 30 mil se han inmiscuido en actividades que van desde el tráfico de droga, el secuestro de personas, la trata de seres humanos, extorsiones, contrabando, piratería y corrupción.

En el caso de Carlos, a sus 22 años, sabe que no tiene un “empleo” común ni normal, que tiene que negociar con las autoridades (policías) y tener lista el arma que oculta debajo de su camisa. A tres años de estar en el “negocio” aprendió a valerse por sí mismo a través de una actividad ilícita que le permite tener lo que siempre deseó: una vida de lujos y excesos en la llamada industria del narcotráfico, aunque sabe de sobra en cualquier momento puede perder su libertad o peor aún, la vida.

Industria que a sus 19 años tocó a su puerta para iniciarlo como vendedor de estupefacientes en la zona de La Cañada, delegación Álvaro Obregón, en el DF. “Vivir en el barrio” no es algo común para el joven, que al paso de los años ha aprendido a tratar con mandos de corporaciones de seguridad y con cárteles que han buscado imponerle su mercancía en una de las delegaciones más afectadas por el consumo de drogas, según la más reciente encuesta de consumo de alcohol, tabaco y otras drogas en el DF.

Aunque para Carlos hablar de más puede costarle la vida, no sólo en La Cañada, sino en cualquier parte del país, consintió dar su testimonio durante dos visitas realizadas por EL UNIVERSAL, en la calle donde trafica, en Álvaro Obregón.

El inicio

Delgado y de rasgos finos, el joven de mediana estatura reconoce que antes de entrar al negocio tuvo la oportunidad de cursar una licenciatura, porque al menos ese fue el camino que su mamá le ofreció antes de andar en el “desmadre”.

“En este desmadre muchos se meten así como yo. Primero uno lo agarra como desmadre y porque te empieza a caer dinero, dinero fácil que nunca lo habías visto en la vida. Entonces, te vas metiendo hasta que te gusta el negocio. 

(Advertencia: lenguaje explícito)

“Tienes que ganarte la confianza primero de arriba. Yo entré porque teníamos amigos en común y entonces, bueno, cuando yo comencé a andar en este desmadre, el que era el bueno era el hermano de mi amigo.

“Una vez que ingresé fue claro el dueño: ‘Aquí vas a entrar hasta donde tú quieras, no te voy a forzar, no te voy a hacer nada si te quieres salir. Nada más, dado el caso de que te pase algo, tú no me conoces. Si no está en mis manos te las arreglas tú’”.

(Advertencia: lenguaje explícito)

Hijo de un núcleo familiar estable, Carlos recuerda que en su infancia siempre estuvo protegido por su madre y dos hermanos.

Ahora reconoce que esa protección es sólo un recuerdo que lo acompaña al tomar precauciones cuando está “despachando”. “Fíjate a la gente que vendes. Como que para eso fue ese entrenamiento, para conocer a la gente y ver quién es de ahí y quién vive por aquí, conocer todo”.

Vestido con ropa y tenis deportivos para emprender la huida si es necesario, para él vender cocaína (polvo y piedra), así como mariguana y latas de activo es un “empleo normal”, aunque reconoce que en este negocio puede perder su libertad o la vida.

Factores de una actividad ilícita

La Red por los Derechos de la Infancia en México (Redim) señala que el incremento de la participación de jóvenes con el crimen organizado se debe a tres factores de orden económico y social.

“Lo primero es el estructural. Son los que los orillan a una condición de exclusión, por ejemplo de escuela, servicios de salud y protección; en muchos casos representa no sólo un riesgo sino un factor de supervivencia. El segundo es el ámbito, comunitario y familiar, donde cuentan con las condiciones adecuadas para tener un progreso. El otro es que en los estados del norte hay una especie de aspiraciones para que ellos tuvieran el deseo de vincularse al crimen organizado, pero el centro del país es una zona de más reclutamientos forzados y explotación”, dice Juan Martín Pérez García, director ejecutivo de al Redim en México.

Explica que la aparición de los jóvenes con la delincuencia organizada dejó de ser un problema social y económico, al existir casos de narcoexplotación en algunos estados de la república donde la presencia y estructura del crimen es mucho mayor.

“El escenario que estamos viendo es que se incremente la narcoexplotación. Ya está documentada en estados como Durango, Sinaloa, Tamaulipas, Chihuahua y Michoacán la esclavitud de jóvenes y adolescentes, donde se les obliga a trabajar y luego los sueltan”, asegura el directivo.

El riesgo de las ganancias

Atento al movimiento que se genera en la calle que lo vio crecer, Carlos relata que al estar dentro del narcomenudeo las ganancias le cambiaron la vida por medio de lujos y comodidades que jamás había pensado. Con un atuendo sencillo, pero que en tiendas departamentales llega a costar por arriba de los 3 mil pesos, el joven asegura que es necesario ser una persona inteligente para tener las comodidades y no involucrarse en el consumo, porque de hacerlo sus ganancias se pueden perder.

“Para mí, para mí, un día llegué a ganar 10 mil o 12 mil libres, por la venta de piedra y mota. Por papel (piedra) llegaba a pasar de los mil papeles de piedra. Bolsas de mota casi, casi el kilo. Antes la vendíamos por mucho de a 50 la piedra y la mota de a 40.

Yo prefería que me diera (pagar) a la semana, que me diera los sábados cuando acabara. A los demás cabrones les daba diario, igual lo que no se debe de hacer en estos negocios: (ser) vicioso, porque les pedían y se chingaban el mismo material (sus ganancias)”, relata Carlos.

Especialistas consultados por EL UNIVERSAL dicen que el aumento de menores que son utilizados por el crimen organizado para cometer actividades ilícitas no sólo responde a la falta de oportunidades (laborales y educativas) o problemas familiares, al documentarse casos donde los jóvenes son obligados a trabajar.

“La descomposición del núcleo familiar en niveles socioeconómicos castigados, lleva a que algunos de sus integrantes se enrolen en actividades delictivas”, dice Javier Oliva, especialista en temas de seguridad.

Elena Azaola, académica del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS), asegura que aunque los factores sociales y económicos son fundamentales para que los jóvenes sean enganchados a participar en actividades ilícitas, también está la falta de oportunidades verdaderas de desarrollo.

“Habría que poner el énfasis en por qué tenemos empleos que son tan mal pagados que ni siquiera alientan a los jóvenes a que busquen esa clase de trabajos, porque saben que ni si quiera van a tener una vida, y eso también es un factor importante que los hace buscar actividades ilícitas”.

Azaola menciona que la falta de oportunidades sociales y económicas es un tema al cual hay que darle seguimiento.

“Falta de valores, desintegración familiar, son expresiones que siempre están utilizando instituciones, son expresiones de un gobierno conservador. Hay que hablar de otra clase de problemas que la gente no puede resolver, como es el abandono, la negligencia, problemas muy concretos que no necesariamente se dan por el hecho de que una familia se desintegre. No es la desintegración familiar, sino el hecho de que los padres tengan jornadas laborales muy largas, salarios muy bajos y educación mínima”.

Un círculo que no se acaba

El habitante de una de las colonias más inseguras en la delegación Álvaro Obregón asegura que a pesar de que sus ingresos son cercanos a los 10 mil pesos por semana, éstos no son comparables con las de su patrón, por lo que al entrar en este jale se debe de tener la cabeza fría e ir ascendiendo para tener reconocimiento y oportunidades.

“Lo máximo que le llegué a entregar fueron 60 o 70 mil pesos, ya los otros we... (vendedores) quién sabe. A mí porque me dejaba de las 12 (del día) a las ocho o 10 de la noche...”

Durante un día de venta común, la calle donde trafica es asediada por menores que visten ropas holgadas y playeras con estampados de imágenes religiosas o calaveras. También llegan adultos vestidos de traje, en taxis o autos y camionetas de lujo que no son comunes en la zona.

(Advertencia: lenguaje explícito)

“Mis consumidores son trabajadores, de esos de obras. También llegan licenciados. Llegan así trajeados, son licenciados o abogados. También están los chavitos, ellos por lo regular te compran latas de activo o PVC, también mota”, platica.

Dentro sus “clientes”, como él los llama, igualmente se encuentran hombres y mujeres que ante la falta de recursos ven en la entrega de relojes, celulares, electrodomésticos o incluso la prostitución una forma de obtener la droga.

(Advertencia: Lenguaje explícito)

A tres años de comenzar a vender droga, ha aprendido a reconocer el peligro, ya que en cualquier momento puede marcar su destino, no importa si es una persona conocida o alguna joven que quiere conocerlo.

“En el caso de un amigo una buena anécdota fue que una vez que le llegaron varias mujeres, pero eran judiciales. Él dice que estaban bien discutidas, ¿cuándo te vas a dar cuenta?. Que agarran y que se encueran en el hotel, que según eran teiboleras y ya cuando acá, ese we todo abajo (confiado) le sacaron una feria”, dice.

Su temor a ser capturado por las autoridades o ser ejecutado por otros comerciantes con los que se disputa la zona lo han orillado a realizar todo tipo de ilícitos, como la compra de protección e información por parte de los cuerpos locales de seguridad pública e incluso federal.

“Ellos mismos (la policía) se te acercan, llegan solitos, ellos conocen quién se dedica a esto, y conocen los puntos donde se vende. Ellos te recogen como detenido, ya sabes, ‘te vas a ir a chingar’, ya sabes, te avientan el teatro pero nunca te presentan, te llevan a otro lado o te bajan y hablan contigo y ‘¿sabes qué?, ¿quieres trabajar con nosotros para que no te pasen este tipo de cosas y esto y el otro?’, eso ya depende ti. Ellos son los que se te ofrecen, no es que uno los busque, si uno quisiera, a la chingada, por qué voy a trabajar con ellos; más dinero para mí, para qué se los doy.

(Advertencia: Lenguaje explícito)

“Al principio era poco lo que les pagaba, no pedían mucho. Ahora por semana te piden 15 o 20 mil pesos. Ese pago únicamente es para parar a la policía local, para tu zona. Con los judiciales es otro trato. Con ellos no hay trato, o ya depende de ti”.

Red de complicidades

La colusión de las autoridades, que asegura Carlos, va desde el aviso de operativos por parte de autoridades federales o el apoyo para ampliar la zona de narco menudeo, mediante la captura de otros grupos.

“El mismo comandante te mensajea, te llama cuando está cabrón. Rara vez te hace el paro con otros negocios (vendedores). Hasta ellos mismos te decían: ‘sabes, quieres paro con aquellos (competencia)’, o sea, para acabar su negocio, para que llegaran y aventarles a la federal, pitazos. Pues uno la piensa, porque no eres el único que está trabajando con ellos”.

“El comandante de la federal te conectaba con ellos. Había paro con unos, pero no sé qué hubo, un enjuague medio raro, y empezaron a caer cabezas y se acabó el desmadre y no fue por pendejada de la federal, sino de los judiciales. A ellos sí era arriba de 200 mil al mes, es muy raro que vengan ellos, sólo que estuviera muy pesado. Si acaso llegaban al año tres veces. Una vez agarraron a tres vendedores y les dieron 700 mil varos. Ya sabes, ellos se meten a la casa y todo lo que agarren, botín de guerra, lo que encuentren se lo llevan”, concluye Carlos.



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