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Fiesta en la playa II con Lulú Petite

"Estuve un rato en la alberca, platicando con el güerito que acababa de tirarme e intercambiando miradas con el cachondo. Me veía de una manera que sentía como si estuviéramos haciendo el amor con las puras pupilas"

Fiesta playera "Llevaba rato esperado esto- dijo antes de besarme. Nomás me puse flojita y lo dejé hacerme el amor. Y seguimos haciéndolo hasta que, de plano, caímos rendidos, con las piernitas trenzadas". (Foto: Lulú Petite )

Ciudad de México | Martes 07 de diciembre de 2010 Redacción | El Universal08:02

Querido Diario:

El caso es que estaba en la playa. Era la época en que trabajaba con mi hada madrina. Un grupo de señores de lana había contratado a casi todas las chavitas de la agencia para armar una bonita orgía a nivel del mar. Aproximadamente treinta caballeros y cuarenta damitas dispuestas y disponibles para ponerle Jorge al niño tantas veces como se les apeteciera a los financiadores de aquel fin de semana.

La dinámica era sencilla: Nos portábamos como si estuviéramos en una fiesta y, según se fueran dando las cosas, se formaban parejas, tríos, cuartetos o lo que la imaginación y la calentura dispusiera. Besitos por aquí, caricias por allá, faje, charla y, cuando menos lo pensabas, ya estabas a mitad de un chivito al precipicio o haciendo el salto del tigre desde el ropero de una habitación con vista al mar. La paga era muy buena.

Yo había ligado con un güerito. Estuvimos coqueteando, una cosa llevó a la otra y en menos de tres tequilas ya nos estábamos quitando los trajes de baño en una tiendita estilo árabe. Todo pintaba para un espléndido noviazgo de fin de semana. De esos en los que aunque andes de aquí para allá, ya tienes algo así como pareja fija, alguien con quien se dio la química, la física y las demás materias que reprobabas en la prepa. Ponchamos divino y salimos de la tienda de campaña con la ilusión de volverlo a hacer varias veces, antes de que el viaje terminara. Eso me caía a todo dar, pues aunque hubiera un pago fijo, entre más lo hiciera más cobrabas.

Quién me iba a decir, que apenas saliendo de estar con el güerito, conocería al hombre más cachondo del mundo (o por sus siglas: el HMCDM). Nomás lo vi y ¡Zaz! Me pegó el flechazo chocarrero de un perverso Cupido marinero.

No es que fuera guapo (De esos había varios, pero cuando una está trabajando, que el cliente sea bonito o feo no hace mucha diferencia), lo que este tipo tenía era un magnetismo sexual más potente que el triángulo de las Bermudas. Algo que te hacía desearlo, que te disparaba la adrenalina, el deseo, las ganas.

Lo mejor de todo fue que, de entre tanta niña linda y disponible que estábamos paseándonos en esa fiesta como en buffet para ser merendadas por la adorable concurrencia, el HMCDM también se fijó en mí. De esas veces que cruzas miradas y ya valiste, no tienes para dónde hacerte.

Estuve un rato en la alberca, platicando con el güerito que acababa de tirarme e intercambiando miradas con el cachondo. Me veía de una manera que sentía como si estuviéramos haciendo el amor con las puras pupilas.

Como a los veinte minutos me metí a la casa para ducharme (tengo la costumbre de darme un baño después de cada cliente). Cuál sería mi sorpresa, cuando al salir de la regadera lo encontré esperándome, sentado frente a la cama, en silencio y tomándose un whiskey. Sonrió, puso el vaso en una mesita y, sin decir nada, se levantó, se aproximó a mí y puso su mano en mi mejilla.

-Llevaba rato esperado esto- dijo antes de besarme. Nomás me puse flojita y lo dejé hacerme el amor. Y seguimos haciéndolo hasta que, de plano, caímos rendidos, con las piernitas trenzadas.

Del resto de ese fin de semana, sólo tengo recuerdos con él. Recuerdo el sol, despertándonos al otro día, con su pecho por almohada y sus bíceps por cobija. Recuerdo sus besos después de prepararnos un café en la cocina. Lo recuerdo acorralándome contra el refrigerador y penetrándome ahí, de pie. Recuerdo que lo tenía dentro cuando entró a la cocina un tipo entre pedo y crudo buscando con qué bajársela.

Recuerdo que lo hicimos sobre el pasto del jardín y dentro de su camioneta. Recuerdo el ruido de las olas y el reflejo de la luna, mientras me penetraba boca abajo, a un lado del mar. Recuerdo el sabor de su sexo firme y cómo me estremecía cuando lo sentía resbalando dentro, en el piso de la cocina, en el césped, sobre la arena o al lado de otras parejas que también se amaban de a ratitos.

Hicimos el amor una y otra vez. Me gustaba tanto, que parecía que era él quien estaba cobrando y yo la que no quería desperdiciar un segundo de su compañía.

No volví a encontrarme con el güerito de la primera noche sino hasta poco antes de las despedidas. Quiso reclamarme y ver si nos echábamos un rapidín, pero yo seguía tan enculada con el HMCDM, que me volví a hacer la escurridiza e incluso unos minutos antes de que llegaran las camionetas que nos llevarían al aeropuerto, seguía exprimiéndole al HMCDM hasta la última gotita de lujuria. Volvimos a vernos varias veces ya en México, pero esa, como dice la nana Goya, ya es otra historia.

Un beso

Lulú Petite



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