Para dormir bien con Lulú Petite
Mis dedos seguían jugando, preparando audaces, entre los pliegues de mi sexo caricias más placenteras. Tomé el dildo y lo puse entre mis piernas moviéndolo despacio hacia adelante y hacia atrás
Para dormir bien Lulú relata el extraño encuentro que tuvo con su sexo, un dildo y una película de porno barato. (Foto: Lulú Petite )
Querido Diario:
Ella estaba sentada en la orilla de la cama, de lencería, medias y liguero blancos. Sus pestañas largas y la sombra oscura le daban mayor profundidad a sus ojos, casi cerrados. Tenía el cabello rubio echado hacia atrás y un enorme y moreno miembro en su boca. Lo sostenía con su mano derecha, mientras sus labios apenas rodeaban la cabeza de aquello que apuntaba ansioso hacia su cara. La mujer lo acariciaba y lo miraba como conociéndolo. Repartía lamiditas tímidas, apenas pasando la punta de su lengua por el glande y luego recorriendo el tallo de un lado y del otro provocando gemidos dóciles del hombre.
Su rostro era hermoso, rosado y luminoso, su piel joven. Se veía perfecta. Sus senos pendían como dos peras tiernas, columpiándose al compás de los lengüetazos. El hombre le puso su mano en la cabeza. Era una mano grande, de dedos gruesos y toscos, su palma alcanzaba para cubrirle completo el cráneo. La jaló hacia él para meter en su boca la erección entera y comenzó a arremeter con un movimiento brusco de caderas, jadeando, para hacérselo por los labios. Los ojos le lloraron y le vino una arcada. Puso sus manos en los muslos del tipo para amortiguar las embestidas. Abrió los ojos lacrimosos y miró fijamente a la cámara.
Eran unos ojos azules tan penetrantes que parecían mirar hacia afuera de la pantalla, aparentaban verme a mí, en mi cama, sacando el dildo rosa del cajón de mi buró. Veía como acariciaba mis muslos y apretaba mis pechos, como humedecía mis dedos y palpaba mi cuerpo sin perder ni un detalle de la película en la que ella era poseída por un negro enorme. Metía la mano entera bajo mi lencería, encontrando mi sexo calientito y preparado, acaricié los bordes, sentí la piel tensa, contraje el abdomen, apreté los glúteos, tragué saliva.
En la tele, la rubia estaba ya engullendo entera aquella erección que la tomaba indefensa, suplicante. Su mirada ahora estaba clavada en el rostro de aquel gigante. "Ponme tu trasero" le ordenó de pronto en inglés el negro acariciándole el cabello. Ella obedeció dócilmente. Se puso en cuatro sobre la cama, con las rodillas en la orilla y no hizo, sino suplicar quedito, también en inglés "Con cuidado". Tomó con su mano derecha el miembro negro y lo dirigió, apuntando a su puerta trasera.
Mis dedos seguían jugando, preparando audaces, entre los pliegues de mi sexo caricias más placenteras. Tomé el dildo y lo puse entre mis piernas moviéndolo despacio hacia adelante y hacia atrás separándome los muslos y recogiendo mi propia humedad. Me provocó un escalofrío.
El negro, sin clemencia, se dejó ir dentro de la rubia. Ella gritó "¡Oh fuck!". Cerró los ojos con fuerza, arqueó la espalda como intentando zafarse del empalamiento, se mordió los labios y frunció la frente. "¡Oh fuck!" Repitió y dejó caer su cara sobre el colchón.
Encendí el dildo y, vibrando, lo apoyé sobre la cima de mi sexo. Dejé que su vaivén y sus espasmos hicieran de las suyas. Ráfagas de quién sabe cuántos voltios me recorrieron las venas, tenía la piel encendida, los labios entre abiertos, el deseo a tope y las piernas abiertas.
Aquel hombre arremetió y comenzó a moverse con toda libertad dentro de la joven que sollozaba. "Oh" Gritaba cada que aquel gigante penetraba sus entrañas. "Oh" Cuando le apretaba la cintura y la jalaba hacia él. "Oh" Cuando sentía venir la siguiente embestida. Ella tenía rígidos todos los músculos, las piernas le temblaban y su rostro era la combinación exacta de placer y angustia.
Metí el dildo a mitad de los gritos de la actriz. Lo jalé un poco hacia arriba dejando que se apoyara en el botón que corona mi entrepierna y me abandoné a las sensaciones. Los sentidos alerta, mis pezones duros que se estimulaban con el roce de las sábanas, mis piernas perdieron fuerza...
Ella estaba rendida y, sin embargo, gritaba "Oh yes, oh yeees" clavando las uñas en las colchas y apretando el cráneo contra el colchón. "Oh my God" Gritó él, empujándola un poco y saliendo de su cuerpo. La ayudó a voltearse rápido para inundarla con su simiente.
Me estremecí. Un tsunami se formó entre mis muslos, me ocupó. Cerré los ojos, apreté los labios. Exploté. Me quedé tumbada, con una sonrisa persistente y la mente en blanco. Limpié todo con más paz que la de un monje tibetano y me dispuse a dormir.
Nada mejor para conciliar el sueño que un ratito de porno barato y unos dedos habilidosos con los que sé consentirme.
Felices orgasmos, nos leemos el martes.
Lulú Petite




