David con Lulú Petite
"Lo que más me enternece de este compañero de clases, es que en todos estos años, a pesar de que se le nota a leguas que se muere de las ganas de llevarme a lo oscurito, no se ha atrevido ni a decirme que le gusto"
Suertudo compañero de clases Nuestra bella colaboradora relata el encuentro íntimo que tuvo con David, un joven que se derrite y pone nervioso ante su belleza y sensualidad. (Foto: Lulú Petite )
Querido Diario:
Cuando entré a la Universidad decidí que sólo se trataría de estudiar. Ya bastante complicada era mi doble vida, como para enmarañarla más intentando ser sociable. Platico y me la llevo bien con todos, pero me mantengo distante, no he entablado amistades profundas ni, mucho menos, he andado con nadie de la escuela. No ha faltado quien quiera llevar una conversación a otra cosa, pero hasta ahora los he parado en seco.
Entre mis pretendientes escolares, hay un niño dulcísimo que se llama David. Ha estado algo así como enamorado de mí desde que nos conocimos en primer semestre. Me conmueve mucho cómo mira con ojos de cachorrito y su sonrisa de papas sabritas cuando nos saludamos. Es con quien más platico en la escuela y de los pocos a quienes he invitado a mi casa. Lo que más me enternece es que en todos estos años, a pesar de que se le nota a leguas que se muere de las ganas de llevarme a lo oscurito, no se ha atrevido ni a decirme que le gusto.
Ayer, fui a su casa. Teníamos que preparar una presentación para exponerla en clase. Cuando terminamos la tarea me invitó a ver la tele. Nos recostamos en su cama y pusimos la película de los Simpson.
-¿Puedo confesarte algo?- Me preguntó de pronto
-Claro ¿Qué cosa?
-No quiero que acabe la escuela...
-O sea ¿Cómo?
-Es que... cada vez falta menos y... sabes... estoy muy acostumbrado... no quiero dejar de verte...
-No tenemos que dejar de vernos.
-Pero... sólo nos vemos en la escuela y cuando no haya clases... este... te voy a extrañar mucho.
-No inventes, no te pongas cursi amigo, que falta mucho para que acabemos y podremos seguir viéndonos después.
-¿De verdad?- Me dijo sonriendo -Es que yo... es que tú me... no quiero dejar de verte...
Me provocó tanta ternura verlo tratar de decir que me quería, que lo interrumpí con un beso en los labios.
-¿Eso querías decirme?
Se puso tan colorado que parecía reventarle la cara. Se notaba que le había gustado y estaba emocionado, pero igual se le veía el pánico en los ojos. Sus manos le sudaban como mojarritas recién pescadas y estaban más heladas que las pompis de un pingüino.
-¿Eso querías decirme?- Le repetí acercándome más a él y arrastrando un poco la voz, enfrentándolo, recostada junto a él y poniéndole mis labios entreabiertos a unos centímetros de los suyos. No respondió a mi pregunta, pero me devolvió el beso.
Fue suave, de esos en que los labios apenas se exploran, se paladean, se gustan.
Entre beso y beso, comenzaron las caricias. Me veía con sus ojitos suplicantes como preguntándome «¿Puedo?» Le respondí desabotonando mi blusa y él reaccionó buscando mis muslos. Nos desnudamos.
Estaba ansioso. En su carita se notaban agolpados el deseo, la sorpresa y la urgencia. Acaricié entonces la piel tibia y fina de su sexo. Lo tenía hinchado y lubricando copiosamente. Estaba tan ganoso que, literalmente, lo sentía palpitar en mis manos.
-¿Te gusta?- Le pregunté
Respondió con una sonrisa incrédula, nerviosa. Saqué un preservativo de la bolsa y volví a tomar su miembro con mi mano. Lo jalé hacía mí y le puse el condón. A penas la metí en los labios, él gimió y apretó los muslos:
-No puedo más... no puedo más... ¡Ah, ah! ¡Argh!- Gritó mientras inundaba el condón.
Me iba a ganar la risa cuando vi sus ojitos asustados y su carita de vergüenza, así que no quise hacerlo sentir mal.
-No te preocupes- le dije -estabas muy caliente, esas cosas pasan- Le di un beso y le ayudé a quitarse el condón. Nos recostamos desnudos y nos pusimos a platicar. Las cartas sobre la mesa: Le dije que no quería que se ilusionara ni lastimarlo. Que somos amigos y eso no debía cambiar porque alguna vez lleguemos a acostarnos. No sé si estuvo completamente de acuerdo, pero desnudos y con la promesa de buen sexo gratis, no estaba en condiciones de regatear ninguna de mis condiciones. Clavar sin clavarnos, ese fue el pacto.
Y se lo expuse cerquita, mirándolo a los ojos, acariciando su pecho y ofreciéndole de nuevo mis labios a escasos centímetros de los suyos. Cerramos el trato con un beso que a los tres minutos nos tenía ya abriendo un segundo condón. Siempre se siente distinto cuando quien te hace el amor está inspirado por algo más que el puro deseo. Siempre hay algo diferente, también, cuando no se está haciendo por dinero. En el segundo intento no hubo precocidades ni desatinos. Me hizo el amor suavecito y con más intuición que experiencia.
Sentí algo de culpa de regreso a casa. Espero que no se ilusione de más. Quise regalarle una aventura, un recuerdo inolvidable, no romper su corazón. Ojalá lo tome así. O ¿Ustedes qué creen?
Un beso




