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Los políticos, "generación de la modernidad fallida": Krauze

El historiador presenta un nuevo libro de ensayos De Héroes y mitos sobre la historia de México, desde los indígenas en tiempos de la Conquista a la clase política del México actual

OBRA. En “De Héroes y mitos”, el autor explora ritos, mitologías y genealogías sin las que no se puede entender la identidad del México contemporáneo. (Foto: YADÍN XOLALPA )

Lunes 20 de septiembre de 2010 Julio Aguilar | El Universal
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Enrique Krauze no resistió la tentación de publicar un libro en el mes del Bicentenario. Lo tituló De Héroes y mitos (Tusquets Editores) y es un volumen de ensayos en los que el historiador explora los ritos, las mitologías y las genealogías sin las que no puede entenderse la identidad del México contemporáneo.

Como otras de las obras de Enrique Krauze, este es un libro en el que el escepticismo marca el paso de reflexiones sobre la historia de México, desde los héroes indígenas en tiempos de la Conquista a la clase política del México actual, a la que el autor bautiza sin contemplaciones como la “generación de la modernidad fallida”.

¿Los historiadores estuvieron listos para conmemorar el Bicentenario?

Se ha hecho un buen trabajo de difusión de la historia, lo cual me da gusto porque es una avenida en la que he creído desde hace muchos años. Un físico puede permitirse el lujo de que su trabajo lo lean tres colegas; el historiador no puede o no debe escribir para su colegas, debe escribir para el público. Hay buen trabajo de difusión, por ejemplo, en la serie de televisión Gritos de muerte y libertad, en la que intevinieron varios historiadores; en los trabajos de difusión que hace El Colegio de México, ahora incluso en la Historia mínima de México como cómic, y en otros muchos esfuerzos que están haciendo historiadores profesionales y no profesionales. El aspecto de difusión ha estado bien. En cuanto a novedades, creo que le hemos quedando debiendo al público. Ha fallado el descubrimiento de fuentes nuevas, la edición o la puesta a la luz pública de documentos y de obras raras que pudieran atesorarse y, sobre todo, la publicación de obras originales. Pero hay algunas excepciones, sólo quiero mencionar la de Carlos Herrejón Peredo, el mayor biógrafo de Hidalgo, que este año va a sacar una gran biografía. Pero hay tantos otros “padres de la patria” que hubieran requerido biografías similares. Pienso en el doctor (José María) Cos, en (Manuel) Abad y Queipo, en (Félix María) Calleja, en Iturbide, por hablar sólo de la Independencia. Le quedamos debiendo al público material original; en eso las generaciones que nos antecedieron fueron mucho más fructíferas, aplicadas y generosas.

Me sorprendió que escribiera que sobre Hidalgo no se ha dicho todo. Uno supondría que ya casi está dicho todo.

Ahora se empieza a inventar mucho y se va a seguir inventando, como vamos a poder ver en el cine, pero inventar es muy fácil. Estamos hablando de descubrir, no de inventar. Herrejón ha descubierto cosas importantes. No diría que esenciales, no vamos a tener sorpresas extraordinarias, pero sí vamos a tener muchos datos, muchos detalles que van acercándonos a este sacerdote, a la larga carrera de este cura antes de que tomara las armas.

En el libro lamenta el olvido de otros insurgentes, como Gutiérrez de Lara.

Y le he mencionado al doctor Cos, teólogo y sacerdote, que es una de las figuras de enorme interés, insurgente temprano y luego un hombre que se volvió en contra, que se arrepintió y se acogió a la amnistía. Y también está Manuel Mier y Terán. Ellos son figuras de “segundo nivel” pero de enorme importancia y relevancia, por eso Luis González hablaba de los 33 padres de la patria. Le quedamos debiendo al público biografías de esos 33 padres de la patria y muchas otras cosas.

Además de lo que desconocemos está lo que desde hace dos siglos arrastramos de la historia oficial, como la querella irresuelta entre Hidalgo e Iturbide.

Ese es el problema de ver la historia con la óptica de los héroes y antihéroes. Mientras sigamos viendo la historia así, será como hablar de los santos y de los demonios. No hay modo de dialogar porque no hay lugar para el conocimiento. A los héroes se les venera igual que a los santos, y a los diablos se les rechaza y se les odia. Pero, ¿qué tiene que ver eso, que es como del ámbito de la fe, con el conocimiento? Es una forma baja de la religión, desvirtuada, deslavada. Si la historia fuera mucho más conocimiento, se diría que lo interesante de Iturbide es conocer su vida. Fue un hombre zig zag que consumó la Independencia; fue un hombre complejísimo que dejó unas memorias, fue un criollo prototípico, quizá hubiera sido como Allende, pero Allende dio el paso e Iturbide no, aunque pudo haberlo dado. ¿Por qué no lo dio? Y luego está su resentimiento criollo en 1816 o 1817. Fue un hombre muy complejo. Es mucho más interesante conocer una vida que venerarla.

La política se ha hecho en México sobre la base de venerar a unos y de culpar a otros, pero esto nos ha nublado el conocimiento. Qué lástima que Iturbide siga siendo, al igual que Hidalgo, una figura. Hidalgo está en todas las ciudades de México como figura de bronce, y el otro, en una urna en la Catedral. ¿Por qué no conocerlos como eran? Pero no a costa de inventar porque ahora se ha estado abriendo paso la fácil moda comercial de inventar en el cine cosas que sencillamente no sólo no fueron ciertas sino que están a años luz de lo que verdaderamente era el personaje. Hay límites. La novela histórica buena es la que recrea los hechos con verosimilitud. Me temo que en el cine no se están recreando hechos, se están inventando. Ahora no quiero abundar en eso.

Mencionaba el uso de los personajes para un fin político. En la última campaña presidencial vimos ese fenómeno. ¿A quién se refiere?

A varios, por ejemplo López Obrador hablando sobre Juárez.

Sí, él tiene una visión de la historia de México en la cual hay una genealogía heroica que viene de Hidalgo a Juárez a Cárdenas y desemboca directamente en él mismo. Creo que no tiene esa estatura y que la suya es una visión muy simplista y muy maniquea de la historia. Es un uso político de la historia pero también un uso político de la historia es el que los conservadores le han dado a Iturbide, y el que le dieron a Juárez en las escuelas católicas de México. No hace mucho se demonizaba a Juárez y se hablaba de él no como Benito Juárez sino como “burrito Juárez”. Esa distorsión política de la historia la ha hecho la izquierda, el PRI, el PAN, la Iglesia, pero por fortuna siempre hemos tenido generaciones de historiadores que, más allá de la historia de bronce y de la distorsión histórica que hace la política, han buscado lo más importante: el conocimiento de los hechos como fueron, o sea, la verdad histórica.

¿El uso político de la historia es parte del mesianismo del habla en su libro?

No, hice una especie de genealogía de la idea mesiánica en México como un tema que viene de la época colonial porque ¿con qué podían comparar los grandes historiadores y cronistas, a dónde iban a buscar la genealogía del culto de los mexicas? Algunos la fueron a buscar al Viejo Testamento y pensaban que el pueblo mexica era una de las tribus perdidas de Israel o hablaban de un pueblo que había vivido en las tinieblas hasta que llegó la luz de la religión y los salvó como le llegó la luz al pueblo de Israel en el Éxodo. Son formas religiosas de leer la historia.

Usted dice que una deuda de la historiografía es escribir la historia de la religión en México.

Ya hay grandes historiadores de la Iglesia católica, como David Brading, Brian Connaughton, Taylor y otros historiadores más en el Colegio de Michoacán, pero no haber estudiado a la religión y a la Iglesia es una de las omisiones más grandes de la historiografía mexicana. No recoger esa historia que en tantos sentidos cimentó la vida social, económica, política, las creencias, la cultura, la religión en México es una gran omisión que apenas se empieza a subsanar. Curiosamente eso es efecto o consecuencia del gran arraigo de la historia liberal mexicana que consideró que no solamente había que borrar a los conservadores sino también a las instituciones que ellos defendían, la Iglesia antes que ninguna.

¿Ve muy lejos que ocurra en México lo que pasó en Francia en 1989, cuando se reconciliaron los bandos históricos o las visiones históricas?

Lo que pasó en 1989 en Francia fue una revisión de la Revolución Francesa para decir que hubo cosas muy admirables y que hubo cosas terribles. Si en el siglo XIX se consideraba que todo había sido extraordinario, que fue la gran gesta del pueblo, a finales del siglo XX los grandes historiadores dijeron “vamos a hablar de las muertes, del sufrimiento, de la barbarie y del terror en la Revolución y, en vez de ponernos tan contentos con los cuentos de la guillotina, vamos a ver qué horror fue la guillotina”. Eso no lo tenemos en México todavía, nos hace falta la desmitificación plena de las revoluciones, lo cual no significa negarlas, significa ponderarlas y colocarlas en la justa medida de la realidad tal y como la vivieron sus contemporáneos.

“Vivimos una adolescencia política”

“Hemos hecho un avance enorme de lo que era México cuando lo viví en los 70 y los 80, cuando deveras había una dictadura perfecta. ¿Caótico, desordenado? Sí, así es la democracia, es plural. Lo que tenemos que hacer es aprender a convivir y a llegar a acuerdos. Nos falta mucho, tenemos una gran inmadurez, vivimos en una adolescencia política porque el PRI nos tuvo en esa adolescencia por demasiados años y el PAN, que ha tenido vocación democrática, la verdad es que no ha estado a la altura que esperábamos. Creo que la clase política, toda, le ha quedado a deber a México. Esa es probablemente mi conclusión mayor en el libro: la clase política actual está en deuda con el pueblo”, dice Enrique Krauze.

La llama “generación de la modernidad fallida”.

Bueno, lo refrendo, ellos son la generación de la modernidad fallida. Así lo creo. Y ya no son tan jovencitos. Están en sus no muy tiernos 40 y tantos y 50 años. No se cuecen al primer hervor, algunos ya han de ser abuelos, pero no son los jóvenes abuelos como Cuauhtémoc, que decía López Velarde, éstos no están a la altura del arte.

Y habla también de la Generación X, a la que pinta en la orfandad.

Pues sí porque ustedes tenían la necesidad de una generación que abriera una nueva etapa, los usos de la democracia eficaz y plena para que ustedes la consolidaran. ¿Y en qué situación están? Pues en la situación de hacer el trabajo, eventualmente están llegando, están en sus 30, y ven que tienen que hacer un trabajo que les correspondía a los cincuentones que suceden a mi generación, la del 68. Nosotros todavía luchamos por la democracia y la conquistamos, ¿no? Pero había que iniciar una nueva etapa de construcción de un orden democrático. No lo están haciendo como deben y creo que ese malestar es lo que está envenenando, entre otras cosas, la atmósfera mexicana, además de la criminalidad.

De estos 200 años, ¿qué le podríamos decir al mundo que hemos aportado más allá del folclor, de los mariachis, del “Cielito lindo”?

Una cultura original, profunda, variada; una cultura artística, visual, arquitectónica, literaria; expresiones de la alta cultura y de la popular. Y un país modesto que ha sabido abrir sus brazos a los perseguidos de otras tierras. Le hablo por experiencia propia: nací en México pero mis padres, mis abuelos y mis bisabuelos vinieron a refugiarse en México. Ellos me enseñaron la generosidad de México, y no es poca cosa. Este también es un país con libertades religiosas, económicas, sociales, cívicas. No es cualquier cosa. Y hay empresas, algunos personajes que se han llegado a proyectar en niveles de calidad mundial. No ha habido pocos, lo que pasa es que, concentrados en los héroes violentos, nos hemos olvidado de recordarlos, pero si a mí me dijeran quiénes son los héroes de la patria, le diría que, más allá de los mitos, prefiero recordar a Justo Sierra, a Vasconcelos, a Octavio Paz, a Diego Rivera, a Orozco, a Sandoval Vallarta, a sor Juana, a Melchor Ocampo... Eso es lo que México le ha dado al mundo. ¿No es mucho? Quizá no, pero tampoco es poco.

Llegamos a las conmemoraciones en un momento crítico de criminalidad. ¿Realmente somos casi un estado fallido, nunca hemos estado tan mal como ahora?

No. Hemos atravesado por momentos más terribles y críticos. Para empezar, los cientos de miles de muertos en la Independencia y en la Revolución. Perdimos la mitad del territorio, hubo guerras internacionales, hubo hambrunas espantosas... Lo que ocurre es que esta guerra, esta criminalidad de las drogas que nos ha tomado por sorpresa, nos ha desanimado mucho porque México había sido un país pacífico desde 1929. Mientras el mundo se enfrascó en la Guerra Mundial y España en la guerra civil, y luego vino la guerra de Corea, y la Guerra Fría y las guerras que usted quiera, México era una isla de paz pero de pronto sobreviene esto. No podía no sobrevenir con este vecino que provee las armas y demanda la droga. Era inevitable. La situación es muy difícil y hay que salir de ella como en Colombia: dentro de sus instituciones, con sus instituciones y leyes democráticas. Va a llevar tiempo. No hay soluciones mágicas. ¿Vamos a salir más maduros? Creo que sí. ¿Nos va a costar mucho? Creo que hay que ir saliendo con pasos paulatinos como los que ha ido describiendo en sus columnas Gabriel Zaid, un escritor que no busca las soluciones mágicas totales, sino que es un experto en buscar las soluciones fragmentarias directas, concretas, prácticas. Ojalá mucha gente las leyera porque son esas soluciones las que la gente necesita, no las grandes teofanías revolucionarias.

 



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