Buenas lenguas con Lulú Petite
Nuestra bella colaboradora nos relata el encuentro que tuvo con un cliente de León, quien le hizo sentir lo que nunca nadie había logrado
Hay de lenguas a lenguas Lulú Petite narra en su nueva intervención algunos detalles del encuentro que tuvo con un cliente, quien le hizo tener sensaciones que no se dan todos los días. (Foto: Lulú Petite )
Querido Diario:
Llegué al motel muy puntual, con un vestidito azul de falda corta y escote largo, el cabello suelto, bien maquillada y tacones altos. Antes de salir del ascensor me revisé en el espejo y me metí una pastillita a la boca, siempre saben más ricos los besos mentolados.
Caminé hacia la habitación acordada y llamé. Toc, toc, toc. El cliente era un señor de unos cincuenta y cinco años. Estaba en el Distrito Federal en visita de negocios, es de León. Es casado, empresario, tiene dos hijos, un perro, hasta hace poco tenía una relación con una chavita más o menos de mi edad, pero se asustó cuando las cosas se estaban poniendo serias y decidió terminar su aventura.
Hacía tiempo que me había llamado, le gusta leer mi blog y, según me dijo, organizó esta visita a México, como un pretexto para conocerme. No es guapo, pero es muy seguro de sí mismo y eso hace a una mujer sentirse cómoda con un hombre, además olía muy bien y eso, sin duda, es fundamental. Me gustó.
Además se portó bien, cuando llegué me invitó a pasar, me colocó frente al espejo, se paró detrás de mí y comenzó a besarme, las mejillas, el cuello y los hombros, mientras pasaba sus nudillos por mis brazos, luego acarició mis muslos y se puso a buscar estremecimientos bajo mi falda. Acarició mis glúteos, besó mi espalda, me quitó la tanga, se pegó a mi cuerpo y despacito, como fotografiando en su memoria cada detalle, me sacó el vestido.
Nos quedamos un rato sin movernos, parados mirándonos en el espejo, mis senos al aire, su mano en mi sexo y sus labios en mi cuello. Me gustan esos momentos que son como para recordarse largo tiempo. Entonces me tomó del brazo, me dio vuelta despacito y me plantó un beso de esos que estremecen. Puse la mano en su pantalón y ya estaba más firme que un soldadito inglés.
Me pidió que me sentara en la cama y se la chupara. Él permaneció de pie, acariciándome el cabello, mientras yo lo atendía como me lo había pedido. La tenía rica, no muy grande ni muy chica. Estuvimos así hasta que me pidió que me recostara boca arriba, se desnudó, me besó los muslos y luego con la punta de su lengua, rozó despacito alrededor de mis labios, preparándolos para darles después una buena relamida, primero con toda su lengua por mi vulva, después, sólo con la punta, haciéndola temblar directamente sobre mi clítoris.
Cuando estaba a punto de terminar y más caliente estaba, hizo algo completamente inesperado, sopló muy suavemente un aliento fresco que me hizo estremecer y luego volvió a mover su lengua sobre mi clítoris, me vine inmediatamente y con una intensidad que hacía mucho no sentía.
Después de ese favor no podía sino corresponderle. Me monté en él, lo apreté con mis muslos y le di un beso mientras me movía tranquilamente. Lo hicimos así un rato, luego de ladito, después boca abajo y terminamos de a perrito frente al espejo. Dijo que le encantaba verse, entrando y saliendo de mi cuerpo. Eso me encanta de los moteles, los espejos están colocados para inspirar, para verte y sentirte como si estuvieras en una película porno.
Cuando terminó nos dejamos caer sobre la cama y comenzamos a platicar. Es un buen tipo. Quiere mucho a su mujer y adora a sus hijos, pero de vez en cuando le entra una cosquilla en los testículos y le dan una ganas enormes de acostarse con chavitas. Le encantan las veinteañeras. Según él olemos distinto, sabemos mejor y lo hacemos con una enjundia que con el tiempo cambia.
-Eso no puede ser cierto- le dije -Es imposible que una joven sepa hacerlo mejor que una mujer madura ¿O qué? ¿Hacerlo bien es algo que se olvida con los años?
-Claro que no corazón- respondió entendiendo la indirecta -entre más años tenemos, mejor sabemos lo que hacemos, pero la frescura de los veintes, esa no la recuperas con toda la experiencia del mundo.
-Pues yo prefiero mil veces a un hombre hecho y derecho que a un chiquillo de mi edad.
-Fantástico, a mí me encantan las chiquillas de tu edad, así que hacemos buen par.
-Eso no te lo voy a discutir, además lo haces muy bien
-¿De verdad?
-Corazón, lo que hiciste con tu lengüita no se recibe todos los días, creérmelo a mí, que sé de lo que estoy hablando. Es más, mejor ven y dame otro beso.
Nos perdimos otra vez en las caricias, sabiendo que en este tipo de encuentros el tiempo siempre es poco y hay que aprovecharlo. Cuando nos despedimos quedamos que la próxima vez nos veríamos en su tierra. No era mentira, con los horarios que me tocaron este semestre en la escuela, seguramente podré tomarme algunos viernes y fines de semana para visitar otras ciudades.
Tengo pensado ir a Toluca, León, Guadalajara, Querétaro o Monterrey, es cosa de organizarme. Lo que aún no sé es a cuál de todos iré este viernes, ya lo pensaré y lo estaré anunciando en mi blog. En cualquier caso, estoy segura de que León no puede faltar en la lista, pues allá los hombres saben lo que hacen, o cuando menos eso dicen las buenas lenguas.
Un beso
Lulú Petite




