aviso-oportuno.com.mx

Suscríbase por internet o llame al 5237-0800




Lila Downs le canta a su pueblo

Fue la primera vez que Lila se paró en un escenario para mostrar su voz y presentarla a su gente; a los que ya conocían su música, y a los que no

La cantante es recibida como heroína en Tlaxiaco, oaxaca. (Foto: Sandra Romandía )

Tlaxiaco, Oax | Martes 20 de octubre de 2009 Sandra Romandía/Enviada | El Universal00:22
Comenta la Nota

Una señora de surcos en el rostro, con ojos apretados, como cerrándolos un poco para enfocar mejor desde lejos, se cubre del frío con un rebozo que le rodea los brazos.

Sus piernas tiritan debajo de la larga falda mixteca. Pone las manos, como las pondría un prisionero, sobre la maya ciclónica que la separa del público: unos mil invitados que pudieron gozar de sillas vestidas con telas y moños elegantes, servicio de bebidas y a Lila cantando frente a ellos.

Amigos del presidente municipal, extranjeros que vienen desde el Distrito Federal, fans que viajaron desde la capital de Oaxaca u otras ciudades. Asientos con un costo de 500 pesos: más o menos lo que llega a ganar una indígena de la zona, en un mes.

Lila Downs, mientras hace sus bailes de brazos extendidos y movimientos de hombros sobre el escenario que usa como un santo a su altar, no deja de desviar su mirada hacia los lados, donde la gente de su pueblo está tratando de verla, desde afuera. Les sonríe, les canta mirándolos a los ojos.

El pasado fin de semana, en las fiestas de Tlaxiaco, su ciudad natal ubicada a 180 kilómetros de la ciudad de Oaxaca, fue la primera vez que Lila se paró en un escenario para mostrar su voz y presentarla a su gente; a los que ya conocían su música, y a los que no.

Minutos después de acabarse el concierto, la cantante de origen oaxaqueño y estadounidense, aclararía en entrevista "no estuve de acuerdo en que haya cobranzas, pero hay que encontrar un punto medio. Si quieres trabajar con tu municipio y autoridades tienes que crear diálogo, y así fue como logramos venir, por él (el alcalde) y por Hildegardo (su padrino)".

Recibida como heroína

El pasado jueves, un día antes del concierto, llegó a su pueblo con la incertidumbre de no saber cómo la iban a recibir.

"Yo pensé que nunca iba a regresar, hace años que ni se para por acá", contaba un día antes del show, en pleno mediodía bajo un sol grosero, una señora de facha despreocupada que esperaba sentada afuera de un abarrotes para ver llegar a la cantante.

Un altavoz anunciaba "¡Vecino, vecino tlaxiaqueño, acérquese que en unos momentos llegará la señora Lila Downs, oriunda de estas tierras, artista famosa a nivel internacional!". Una mujer mixteca con un bebé en el reboso se acercó, curiosa; niños con sus padres; jovencitas uniformadas de escolares. Reflejaban gestos de emoción, risas, nervios de recibir a la artista a del pueblo.

Y así, entre unas mil personas que la esperaban a pesar del calor en la entrada a la ciudad, llegó Lila Downs. Vestida con un corsé y falda hecha con tejidos triquis en blanco y rojo, fue saludada por quienes fueron sus vecinos en su niñez, en el pueblo donde vivió hasta los 19 años, cuando se fue para estudiar música.

"¡Hola comadre, qué grande tu hijo!", decía Lila a una mujer morena de sonrisa grande que se emocionaba al darle un abrazo entre la multitud.

Miles de sonrisas la acompañaron, le gritaban frases como "¡Lila, te queremos!", o "Lila, eres lo máximo".

En un pequeño evento, autoridades municipales le dieron las llaves de la ciudad, develaron una placa por fuera de su casa y la nombraron "hija predilecta del pueblo" y embajadora de la cultura mixteca.

"Aquí está mi enterrado mi ombligo... yo soy, orgullosamente tlaxiaqueña, de estas montañas, de estos orígenes", dijo Lila con lágrimas en los ojos mientras, por fuera de la casa de su niñez, veía la placa que señalaba al inmueble como el hogar donde nació. A su lado, su esposo y saxofonista de la banda, Paul Cohen, le limpiaba una lágrima. Su madre, vestida en mezclilla y gorra, no dejaba de sonreír. Todos la saludaban también.

La cantante estuvo en un recorrido de casi tres horas, sobre un auto, desfilando, como lo haría una reina en las fiestas del pueblo. Visitó un plantel de secundaria, la Casa de la Cultura y presenció un pequeño festival dedicado a ella. La multitud nunca se dispersó; al contrario, en cada minuto se aglutinaba más gente.

Así, Tlaxiaqueños la acompañaron en el camino por las calles en donde, desde las ventanas de las casas, salían cabezas y manos que saludaban y saludaban, entre el alboroto. Las calles de Tlaxiaco son angostas y elevadas, las casas son tan viejas que huelen a tiempos de la conquista; en cada esquina hay alguna indígena, que apenas habla español, vendiendo algo, gritando algo: "¿No va a llevar tamales? ¿No va a llevar fruta? ¿No lleva orégano?"...

Ahí se desarrolló la historia de Lila. La niña que creció en una gran casa con animales y árboles de todo tipo, hija de un padre estadounidense escultor, fotógrafo y pintor. Ahí, el pueblo donde estrelló su auto en la casa del vecino; donde tenía un Jeep negro porque era una adolescente rockera; donde sacaba a su novio "Chucho" de las cantinas, a empujones.
Se presenta a su pueblo

Alfredo Martínez, un adolescente que toca en la banda del pueblo, está sentado enseguida del escenario, antes del show, esperando instrucciones de su director.

"Yo nunca había oído su música, ni mis papás. Pero ayer que la vi llegar al pueblo me gustó. Es bonita, y nunca había conocido a alguien famoso; se ve que es de otro mundo ella, de un mundo de fama, no parece de aquí", comenta el pequeño músico de piel morena y ojos negros como el cielo de esa noche. A él lo que le gusta, dice, es el reggaetón.

El concierto está retrasado dos horas porque el tráiler del equipo de sonido se descompuso en el camino. Todos esperan, con frío, con cansancio, casi será media noche. Incluso los que ven desde afuera.

También se rumora que Lila no podrá cantar: desde un día antes tenía un resfriado que le debilitó la voz.

Y de pronto Lila. Lila y esa voz que emociona.

Entró para abrir con la canción "Black Magic Woman", el nombre de la gira que realiza por México estos días. La gente del pueblo, la de afuera, sonríe, abre más los ojos; los que no ven bien, los cierran más para enfocar. No se mueven, no cantan, no bailan: parece algo nuevo para ellos. Pero todos esbozan sonrisas que hacen notar su entretenimiento, su gusto por estar ahí con su paisana.

La gente que está sentada, políticos, extranjeros y gente de las ciudades, tienen cocteles y whiskey en las manos. Tararean las canciones que parecen hacer jalar trozos de alma con cada sonido, con cada agudo y bajo.

Lila se deshace en sus ejecuciones de danzas, en su voz que, como resucitada, surgió como un grito de melodías que retumban en la oscuridad, en el recinto ferial, donde fue el concierto.

Desde el escenario puede ver a los invitados en sus sillas y también a todo el pueblo que acudió a los lugares gratuitos al final de los asientos, y a los lados del escenario. A lo lejos de todo eso, las montañas mixtecas, los grandes árboles, la tierra del color del barro.

Son las 12 de la noche y el frío dicta la calma de un público que al que la emoción le alcanza para aplaudir y cantar; poco a poco empezar a moverse.

La anciana de labios partidos y rostro de canales marcados empieza a suspirar, mientras se encorva por el frío, cuando Lila empieza a hablar en mixteco. Luego, cuando la cantante entona "vámonos, alejados del mundo, donde no haya justicia ni leyes ni nada, nomás nuestro amor", la viejecilla sonríe viendo hacia la luna, como buscando un viejo recuerdo.

Detrás de ella decenas de tlaxiaqueños más se apretujan para alcanzar un buen lugar. Una niña arropada por el rebozo de su madre que lo cuelga en la espalda; un pequeño de piel color chocolate tomado de la mano de su papá que mira a Lila con ojos curiosos, bien abiertos: "qué bonita es", dice.

La música de "La Sandunga" suena y Lila, vestida con su traje negro con flores tehuanas bordadas, lanza sus voces, todas las que tiene. Cierra cantando junto con la banda del pueblo temas como "Pinotepa".

Al final del show, en un pequeño cuarto donde atiende a la prensa, Lila habla con voz cortada y el rímel negro un poco difuso, por las lágrimas. Visiblemente emocionada por la respuesta y recibimiento de su pueblo.

"Fue maravilloso venir a mi tierra, agradezco con todo mi corazón... siempre venir a la mixteca me pone triste porque hay tantas necesidades, tanta pobreza -dice y hace una pausa con un suspiro que tiene sonido de llanto -yo quisiera seguir haciendo con fuerza lo que hago para dar conocer nuestro orgullo, gracias, gracias a todos".

 

 



Comenta la Nota.
PUBLICIDAD