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Protesta en Zócalo prendió ´focos rojos´ en comité de Olímpicos

Juan Arvizu Arrioja| El Universal
00:30Lunes 18 de agosto de 2008
Entre el 26 y el 28, el conflicto aumento en número de estudiantes y de escuelas; los barrios estudiantiles del primer cuadro y de la Ciudadela, contagiaron su efervescencia a la Ciudad Universitaria, al Casco de Santo Tomás y Zacatenco. Reaccionaron estudiantes de los estados de México, Morelos, Tlaxcala, Puebla

Las voces anónimas despertaron la tentación, "¡Zócalo, Zócalo, Zócalo!", y dirigieron a la multitud de jóvenes a la plaza prohibida entonces, sólo destinada a los actos presidenciales.

Protestaban contra la violencia policiaca de esa semana. Una cuadra antes de llegar a la explanada sacra, estaba el límite, la calle de Palma y en su cruce con las avenidas Madero y 5 de Mayo cayó sobre ellos, otra vez, el peso del garrote.

La gente corrió en todas direcciones, perseguida por una serpiente de vandalismo dirigido y granaderos, mientras la Policía cargaba detenidos y el repudio a la opresión maldecía a Gustavo Díaz Ordaz.

Ese 26 de julio de 1968, en otro punto de la ciudad, el presidente del comité Organizador de los Juegos de la XIX Olimpiada, Pedro Ramírez Vázquez, ofrecía los éxitos del proyecto a las cúpulas de los sectores privado y sindical. Festejaron que todo iba sobre ruedas. Sin embargo, esa noche se prendieron focos rojos en los controles del evento internacional, por la amenaza emergente de los disturbios.

A la vez, el local del Partido Comunista Mexicano (PCM), en la colonia Roma, era allanado por agentes de la Dirección Federal de Seguridad (DFS) y la Policía Judicial, que iniciaban allí la persecución de líderes de izquierda, a los que se acusó de los disturbios, y de ser parte de una conjura del exterior contra el gobierno. Ese fantasma fue y vino el resto del sexenio.

El motivo original de las protestas de los jóvenes --la violencia policiaca contra estudiantes en la Ciudadela, tres días antes-- quedaba rebasado.

De aquella noche, los servicios de seguridad del Comité Organizador, enviaron al alto mando volantes estudiantiles, dirigidos "a la opinión pública", que denunciaban: "Hemos sido brutalmente masacrados. Decenas de compañeros del Politécnico y la Universidad están gravemente heridos; hay dos muertos confirmados y se teme que otros más hayan perecido". Los jóvenes preguntaban, "¿Por qué hemos sido reprimidos?"

Después se conocería la muerte de Federico de la O. García, estudiante de primer año de Comercio, la primera víctima del movimiento, por estallamiento de vísceras.

Había en el movimiento una firme decisión de no agachar la cabeza, como lo expresa otro volante localizado en un expediente "Movimiento Estudiantil", en la caja 464 del archivo del Comité Organizador de los Juegos de la XIX Olimpiada, del acervo del Archivo General de la Nación (AGN), que llama a los jóvenes a organizarse ante la represión del gobierno:

El viernes 26 de julio, reseña el papel, "las fuerzas policíacas, después de matar varios estudiantes en Madero y Palma, arremetieron contra los estudiantes de la Preparatoria 3, en Justo Sierra, sin tener motivo alguno, en forma absolutamente provocadora".

El escrito, de un Comité de Lucha, expresaba la irritación política y social acumulada en la sociedad: "Hace casi diez años, en México impera el miedo, el temor a la represión de la policía (...) omnipotente, que pasea soberbia su impunidad por la ciudad".

El choque había sido exacerbado por las fuerzas policíacas, y ello era señalado por la protesta estudiantil, que habría llegado al escritorio de Pedro Ramírez Vázquez y del secretario general del organismo, Alejandro Ortega San Vicente: "¿Tenemos derecho de ser asesinados a los 18 años?"

Esa noche, los jóvenes politécnicos regresaron a la Vocacional 5, derrotados. Habían ido tras las voces desconocidas que corearon: "¡Zócalo, Zócalo!", una idea ajena que ellos abrazaron con su descontento.

Al final de esa jornada había más humillados, ahora de preparatorias y de la oposición de izquierda, y todos eran culpados por los disturbios.

En las calles, sin embargo, la gente empezó a proteger a los estudiantes.

--¡Pero, si son unos niños!--, exclamaban los espectadores de la manifestación de ese 26 de julio, cuando cruzaba San Juan de Letrán, actual Eje Central. El contingente estaba formado en su mayor parte por adolescentes politécnicos, a los que se sumaron casi un centenar de comunistas que festejaron la Revolución Cubana en el Hemiciclo a Juárez.

Los estudiantes que eran esperados por casi mil granaderos calles adelante, tendrían entre 15 y 18 años de edad. Iban ofendidos por un ataque sufrido tres días antes. Habían marchado de la Ciudadela a Santo Tomás, donde terminó su movilización original.

--Pero, si son unos niños--, fue la voz de la calle, en admiración a quienes por primera vez en una década marchaba en protesta contra el gobierno.

Granaderos, agentes de Tránsito, de los Servicios Especiales, del Servicio Secreto, enfrentaron la columna. En el área del choque había piedras y varillas. Un reporte de la Cruz Roja informó de 30 estudiantes heridos. Nueve con traumatismos.

La versión oficial los culpó de apedrear comercios y oficinas, de saqueo, lo que justificó la persecución.

Hasta en las Preparatorias 2 y 3, en las calles Justo Sierra y Licenciado Verdad y Guatemala, los granaderos atacaron estudiantes ajenos a la marcha. Antes de la medianoche, una batalla se concentró en el área. Casi 800 elementos de la fuerza pública mantenían en jaque a los preparatorianos; los disturbios fueron espectaculares por las llamas de un autobús.

La tensión dominó el día siguiente, sábado 27. Los universitarios cercaron su barrio, hasta las calles El Carmen, Venezuela, Brasil y Guatemala, que reforzaron con autobuses. Pertrechados exigieron la libertad de compañeros detenidos.

La noche de ese sábado, el jefe de la Policía, Luis Cueto Ramírez, aseguró que los desórdenes eran "un movimiento subversivo", con el propósito de "crear un ambiente de hostilidad para nuestro gobierno y nuestro país, en vísperas de los juegos de la XIX Olimpiada".

Las declaraciones de Cueto fracturaban el lema de los Juegos Olímpicos de la Paz, y se hacía añicos el mensaje de "todo bien", que Pedro Ramírez Vázquez había dado en una comida a personajes encabezados por el presidente de la Coparmex, Roberto Guajardo Suárez, y el secretario general de la CTM, Fidel Velázquez Sánchez.

Prudencio López, (Concamin), Francisco Cano Escalante (Concanaco) y Héctor Flores (Asociación de Banqueros de México) habían departido con el mando de las olimpiadas, junto con líderes de electricistas, petroleros, burócratas, mineros, ferrocarrileros.

No contaban con los disturbios del fin de semana, días en los que se formaron frentes de resistencia en las preparatorias 1, 2 y 3, así como en la Ciudadela y en la Vocacional 7 de Tlatelolco. A ello siguieron otras escuelas.

El centro de la ciudad fue un infierno.

En la UNAM y el IPN, ante la emergencia, facultades y escuelas analizaron el problema e intentaron una organización defensiva.

Los estudiantes que se atrincheraron, secuestraron autobuses, ensayaron tácticas de resistencia, sin embargo, estaban rodeados de porros y fósiles que, como siempre, actuaron como amos de la situación, la cual tenía algo nuevo: el hartazgo juvenil.

Entre el 26 y el 28, el conflicto aumento en número de estudiantes y de escuelas; los barrios estudiantiles del primer cuadro y de la Ciudadela, contagiaron su efervescencia a la Ciudad Universitaria, al Casco de Santo Tomás y Zacatenco. Reaccionaron estudiantes de los estados de México, Morelos, Tlaxcala, Puebla.

La ruptura del orden público había puesto en acción, incluso a los servicios de Inteligencia Militar, que enviaron agentes a las trincheras e infiltraron los auditorios en que deliberaban los estudiantes.

Las autoridades universitarias, entre ellas el secretario general de la UNAM, Fernando Solana, intentaron abrir una salida al problema, que se complicó con el ataque de unos 200 pandilleros que destruyó y saqueó oficinas de la Preparatoria 1, ante la pasividad policiaca.

En los desórdenes, la policía detuvo jóvenes a los que se acusó como "agitadores", "subversivos", seguidores de comunistas infiltrados que planearon una conjura para provocar una crisis de gobierno.

Esas acusaciones señalaban de manera directa a la Central Nacional de Estudiantes Democráticos (CNED), la organización juvenil comunista.

Tras las rejas fueron enviadas las primeras andanadas de jóvenes, detenidos sin orden de un juez, sin cargos.

A esa generación, ni macanas ni rejas los amedrentaba, pero a partir de esa noche sufrían una herida abierta.



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